jueves, 8 de septiembre de 2011

El Evangelio, el gran libro de la vida.

Amar a Dios y amar al prójimo, practicar la caridad sin restricción alguna, tal es la esencia de la doctrina cristiana. Este precepto fue la simiente sembrada por Jesús en el corazón de los humildes, de los pequeños, de los oprimidos por la injusticia y la tiranía, de los agobiados por el dolor, para que allí germinase y de allí subiese, fortalecida por la fe, santificada por el martirio, hasta llegar al corazón de los poderosos, de los que oprimían a sus hermanos, y vencer a esos dominadores del mundo, acostumbrados a imperar por la fuerza, con la dulce y consoladora virtud de la caridad, llamada por San Pablo “vínculo de la perfección” (Col. III, 14).

Siempre que habló Jesús, ya en el Sermón de la Montaña, ya en las parábolas, ya en el templo, ya en la Última Cena, aun en las angustias de la Pasión, sus palabras fueron la expresión sublime de la caridad. Esta virtud, que dignifica al hombre, que le ofrece paz en la tierra, que le guía hacia la salvación, fue proclamada por nuestro Redentor, con augusta solemnidad, desde lo alto de la Cruz, cuando imploró por los verdugos que le hacían morir diciendo: ¡Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen!

Los cristianos todos, ancianos y niños, poderosos y humildes, dichosos e infortunados, todos, sin excepción, necesitan leer y meditar con frecuencia el Evangelio para que sus corazones se impregnen de la doctrina redentora, que da justicia y benevolencia en el trato con el prójimo, energía en la lucha interior con las malas pasiones y resignación en los sufrimientos.

En las páginas de este libro se encuentra un resumen prolijo de los cuatro textos del Evangelio, preparado con el especial propósito de que no haya familia cristiana, ni colegio, ni escuela donde no se reciba, como el pan de cada día, la enseñanza de las palabras de Jesús, que, según él dijo “espíritu y vida son” (Joann. VI, 64).

Es de esperar que la lectura de este resumen sirva a muchos de preparación o estímulo para el estudio completo del Evangelio, alimento necesario a las almas que aspiran a subir siempre en el camino de la perfección. Para penetrarse bien del espíritu evangélico y amoldar a él todos los actos de la vida, se requiere además el estudio de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas, en particular de las de San Pablo, a quien favoreció la gracia de Dios, en el camino de Damasco, convirtiéndole, de cruel perseguidor que era de los cristianos, en apóstol infatigable, en predicador elocuente, en mártir glorioso de la iglesia de Cristo.

El verdadero cristiano, sea cual fuere su condición en la tierra, tiene mucho que aprender en el ejemplo y las lecciones de San Pablo, hasta que con él reconozca y confiese que “el justo se salva por la fe” (Rom. I, 17) y que “al nombre de Jesús ha de doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno” (Fil. II, 10).

(Francisco Valdés Vergara, 1909).


No hay comentarios: