lunes, 2 de julio de 2018

LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.

LA VISITACIÓN DE LA
SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA 

Vidas de los Santos de A. Butler.



LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - Vidas de los Santos de A. Butler
En la Anunciación, el arcángel San Gabriel dijo a la Madre de Dios que su prima Isabel había concebido y se hallaba en el sexto mes del embarazo. Nuestra Señora, sin hablar a nadie de la altísima dignidad a la que había sido elevada por la Encarnación del Verbo de Dios en sus entrañas, partió llena de gozo y de gratitud a felicitar a la madre del Bautista. San Lucas dice: "María partió apresuradamente a una ciudad de las montañas de Judá. Y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel." La Madre de Dios fue a visitar a su prima porque la compañía de los verdaderos siervos de Dios es siempre provechosa, ya que el ejemplo de su silencio fortalece la voluntad e ilustra el entendimiento. El viaje de la Santísima Virgen es un ejemplo maravilloso de humildad. Ella, que era la Madre de Dios y había sido elevada por encima de todas las criaturas, lejos de complacerse vanamente en su altísima dignidad, va a visitar humildemente a la madre del servidor de su hijo; el Redentor se digna ir a quien había de precederle en su carrera mortal.
Movida por la caridad, María no se detuvo ante las dificultades y peligros del viaje desde Nazaret de Galilea hasta el sur de las montañas de Judea. Al llegar a la casa de Zacarías, entró y saludó a Isabel. Al oír la voz de María, Isabel recibió la plenitud del Espíritu Santo por obra del Hijo de su prima. Al momento, el hijo que llevaba en sus entrañas quedó santificado y se estremeció de gozo. Si Abraham y todos los profetas se habían regocijado con sólo prever el día lejano en que el Redentor vendría al mundo, nada tiene de extraño que Juan Bautista se haya estremecido de gozo en el seno de su madre, al quedar en su presencia. En ese mismo instante, el hijo de Isabel quedó limpio del pecado original y lleno de gracia santificante. Convertido en profeta, adoró al Mesías desde antes de nacer.
Isabel quedó llena del Espíritu Santo; por su luz, comprendió el misterio de la Encarnación que se había obrado en María y la llamó bendita entre las mujeres; sobre todo llamó bendito a Aquél por cuya Encarnación María había sido santificada y que era la fuente de todas las gracias. Isabel exclamó también: "¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?" Isabel, que era estéril, había concebido por un milagro de Dios; pero María, que era virgen, había concebido por obra del Espíritu Santo. Isabel había concebido al mayor de los profetas, pero María había concebido al Hijo del Eterno Padre, Dios como Él. Juan Bautista emplearía expresiones parecidas cuando Cristo fue a pedirle el bautismo. Con la misma humildad y confusión deberíamos nosotros recibir todas las gracias de Dios, especialmente la de los sacramentos. Isabel llamó a María Madre de su Señor, es decir, Madre de Dios, y afirmó que iban a cumplirse en Ella y en su Hijo las predicciones de los profetas. María respondió a esas alabanzas con las palabras del "Magnificat", que constituyen la más perfecta acción de gracias por la Encarnación del Hijo de Dios y la prueba más bella de la humildad de la Virgen. En el "Magnificat" María alaba a Dios con todas las potencias de su ser y hace recaer sobre El toda la gloría.

domingo, 1 de julio de 2018

FIESTA DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE N. S. JESUCRISTO.

FIESTA DE LA PRECIOSÍSIMA
SANGRE DE N. S. JESUCRISTO
 

El Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger



FIESTA DE LA PRECIOSA SANGRE DE N. S. JESUCRISTO - El Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger
OBJETO DE LA FIESTA. — La Iglesia ha revelado ya a los hijos de la nueva Alianza, el precio de la Sangre con que fueron rescatados, su virtud fortificante, y la honra y adoración que merece. El Viernes Santo, la tierra y los cielos contemplaron todos los crímenes anegados en la ola de salvación, cuyos diques eternos habíanse roto, por fin, con el esfuerzo unido de la violencia de los hombres y del amor del Corazón divino. La fiesta del Santísimo Sacramento nos ha visto postrados ante los altares en los que se perpetúa la inmolación del Calvario y el derramamiento de la Sangre preciosa, convertida en bebida de humildes y en objeto de los honores de los poderosos de este mundo.
Con todo eso, he aquí que la Iglesia nos invita de nuevo a los cristianos a celebrar los torrentes que fluyen de la fuente sagrada. Quiere decir con esto que las solemnidades precedentes no han agotado el misterio. La paz traída por esta Sangre, la corriente de sus ondas que saca de los abismos a los hijos de Adán purificados, la sagrada mesa dispuesta para ellos, y este cáliz de donde procede el licor embriagador, todos estos preparativos quedarían sin objeto, todas estas magnificencias serían incomprendidas si el hombre no viese en ellas los efectos de un amor cuyas pretensiones no pueden ser sobrepujadas por ningún otro amor. La Sangre de Jesús debe ser ahora para nosotros la Sangre del Testamento, la prenda de la alianza que Dios nos propone la dote ofrecida por la eterna Sabiduría al llamar a los hombres a la unión divina, cuya consumación en nuestras almas prosigue sin cesar el Espíritu santíficador.
VIRTUD DE LA SANGRE DE JESÚS. — "Confiemos, hermanos míos, nos dice el Apóstol; y por la Sangre de Cristo entremos en el Santo de los Santos; sigamos el camino nuevo cuyo secreto conocemos, el camino vivo que nos ha trazado a través del velo, es decir, de su carne. Acerquémonos con corazón sincero, con fe plena, enteramente limpios, con esperanza inquebrantable; porque el que está comprometido con nosotros, es fiel. Exhortémonos cada uno con el ejemplo al acrecentamiento del amor'. Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos en virtud de la Sangre de la Alianza eterna, al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesucristo, os dé perfección cabal en todo bien, a fin de que cumpláis su voluntad, haciendo El en vosotros lo que es agradable a sus ojos, por Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos".
HISTORIA DE LA FIESTA. — No debemos dejar de recordar aquí que esta ñesta es el memorial de una de las más brillantes victorias de la Iglesia. Pío IX fué expulsado de Roma en 1848 por la revolución triunfante; por estos mismos días, al año siguiente, volvió al poder. El 28, 29 y 30, con la protección de los Apóstoles, la hija primogénita de la Iglesia, fiel a su pasado glorioso, arrojó a sus enemigos de las murallas de la Ciudad Eterna; el 2 de Julio, fiesta de María, terminaba la conquista. En seguida un doble decreto notificaba a la Ciudad y al mundo el agradecimiento del Pontífice y la manera con que quería perpetuar por la sagrada Liturgia el recuerdo de estos sucesos. El 10 de Agosto, desde Gaeta, lugar de su refugio durante la lucha, Pío IX, antes de volver a tomar el mando de sus Estados, se dirigió al Jefe invisible de la Iglesia y se la confiaba por la institución de la fiesta de este día, recordándole que, por esta Iglesia, había derramado toda su Sangre.
Poco después, de nuevo en su capital, se dirigía a María, como lo hicieron en otras circunstancias S. Pío V y Pío VII; el Vicario de Jesucristo devolvía a la que es Socorro de ios cristianos, el honor de la victoria ganada el día de su gloriosa Visitación, y disponía que la fiesta del 2 de Julio se elevase del rito de doble mayor al de segunda clase para todas las Iglesias: preludio de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, que el inmortal Pontífice proyectaba desde entonces, y que acabaría de aplastar la cabeza de la serpiente.
Durante el Jubileo que instituyó en 1933 para celebrar el 19 centenario de la Redención, Pío XI elevó la fiesta de la Preciosa Sangre al rito doble de primera clase, con el fin de inculcar más en el alma de los fieles el recuerdo y la estima de la Sangre del Cordero de Dios, y de alcanzar frutos más copiosos para nuestras almas.
M I S A
La Iglesia, que los Apóstoles han formado con todas las naciones que hay bajo el cielo, se dirige al altar del Esposo que la ha rescatado con su Sangre, y canta en el Introito su amor misericordioso. Ella es en adelante el reino de Dios, la depositaria de la verdad.
INTROITO
Nos redimiste, Señor, con tu Sangre de toda tribu y lengua y nación: y nos hiciste un reino para nuestro Dios. — Salmo: Cantaré eternamente las misericordias del Señor: anunciaré con mi boca tu verdad de generación en generación. V. Gloria al Padre.
Prenda de paz entre el cielo y la tierra, objeto de los más solemnes honores y centro de toda la Liturgia, protección segura contra los males de esta vida, la Sangre de Jesucristo derrama desde ahora en las almas y cuerpos de los que ha rescatado, el germen de las alegrías eternas. La Iglesia en la Colecta, pide, al Padre que nos dió a su único Hijo, que este germen divino no sea estéril en nosotros, y que alcance su máximo desarrollo en los cielos.
COLECTA
Omnipotente y sempiterno Dios, que constituíste a tu unigénito Hijo Redentor del mundo, y quisiste aplacarte con su Sangre: haz, te suplicamos, que veneremos con solemne culto el precio de nuestra salud, y que, por su virtud, seamos preservados en la tierra de los males de la presente vida, para que gocemos de su perpetuo fruto en los cielos. Por el mismo Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Hebreos. (IX, 11-15).
Hermanos: Cristo, el Pontífice de los futuros bienes, penetró una vez en el Santuario por un tabernáculo más amplio y perfecto, no hecho a mano, es decir, no de creación humana: ni tampoco por medio de la sangre de cabritos y becerros, sino por medio de su propia Sangre, efectuada la redención eterna. Porque, si la sangre de cabritos y toros, y la aspersión con ceniza de becerra santificaba con la purificación de la carne a los manchados: ¿cuánto más la Sangre de Cristo, que se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios por el Espíritu Santo, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios vivo? Y, por eso, es el Mediador del Nuevo Testamento: para que, mediando su muerte, en redención de aquellas prevaricaciones que había bajo el primer Testamento, reciban, los que han sido llamados, la promesa de la eterna herencia: en Jesucristo, nuestro Señor.
LA SANGRE DEL PONTÍFICE. — Es ley establecida por Dios desde el principio, que no puede haber perdón de los pecados ni redención completa, sin sacrificio que expie y repare; y que este sacrificio exija derramamiento de sangre. En la antigua alianza la sangre exigida era la de animales inmolados ante el Tabernáculo del Templo. Pero solamente valía para limpiar el exterior y no podía ni santificar a las almas, ni darles derecho para entrar en el tabernáculo celestial.
Pero, el día fijado por la Sabiduría eterna, vino Cristo, nuestro verdadero y único Pontífice. Derramó en sacrificio su preciosísima Sangre. Nos purificó, y, en virtud de esta sangre derramada, entra y nos hace entrar en el santuario del cielo. Desde entonces "su expiación y nuestra redención son cosas adquiridas definitivamente para la eternidad". Su sangre, transmisora de su vida, purifica no sólo nuestro cuerpo sino nuestra alma, centro de nuestra vida; borra en nosotros las huellas del pecado, expía, reconcilia, sella y consagra la alianza nueva, y una vez purificados y reconciliados, nos hace adorar y servir a Dios con culto digno de él.
SERVICIO DE DIOS VIVO. — "Porque el fin de la vida es adorar a Dios. La pureza de conciencia y la santidad tienen por fin último y por término el culto que debemos a Dios. No es uno bueno por ser bueno y contentarse con eso. No es uno puro por ser puro y no ir más lejos. Toda bondad sobrenatural tiene por fin la adoración. Esto es lo que quiere el Padre celestial: adoradores en espíritu y en verdad; y nuestra adoración crece ante Dios con nuestra santidad y nuestra dignidad sobrenatural. Por eso el fin de nuestra vida sobrenatural no somos nosotros, sino Dios. Dios es el que, en último término, recoge el beneficio de lo que hacemos nosotros con su gracia y con su ayuda. Dios, en nosotros, trabaja para él. Toda nuestra vida, temporal y eterna, es litúrgica y ordenada hacia Dios'".
El Gradual nos recuerda el gran testimonio del amor del Hijo de Dios, confiado al Espíritu Santo con la Sangre y agua de los Misterios; testestimonio que se une desde aquí abajo al que da en los cielos la Santísima Trinidad. Si nosotros recibimos el testimonio de los hombres, dice el verso, mayor es el de Dios. ¿No es esto decir una vez más que debemos ceder a las repetidas invitaciones del amor? Nadie puede excusarse pretextando ignorancia, o falta de vocación para cosas más altas que aquellas por las que se arrastra nuestra tibieza.
GRADUAL
Este es Jesucristo, el cual vino por el agua y la sangre: no sólo por el agua, sino por el agua y la sangre. Y. Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son una sola cosa. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres son una sola cosa.
Aleluya, aleluya. Y. Si aceptamos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Juan. (XIX, 30-35).
En aquel tiempo, habiendo tomado Jesús el vinagre, dijo: Se ha terminado. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos, pues (porque era la Parasceve), para que no permanecieran los cuerpos en la cruz el sábado (porque era un gran día aquel sábado), rogaron a Pilatos que fueran quebradas sus piernas y se quitaran. Fueron, pues, los soldados: y quebraron ciertamente las piernas del primero, y las del otro que había sido crucificado con El. Mas, cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no quebraron sus piernas, sino que uno de los soldados abrió con la lanza su costado, y al punto salió sangre y agua. Y, el que lo vió, da testimonio de ello: y su testimonio es verdadero.
LA SANGRE DEL CORAZÓN DE JESÚS. — El Viernes Santo escuchamos ya por vez primera este pasaje del discípulo amado. La Iglesia dolorida al pie de la Cruz, donde acababa de expirar su Señor, no tenía entonces lágrimas y lamentaciones suficientes. Hoy se conmueve con otros sentimientos, y el mismo pasaje que causaba sus lágrimas, la hace desbordarse ahora en antífonas de alegría y en cantos triunfales. Si queremos saber su causa, preguntémosla a los autorizados intérpretes a quienes ella misma quiso encargar nos diesen a conocer su pensamiento en este día. Nos dirán que la nueva Eva celebra hoy su nacimiento del costado del Esposo dormido; que, a partir del momento solemne en que el nuevo Adán permitió que la lanza del soldado abriese su Corazón, somos verdaderamente hueso de sus huesos y carne de su carne. No nos admiremos de que la Iglesia no vea en esta Sangre que se derrama, sino amor y vida. Y tú, oh alma, rebelde tanto tiempo a los llamamientos secretos de las gracias de elección, no te desconsueles; no digas: "¡El amor no es para mí!" Por muy lejos que haya podido llevarte el antiguo enemigo con sus funestas astucias, ¿no es verdad que no hay ningún lugar oculto, ni abismo siquiera, a donde no te hayan seguido los arroyos nacidos de la fuente sagrada? ¿Crees acaso que el largo trayecto que has querido imponer a su perseguimiento misericordioso, haya agotado su virtud? Haz la prueba; lo primero y báñate en estas ondas purificadoras; después haz beber a grandes tragos en el río de la vida a esa tu pobre alma fatigada; en fin, armándote de fe remonta el curso del río divino. Porque, si es verdad que, para llegar hasta ti, no se ha separado de su punto de partida, también es verdad que, haciendo esto, hallarás la fuente misma.
La Iglesia, al presentar los dones para el Sacrificio, recuerda en sus cantos que el cáliz presentado por ella a la bendición de los sacerdotes, se convierte, por virtud de las palabras sagradas, en el inagotable depósito del cual se derrama sobre el mundo la Sangre del Señor.
OFERTORIO
El cáliz de bendición, que bendecimos, ¿no es la comunión de la Sangre de Cristo? Y el pan, que partimos, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor?
La Secreta pide el pleno efecto de la divina Alianza, de la que es medio y prenda la Sangre de Jesús, desde que su derramamiento hizo cesar el grito de venganza, que, como el de Abel, subía de la tierra al cielo.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, hagas que, por estos divinos Misterios, nos acerquemos a Jesús, Mediador del Nuevo Testamento, y que renovemos sobre tus altares la aspersión de una Sangre más elocuente que la de Abel. Por el mismo Señor nuestro.
La Antífona de la Comunión canta el amor misericordioso que el Señor nos demostró con su venida, sin dejarse apartar de sus proyectos divinos por el cúmulo de crímenes que habría de borrar con su propia Sangre para purificar a la Iglesia. Gracias al adorable Misterio de la fe, que obra en el secreto de los corazones, cuando venga visiblemente, no quedará de este pasado doloroso sino un recuerdo de triunfo.
COMUNION
Cristo se ofreció una vez para redimir los pecados de muchos: aparecerá segunda vez sin pecado para salud de los que le esperan.
Saciados de alegría en las fuentes del Señor, que son sus sagradas llagas, pidamos que la Sangre preciosa que enrojece nuestros labios, sea, hasta en la eternidad, la fuente viva en que poseamos la felicidad y la vida.
POSCOMUNION
Admitidos, Señor, a esta sagrada Mesa, hemos bebido con gozo las aguas en las fuentes del Salvador: haz, te suplicamos, que su Sangre sea para nosotros una fuente de agua que salte hasta la vida eterna. Por El, que vive contigo.

sábado, 30 de junio de 2018

LA CONMEMORACIÓN DE SAN PABLO.

LA CONMEMORACIÓN DE SAN PABLO.

 El Año Litúrgico, Dom Prospero Gueranger.




LA CONMEMORACIÓN DE SAN PABLO - El Año Litúrgico, Dom Prospero Gueranger
Valentín boulogne o Nicolás Tournier, San Pablo escribe
sus Epístolas 1620. Museo de Bellas Artes Houston

Como la Misa y el oficio del 29 de junio están consagrados de manera principal a San Pedro, al día siguiente se hace una conmemoración especial de San Pablo.


Los griegos unen hoy en una misma solemnidad el recuerdo de los ilustres santos, los doce Apóstoles, dignos de toda alabanza Roma, ocupada ayer completamente por el triunfo que el Vicario de Jesucristo alcazaba dentro de sus muros, ve hoy al sucesor de Pedro acudir con su noble corte a tributar al Doctor de las naciones, el homenaje agradecido de la Urbe y del mundo. Unámonos con el pensamiento al ñel pueblo romano que acompaña al Pontífice y hace resonar con sus cánticos de victoria la espléndida Basílica de la Vía Ostiense.
CONVERSIÓN. — El veinticinco de Enero, vimos al Niño-Jesús conducir a su pesebre, domado y abatido al lobo de Benjamín, que en la mañana de su fogosa juventud, había llenado de lágrimas y sangre a la Iglesia de Dios. Había llegado la tarde, como lo había previsto Jacob, en que Saulo el perseguidor iba a aumentar la grey y alimentar el rebaño con el alimento de su doctrina celestial, más que todos sus predecesores en Cristo.
VISITA A "PEDRO". — Por un privilegio que no ha tenido igual, el Salvador, sentado ya a la derecha del Padre en los cielos, se dignó instruir directamente a este neófito, para que un día fuese del número de sus Apóstoles; pero, como los caminos del Señor no son nunca opuestos entre sí, esta creación de un nuevo Apóstol no podía contradecir a la constitución divina dada a la Iglesia cristiana por el Hijo de Dios. Pablo, al salir de las contemplaciones sublimes, durante las cuales fué infundido en su alma el dogma cristiano, debió volver hacia el año 39 a Jerusalén para "ver a Pedro", como dijo él mismo a sus discípulos de Galacia. Según expresión de Bossuet, debió "comunicar su propio Evangelio con el del príncipe de los Apóstoles'". Admitido en seguida a predicar el Evangelio, le vemos en el libro de los Hechos, junto con Bernabé, presentarse en Antioquía después de la conversión de Cornelio y de la apertura de la Iglesia a los gentiles. Después de la prisión de Pedro en Jerusalén, un aviso del cielo manifiesta a los ministros de las cosas santas que presidían la Iglesia de Antioquía, que ha llegado el momento de imponer las manos a los dos misioneros, y de conferirles el carácter sagrado de la ordenación (año 45).
PRIMERA EXCURSIÓN APOSTÓLICA A CHIPRE.— A partir de este momento, Pablo se agranda con toda la dignidad de un Apóstol y se le juzga preparado para la misión a que había sido destinado. De pronto, en el relato de S. Lucas, Bernabé desaparece y no desempeña sino un papel secundario. El nuevo Apóstol tiene sus discípulos propios y emprende, desde ahora como jefe, una serie de peregrinaciones jalonadas por otras tantas conquistas. Su primer paso lo da en Chipre, y allí firma con la antigua Roma una alianza que es como la hermana de la que había contraído Pedro en Cesarea. En el año 45, cuando llegó Pablo a Chipre, la isla tenía por procónsul a Sergio Paulo, recomendable por sus antepasados, pero más digno de estima por la sabiduría de su gobierno. Deseó oir a Pablo y Bernabé. Un milagro de Pablo, obrado ante sus ojos, le convenció de la verdad de la enseñanza de los dos Apóstoles, y la Iglesia cristiana recibió este día en su seno, un nuevo heredero del nombre y de la gloria de las más ilustres familias romanas. Un cambio tuvo lugar en este momento: el patricio romano fué libertado del yugo de la gentilidad por el judío, y en pago, el judío, que hasta entonces se llamaba Saulo, recibió y adoptó en adelante el nombre de Paulo o Pablo, como trofeo digno del Apóstol de los gentiles.
CONCILIO DE JERUSALÉN. — De Chipre, Pablo recorrió sucesivamente Cilicia, Panfllia, Pisidia y Licaonia. Por todas partes evangeliza, y por todas partes funda comunidades de cristianos. Vuelve en seguida a Antioquia en el año 49, y encuentra revuelta la Iglesia de esta ciudad. Un partido de los judíos salidos de las filas de los fariseos, consentía en la admisión de los gentiles en la Iglesia, pero solamente con la condición de que se sujetasen a las prácticas mosaicas, es decir, a la circuncisión, a la distinción de alimentos, etc. Los cristianos salidos de la gentilidad rehusaban esta servidumbre a la que Pedro no les había obligado, y la controversia se hizo tan viva, que Pablo juzgó necesario emprender el viaje a Jerusalén, a donde Pedro acababa de llegar huyendo de Roma. Partió, pues, con Bernabé, llevando la cuestión para que la resolviesen los representantes de la ley nueva reunidos en la ciudad de David. Además de Santiago, que residía habitualmente en Jerusalén como Obispo, Pedro, como ya hemos dicho, y Juan representaron allí a todo el colegio Apostólico en esta ocasión. Se formuló un decreto por el que se anulaba todo lo que se pretendía exigir de los gentiles respecto a los ritos judaicos, y esta disposición se tomó en nombre y bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esta reunión de Jerusalén fué cuando los tres grandes Apóstoles acogieron a Pablo como especialmente destinado a la evangelización de los gentiles. Recibió de parte de los que él llama las columnas, una confirmación de este apostolado sobreañadido al de los doce. Por este ministerio extraordinario, que surgía en favor de los que habían sido llamados los últimos, el cristianismo afirmaba definitivamente su independencia del judaismo, y la gentilidad iba a entrar en masa en la Iglesia.
SEGUNDA EXCURSIÓN APOSTÓLICA ( 4 9 - 5 4 ) . — Pablo volvió a emprender sus excursiones apostólicas por las provincias que ya había evangelizado, para afianzar las Iglesias. De allí, atravesando Frigia, pasó a Macedonia, se detuvo un momento en Atenas, desde donde partió a Corinto, y aquí permaneció año y medio. A su partida, dejaba en esta ciudad una Iglesia floreciente, no sin haber excitado contra él el furor de los judíos. De Corinto, Pablo fué a Efeso, donde permaneció más de dos años. Convirtió aqui tantos gentiles, que el culto de Diana disminuyó notablemente. Levantóse una revuelta violenta, y Pablo, juzgó que había llegado el momento de salir de Efeso. Durante su estancia en esta ciudad, reveló a sus discípulos el pensamiento que le preocupaba desde hacía tiempo: "Es necesario, les dijo, que yo visite Roma." La capital de la gentilidad reclamaba al Apóstol de los gentiles.
EPÍSTOLA A LOS ROMANOS. — El crecimiento rápido del cristianismo en la capital del Imperio, mostraba, de una manera más palpable que en otras partes, los dos elementos heterogéneos de que estaba formada la Iglesia de entonces. La unidad de fe reunía en un mismo aprisco a los antiguos judíos y a los antiguos paganos. Se encontraron algunos entre ambas razas, que, olvidando muy pronto que su vocación común habla sido gratuita, menospreciaban a sus hermanos, considerándolos menos dignos que ellos del bautismo, que los hacía a todos iguales en Cristo. Algunos judíos menospreciaban a los gentiles, recordando el politeísmo que había mancillado su vida, con todos los vicios que lleva consigo. Algunos gentiles miraban despectivamente a los judíos, como descendientes de un pueblo ingrato y ciego, que, abusando de los dones que Dios les habla prodigado, no hizo sino crucificar al Mesías.
En el año 57, Pablo, que conoció estas discusiones, se aprovechó de su segunda estancia en Corinto para escribir a los fieles de la Iglesia romana la célebre Epístola, en la que trata de probar que el don de la fe se concede gratuitamente, siendo Judíos y Gentiles indignos de la adopción divina, y no habiendo sido llamados sino por pura misericordia; Judíos y Gentiles, olvidando su pasado, debían abrazarse fraternalmente en una misma fe y testimoniar su agradecimiento a Dios, que se les había anticipado con su gracia a unos y a otros. Su reconocida cualidad de Apóstol daba a Pablo derecho a intervenir de esta manera en el seno mismo de una cristiandad que no habla fundado.
ULTIMO VIAJE A JERUSALÉN. — Mientras aguardaba el tiempo en que podría contemplar con sus ojos la Iglesia reina que Pedro había fundado, el Apóstol quiso cumplir una vez más la peregrinación a la ciudad de David. Pero la rabia de los judíos de Jerusalén llegó en esta ocasión hasta el último exceso. Su orgullo odiaba sobre todo a este antiguo discípulo de Gamaliel, a este cómplice del asesinato de Esteban, que ahora convidaba a los gentiles a unirse con los hijos de Abraham bajo la ley de Jesús de Nazaret. El tribuno Lisias le arrancó de las manos de estos furiosos que iban a hacerle pedazos. La noche siguiente, Cristo se apareció a Pablo y le dijo: "Sé firme; porque el testimonio que das en este momento de mí en Jerusalén, lo darás en Roma."
ESTANCIA EN ROMA. — Después de una cautividad en Cesarea de más de dos años, Pablo, habiendo apelado al emperador, llegó a Italia a principio del año 61. Por fin el Apóstol de los gentiles entraba en Roma. No le rodeaba el cortejo de un triunfador; era un humilde prisionero judio, a quien se conducía al lugar en que se amontonaban los que apelaban al César. Pero Pablo era el judío aquel a quien el mismo Cristo había conquistado en el camino de Damasco; se presentaba con el nombre romano de Pablo, y este nombre no era un latrocinio en aquel que, después de Pedro, sería la segunda gloria de Roma, y la segunda prenda de su inmortalidad. No llevaba consigo, como Pedro, la primacía que Cristo había confiado a uno solo; pero venía a comunicar al centro mismo de la evangelización de los gentiles la delegación divina que había recibido en favor de éstos. Pablo no tendría sucesor en su misión extraordinaria; pero el elemento que acababa de depositar en la Iglesia madre y maestra, tenia un valor tan grande, que por todos los siglos se oirá a los Pontífices romanos, herederos del poder monárquico de Pedro, evocar este recuerdo y mandar en nombre de los "bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo".
En vez de aguardar en prisión el día en que se viese su causa, Pablo tuvo la libertad de escogerse alojamiento en la ciudad, obligado solamente a estar custodiado día y noche por un soldado representante de la fuerza pública, y a quien, según era costumbre en parecidos casos, estaba atado con una cadena que le impedía huir, pero le dejaba libre en sus movimientos. El Apóstol podía continuar así predicando la palabra de Dios. Hacia el año 62, se concedió a Pablo la audiencia a la que le daba derecho la apelación que había interpuesto al César. Compareció en el pretorio, y su defensa tuvo por resultado la libertad.
ULTIMA EXCURSIÓN EVANGÉLICA. — Pablo libre, vino probablemente a España. De aquí, queriendo volver a ver Oriente, visitó de nuevo Efeso, de donde nombró Obispo a su discípulo Timoteo. Evangelizó Creta, donde dejó como pastor a Tito. Pero no abandonó para siempre esta Iglesia romana, a la que ilustró por su presencia, y acrecentó y fortificó por su predicación; habrá de volver para iluminarla con los últimos rayos de su apostolado, y teñirla de púrpura con su sangre gloriosa.
El Apóstol había terminado sus excursiones evangélicas en Oriente (66); había consolidado las Iglesias fundadas por su palabra, y las pruebas, lo mismo que las consolaciones, no faltaron en su camino. Al acercarse el invierno fué arrestado, conducido a Roma y puesto en prisión.
MARTIRIO. — Un día del año 67, quizá el 29 de Junio, Pablo, conducido a lo largo de la vía Ostiense, era seguido de un grupo de fieles incorporados a la escolta del prisionero. La sentencia dada contra él, declaraba que se le cortarla la cabeza junto a las aguas Salvias. Después de andar unas dos millas por la vía Ostiense, los soldados condujeron a Pablo por un sendero que se dirigía hacia Oriente, y en seguida llegaron al lugar indicado para el martirio del Doctor de los gentiles. Pablo se puso de rodillas y dirigió a Dios su última oración; luego aguardó el golpe. Un soldado blandió su espada y la cabeza del Apóstol, separada del cuerpo, dió tres saltos en el suelo. Tres fuentes manaron inmediatamente en los lugares tocados por ella. Esta es la tradición conservada del lugar del martirio, en el que hay tres fuentes, y sobre cada una se levanta un altar.
EL APÓSTOL DE LOS GENTILES. — Ayer, oh Pablo, se consumó tu obra; habiéndolo dado todo, te diste por añadidura a ti mismo. La espada, al cortar tu cabeza, completa, como lo predijiste, el triunfo de Cristo. ¡Gloria a ti, oh Apóstol, ahora y siempre! La eternidad no podrá extinguir en nosotros, las naciones, los sentimientos de gratitud. Acaba tu obra en cada uno de nosotros por estos siglos sin fin; no permitas que por deserción de ninguno de los que el Señor llamó para completar su cuerpo místico, la Iglesia se vea privada de uno solo de los acrecentamientos que podía esperar. Sostén el ánimo de todos aquellos predicadores de la palabra divina, que, con la pluma o con un título cualquiera, continúan tu obra de luz. Danos apóstoles valientes, que arrojen sin tregua de nuestra tierra las tinieblas. Prometiste permanecer con nosotros, velar siempre por el progreso de la fe en nuestras almas: haz germinar en ellas las purísimas delicias de la unión divina Cumple tu promesa. Al ir a Jesús, no retires tu palabra empeñada de aquellos que, como nosotros, no te conocieron en esta tierra. Porque a ellos en una de tus Epístolas inmortales les prometiste "consolar sus corazones, uniéndolos con el amor, infundiendo en ellos con su plenitud y sus riquezas inmensas el conocimiento del misterio de Dios-Padre y de Jesucristo, en el que se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia".

viernes, 29 de junio de 2018

SAN PEDRO Y SAN PABLO, APOSTOLES.

SAN PEDRO Y SAN PABLO, APOSTOLESAño Litúrgico - Dom Prospero Gueranger



SAN PEDRO Y SAN PABLO, APOSTOLES Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger
LA RESPUESTA DE AMOR. — "¿Simón, hijo de Juan; me amas?" He aquí el momento en que se escucha la respuesta que el Hijo del Hombre exigía del pescador de Galilea. Pedro no teme la triple interrogación del Señor. Desde aquella noche en que el gallo fué menos solícito para cantar que el primero de los Apóstoles para renegar de su Maestro, continuas lágrimas cavaron dos surcos en sus mejillas; ha luido el dia en que cesen estas lágrimas. Desde el patíbulo en que el humilde discípulo ha pedido le claven cabeza abajo, su corazón generoso repite, por fin sin miedo, la protesta que, desde la escena de las orillas del lago de Tiberíades, ha consumido silenciosamente su vida: "¡Sí, Señor, tú sabes que te amo!'"
EL AMOR, CARACTERÍSTICA DEL SACERDOCIO NUEVO.— El amor es la característica que distingue el sacerdocio de los tiempos nuevos del ministerio de la ley de servidumbre. El sacerdote judio, impotente, temeroso, no sabía sino derramar sangre de victimas simbólicas sobre un altar simbólico también. Jesús, Sacerdote y Víctima a la vez, exige más de aquellos a quienes llama a participar de la prerrogativa que le hace Pontífice eterno según el orden de Melquisedec "No os llamaré en adelante siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; sino que os he llamado mis amigos porque os he comunicado todo lo que he recibido del Padre. Como mi Padre me ha amado, así os amo yo; permaneced en mi amor".
Ahora bien, para el sacerdote admitido de esta manera a la unión con el Pontífice eterno, el amor no es completo, si no se extiende a la humanidad rescatada en el gran Sacrificio. Y nótese que para él es más estricta la obligación, común a los cristianos, de amarse como miembros de una misma Cabeza; pues por su sacerdocio se hace partícipe de la Cabeza, y con esta participación, la caridad debe tener en él algo del carácter y grandeza del amor que esa Cabeza tiene a sus miembros. Y ¿cuánto mayor será, si, al poder que tiene de inmolar a Cristo mismo, y al deber que le obliga a ofrecerse con él en el secreto de los Misterios, la plenitud del Pontificado le añade la misión pública de dar a la Iglesia el apoyo que necesita y la fecundidad que el Esposo celestial espera de ella? Entonces es cuando, según la doctrina sostenida siempre por los Papas, por los Concilios y por los Padres, el Espíritu Santo le adapta a su misión sublime, identificando enteramente su amor con el del Esposo cuyas obligaciones asume y cuyos derechos ejerce.
EL AMOR DE SAN PEDRO. — Al confiar a Simón hijo de Juan la humanidad redimida, el primer cuidado del Hombre-Dios fué asegurarse de que sería fiel vicario de su amor'; de que, habiendo recibido más que los otros, le amaría más que todos; de que, siendo heredero del amor de Jesús para los suyos que estaban en el mundo, los debía amar, como El, hasta el fin. Por esto, la exaltación de Pedro a las cumbres de la Jerarquía sagrada, concuerda en el Evangelio con el anuncio de su martirio siendo Sumo Pontífice, tenía que seguir hasta la cruz al Jerarca supremo.
Ahora bien, la santidad de la criatura y, a la vez, la gloria de Dios Creador y Salvador, tienen su completa realización en el Sacrificio, que junta al pastor y al rebaño en un mismo holocausto.
Por este fin último de todo pontificado y de toda jerarquía, Pedro recorrió toda la tierra, después de la Ascensión de Jesús. En Joppe, cuando estaba aún al principio de sus correrías apostólicas, se apoderó de él un hambre misteriosa: "Levántate, Pedro; mata y come", le dijo el Espíritu; y al mismo tiempo una visión simbólica ponía ante sus ojos los animales de la tierra y las aves del cielo. Eran los gentiles que debía reunir, en la mesa del banquete divino, con los fieles de Israel. Vicario del Verbo, se haría participante de su inmensa hambre; su caridad, como fuego devorador, se asimilaría los pueblos; y, ejerciendo su título de jefe, llegaría un día en que, verdadera cabeza del mundo, haría de esta humanidad, ofrecida como presa a su avidez, el cuerpo de Cristo en su propia persona. Entonces, nuevo Isaac, o más bien verdadero Cristo, verá levantarse delante de él la montaña en donde Dios mira, esperando el sacrificio.
EL MARTIRIO DE SAN PEDRO. — Miremos también nosotros, pues ha llegado a ser presente ese futuro, y, como en el Viernes Santo, participamos en el desenlace que se anuncia. Participación dichosa, toda triunfal: aquí, el deicida no mezcla su nota lúgubre al homenaje del mundo, y el perfume de inmolación que ahora sube de la tierra, no llena los cielos sino de suave alegría. Se diría que la tierra, divinizada por la virtud de la hostia adorable del Calvario, se basta a sí misma. Pedro, simple hijo de Adán, y, con todo eso, verdadero Sumo Pontífice, avanza llevando el mundo: su sacrificio va a completar el de Jesucristo, que le invistió con su grandeza; la Iglesia, inseparable de su Cabeza visible, le reviste también con su gloria. Por la virtud de esta nueva cruz que se levanta, Roma se hace hoy la ciudad santa. Mientras Sión queda maldita por haber crucificado un día a su Salvador, Roma podrá rechazar al Hombre-Dios, derramar su sangre en sus mártires: ningún crimen de Roma prevalecerá sobre el gran hecho que ahora se realiza; la cruz de Pedro le ha traspasado todos los derechos de la de Jesús, dejando a los judíos la maldición; ahora Roma es la verdadera Jerusalén.
EL MARTIRIO DE SAN PABLO. — Siendo tal la significación de este día, no es de maravillar que el Señor la haya querido aumentar aun más, añadiendo el martirio del Apóstol Pablo al sacrificio de Simón Pedro. Pablo, más que nadie, había prometido con sus predicaciones la edificación del cuerpo de Cristo; si hoy la Iglesia ha llegado a este completo desenvolvimiento que la permite ofrecerse en su Cabeza como hostia de suavísimo olor, ¿quién mejor que él merecía completar la oblación?' Habiendo llegado la edad perfecta de la Esposa, ha acabado también su obra. Inseparable de Pedro en los trabajos por la fe y el amor, le acompaña del mismo modo en la muerte; los dos dejan a la tierra alegrarse en las bodas divinas selladas con su sangre, y suben juntos a la mansión eterna, donde se completa la unión.
VIDA DIVINA. — San Pedro después de Pentecostés organizó con los otros apóstoles la Iglesia de Jerusalén, luego las de Samaria y Judea, y recibió en la Iglesia al centurión Cornelio, el primer pagano convertido. Habiendo escapado milagrosamente de la muerte que le tenía preparada el Rey Herodes Agripa, dejó Jerusalén y se dirigió a Roma donde fundó, alrededor del año 42, la Iglesia que sería más tarde el centro de la Catolicidad. Desde Roma emprendió varias excursiones apostólicas. Hacia el año 50 se encuentra en Jerusalén para el concilio que decidió la admisión de los gentiles en la Iglesia, sin obligarlos a las observancias de la ley mosaica. Partió luego a Antioquía, al Ponto, Galacla, Capadocia, Bitinia, y a la provincia de Asia. Un incendio destruyó Roma hacia el año 64, y acusando Nerón a los cristianos de tal catástrofe, los hizo encarcelar en masa. Muchos cientos, quizá millares, fueron condenados a muerte con diversos tormentos: unos crucificados, otros quemados vivos, otros fueron entregados a las bestias en el anfiteatro, otros decapitados. San Pedro, encarcelado, según antigua tradición, en la cárcel Mamertina, fué crucificado con la cabeza abajo en los jardines de Nerón, sobre la colina del Vaticano, y allí mismo fué enterrado. No se conoce la fecha exacta de su martirio: se debe colocar entre el año 64 y el 67.
LA FIESTA DEL 29 DE JUNIO. — Después de las grandes solemnidades del año Litúrgico y de la fiesta de San Juan Bautista, no hay otra más antigua y universal en la Iglesia que la de los dos principes de los Apóstoles. Muy pronto Roma celebró su triunfo en la fecha misma del 29 de Junio, que los viera subir al cielo. Este uso prevaleció luego sobre el de algunos lugares, que habían puesto la fiesta de los Apóstoles en los últimos días de Diciembre. Fué ciertamente un hermoso pensamiento el hacer así de los padres del pueblo cristiano el cortejo del Emmanuel, a su venida al mundo. Pero, como ya hemos visto, las enseñanzas de este día tienen ellas solas, una importancia preponderante en la economía del dogma cristiano; son el complemento de toda la obra del Hijo de Dios; la cruz de Pedro da estabilidad a la Iglesia, y señala al espíritu de Dios el centro inmovible de sus operaciones. Roma estuvo inspirada cuando, reservando al discípulo amado el honor de velar por sus hermanos cerca del pesebre del Niño Jesús, guardaba el solemne recuerdo de los príncipes del apostolado en el día escogido por Dios para consumar sus trabajos y coronar juntamente con su vida el ciclo de los misterios.
EL RECUERDO DE LOS DOCE APÓSTOLES. — Pero no debemos olvidar en tan gran día a los otros operarios del padre de familia, que también regaron con sus sudores y su sangre todos los caminos del mundo, para acelerar el triunfo y reunir a los convidados al festín de las bodas'. Gracias a ellos se predicó entonces definitivamente la ley de gracia por todas las naciones, y la buena nueva resonó en todos los idiomas y en todos los confines de la tierra. Por eso, la fiesta de San Pedro, completada de un modo especial por el recuerdo de su compañero de martirio, Pablo, fué considerada desde muy antiguo como la del colegio entero de los Apóstoles. Se creyó antiguamente que no se podía separar de su glorioso jefe a aquellos a quienes el Señor habla unido tan estrechamente en la solidaridad de su obra común. Sin embargo de eso, con el tiempo se fueron consagrando sucesivamente fiestas a cada uno de ellos, y la del 29 de Junio quedó dedicada exclusivamente a los dos príncipes puyo martirio ilustró este día. Y muy pronto la Iglesia romana, creyendo que no podia celebrarlos convenientemente a los dos en un mismo día, dejó para el día siguiente el honrar más explícitamente al Doctor de las naciones.
MISA
Mientras el Pontífice se dirige al altar rodeado de los diversos Ordenes de la Iglesia, los cantores entonan el Introito, alternándolo con los versos del Salmo CXXXVIII. Este Salmo está elegido principalmente para honrar a los santos Apóstoles, por razón de las palabras del versículo diecisiete: "Por mí, tus amigos, oh Dios, son honrados hasta el exceso; su poder sobrepasa todo límite."
INTROITO
Ahora sé verdaderamente que el Señor envió a su Angel, y me libró de la mano de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos. — Salmo: Señor, me probaste y me conociste: tú conociste mi caída y mi resurrección. V. Gloria al Padre.
La Colecta que termina cada una de las Horas del Oficio Divino, es la fórmula principal de oración que emplea la Iglesia todos los días. En ella se debe buscar su idea. La que sigue, nos indica que la Iglesia quiere celebrar hoy juntamente a los dos Apóstoles y no separarlos en su piedad agradecida.
COLECTA
Oh Dios, que consagraste el día de hoy con el martirio de tus Apóstoles Pedro y Pablo: da a tu Iglesia el seguir en todo el precepto de aquellos de quienes recibió el principio de la religión. Por nuestro Señor.
EPISTOLA
Lección de los Hechos de los Apóstoles. (XII, 1-lD.
En aquellos días comenzó el rey Herodes a perseguir a algunos de la Iglesia. Y mató con la espada a Santiago, el hermano de Juan. Y, viendo que agradaba a los judíos, se propuso prender también a Pedro. Y eran los días de los Acimos. Habiéndole, pues, prendido, le metió en la cárcel, entregándolo a cuatro piquetes de guardas para custodiarlo, queriendo entregárselo al pueblo después de Pascua. Así que Pedro era guardado en la cárcel. Y la Iglesia hacía sin descanso oración a Dios por él. Y, cuando Herodes había de entregarlo, en aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas: y los guardias, delante de la puerta, guardaban la cárcel. Y he aquí que se apareció el Angel del Señor: y brilló la luz en la habitación: y, tocándole en el costado a Pedro, le despertó, diciendo: Levántate veloz. Y cayeron las cadenas de sus manos. Y díjole el Angel: Cíñete, y cálzate tus sandalias. Y así lo hizo. Y díjole: Ponte tu vestido, y sigúeme. Y, saliendo, le siguió: y no sabía que era verdad lo que hacía el Angel, antes creía ver una visión. Y, habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad: la cual se les abrió al punto. Y, habiendo salido, atravesaron un barrio: y, acto continuo, se apartó el Angel de él. Y Pedro, vuelto en si. dijo: Ahora sé verdaderamente que el Señor envió a su Angel, y me libró de la mano de Herodes y de toda expectación del pueblo de los judíos.
PARTIDA A ROMA. — Es difícil recordar con la insistencia con que lo hace la Liturgia de este día, el relato de la cautividad de S. Pedro en Jerusalén. Varias Antífonas y todos los Capítulos del Oficio están sacados de él; el Introito lo cantaba poco ha; y la Epístola relata enteramente ese episodio, que tanto le interesa hoy a la Iglesia. Es fácil descubrir el secreto de esta preferencia. En esta fiesta, la muerte de Pedro confirma a la Iglesia en sus augustas prerrogativas de Soberana, de Madre y de Esposa; pero ¿cuál fué el principio de estas grandezas, sino el momento, solemne entre todos, en que el Vicario de Jesucristo, sacudiendo sobre Jerusalén el polvo de sus pies, volvió hacia Occidente su vista, y trasladó a Roma los derechos de la sinagoga repudiada? Ahora bien, este gran acontecimiento tuvo lugar a la salida de Pedro de la prisión de Herodes. Y saliendo de la ciudad, dicen los Hechos, se fué de allí, a otro lugar. Este otro lugar, según el testimonio de la historia y de la tradición, era la ciudad que había de llamarse la nueva Sión; era Roma, a donde llegaba Simón Pedro algunas semanas después. Por eso la gentilidad, haciendo suya la palabra del ángel, cantaba esta noche en uno de los responsos de Maitines: "Levántate, Pedro y ponte tus vestidos: ármate de fortaleza para salvar a las naciones, porque han caído de tus manos las cadenas."
EL SUEÑO DE PEDRO. — Pedro, la víspera del día en que tenía que morir, dormía tranquilamente, del mismo modo que, en otro tiempo, lo hacia Jesús en la barca a punto de sucumbir. La tempestad y toda clase de peligros no dejarán de amenazar siempre a los sucesores de Pedro. Pero no se verá nunca, en la nave de la Iglesia, el pavor que se apoderó de los compañeros del Señor, en la barca que agitaba el huracán. Faltaba entonces a los discípulos la fe, y su ausencia era la causa de sus miedos. Pero desde la venida del Espíritu Santo, esta fe preciosa, de donde dimanan todos los dones, no puede faltar a la Iglesia, Ella da a los jefes la tranquilidad del Maestro; mantiene en el corazón del pueblo fiel la oración ininterrumpida, cuya humilde confianza triunfa silenciosamente del mundo, de los elementos y de Dios mismo. Si sucede que, cuando la nave de Pedro bordea los abismos, parece que el piloto duerme, la Iglesia no imitará a los discípulos cuando estaban en la tormenta del lago de Genesaret. No se hará juez del tiempo y de los medios de la Providencia, ni se creerá con derecho a reprender al que debe vigilar por todos, acordándose que, para salvar sin alboroto las más peligrosas situaciones, posee un medio mejor y más seguro, y no ignorando que, si la intercesión no falta, el ángel del Señor vendrá cuando se necesite, a despertar a Pedro y romper sus cadenas.
PODER DE LA ORACIÓN.— ¡Oh! ¡Cuántas almas, sabiendo orar, son más poderosas, con su sencillez ignorada, que la política y los soldados de todos los Herodes del mundo! La comunidad reunida en la casa de María, madre de Marcos era muy poco numerosa; pero oraba día y noche; por dicha no se conocía allí el naturalismo fatal, que con engañoso pretexto de no tentar a Dios, rehusa pedirle lo imposible, cuando está en juego el interés de su Iglesia. Ciertamente, las precauciones de Herodes Agripa para no dejar escapar a su prisionero, honraban a su prudencia, y por cierto que la Iglesia pedía lo imposible pidiendo la libertad de Pedro, hasta el punto que los que rogaban entonces, siendo escuchados, no daban crédito a lo que veían. Pero su fortaleza fué precisamente esperar contra toda esperanza lo que ellos mismos miraban como locura y someter, en su oración, el juicio de la razón a las solas miras de la fe.
El Gradual canta el poder prometido a los compañeros e hijos del Esposo; también ellos vieron que numerosos hijos reemplazaban a los padres que dejaron para seguir a Jesús; el Verso del Alleluia celebra la piedra que sostiene a la Iglesia, en este día en que la ve afirmarse para siempre en su lugar predestinado.
GRADUAL
Los constituirás príncipes sobre toda la tierra: se acordarán de tu nombre, Señor. V. Por tus padres te han nacido hijos: por eso te alabarán los pueblos.
Aleluya, aleluya. V. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Mateo. (XVI, 13-19).
En aquel tiempo fué Jesús a la región de Cesarea de Filipo, y preguntó a sus discípulos diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Y ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elias; y otros, que Jeremías o uno de los Profetas. Díjoles Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y, respondiendo Jesús, díjole: Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás: porque no te ha revelado esto la carne y la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos. Y yo te digo a ti, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré a ti las llaves del reino de los cielos. Y todo cuanto atares sobre la tierra, será atado también en los cielos: y todo cuanto desatares sobre la tierra, será desatado también en los cielos.
CONFESIÓN DE SAN PEDRO. — La alegría hace recordar a Roma aquel momento dichoso en que, por primera vez, la humanidad dió al Esposo su título divino: ¡Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo! El amor y la fe hacen a Pedro en este momento la mayor y la más antigua lumbrera de los teólogos, como le llama San Dionisio en su libro de los "Nombres divinos." El primero, efectivamente, tanto con relación al tiempo como por la plenitud del dogma, solucionó el problema cuya insoluble resolución fué el esfuerzo supremo de la teología de los siglos proféticos.
DIGNIDAD DE SAN PEDRO. — ¿Eres, oh Pedro, más sabio que Salomón? Y lo que el Espíritu Santo declaró sobre toda ciencia, ¿será el secreto de un pobre pescador? Así es. Nadie conoce al Hijo sino el Padre pero el Padre mismo reveló a Simón el misterio de su Hijo, y la palabra que da testimonio de El, no puede admitir réplica. Porque no es una añadidura falsa a los dogmas divinos: oráculo de los cielos salido de los labios humanos, eleva a su dichoso intérprete por encima de la carne y de la sangre. Como Cristo, de quien le alcanza ser Vicario, esa palabra tendrá como única misión ser aquí abajo un eco flel del cielo, dando a los hombres lo que recibe; la palabra del Padre. Es todo el misterio de la Iglesia, de la tierra y de la del cielo, y contra ella nunca prevalecerá el infierno.
Continúan los ritos del Sacrificio. Mientras los ecos de la Basílica repiten las palabras del Credo que predicaron los Apóstoles y que se apoya en Pedro, la Iglesia se ha levantado para llevar sus ofrendas al altar. A la vista de este largo desfilar de pueblos y de sus reyes que se suceden durante los siglos, ofreciendo sus dones y rindiendo homenaje al pescador crucificado, el coro canta con nueva melodía el versículo del Salmo que, en el Gradual, ha ensalzado la supereminencia de este principado creado por Cristo en favor de los mensajeros de su amor.
OFERTORIO
Los constituirás príncipes sobre toda.la tierra: se acordarán de tu nombre, Señor, en toda progenie y generación.
Los frutos de la tierra no tienen, en sí mismos, nada que los haga aceptos al cielo. Por eso, la Iglesia en la Secreta, pide la intervención de la oración apostólica para hacer aceptable su ofrenda; esta oración de los Apóstoles es, hoy y siempre, nuestro refugio seguro y el remedio de nuestras miserias.
Esto mismo manifiesta el Prefacio que sigue. El Pastor eterno no puede abandonar a su rebaño, sino que continúa guardándole por medio de los santos Apóstoles, pastores también, y siempre guías, en lugar suyo, del pueblo cristiano.
SECRETA
Apoye, Señor, estas hostias, que te ofrecemos para ser consagradas a tu nombre, la oración apostólica, por la cual nos concedas ser purificados y protegidos. Por nuestro Señor.
PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable, el suplicarte humildemente, Señor, que no dejes, Pastor eterno, a tu rebaño: sino que, por tus santos Apóstoles, lo guardes con continua protección: para que sea gobernado por los mismos rectores que elegiste para pastores suyos y vicarios de tu obra. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celeste, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, santo, santo...
La Iglesia experimenta, en el santo banquete, la estrecha relación del misterio de amor y de la gran unidad católica fundada sobre la piedra. Así canta de nuevo:
COMUNION
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
La Poscomunión vuelve a tratar sobre el poder de la oración apostólica, como salvaguardia de los cristianos a los que nutre el alimento celestial.
POSCOMUNION
A los que has saciado. Señor, con este celestial alimento, guárdalos, por la intercesión apostólica, de toda adversidad. Por nuestro Señor.
FUNDAMENTO DE LA IGLESIA.— ¡Oh Pedro, saludamos el glorioso sepulcro donde descansas! A nosotros, hijos de este Occidente, que quisiste elegir, a nosotros toca, antes que a todos, celebrar con amor y fe las glorias de este día. Sobre ti debemos edificar; porque queremos ser los habitantes de la ciudad santa. Seguiremos el consejo del Señor edificando sobre roca nuestras construcciones terrenas, para que resistan a la tempestad y puedan ser mansión eterna. ¡Cuán grande es para contigo, que te dignas sostenernos así, nuestro agradecimiento, sobre todo en este siglo insensato, que, pretendiendo construir de nuevo el edificio social, ha querido edificarlo sobre la arena inconsistente de las opiniones humanas, y no ha hecho sino multiplicar las miserias y las ruinas! ¿Acaso no es la piedra angular la que han desechado los arquitectos modernos? ¿Y no se revela su virtud en que, al desecharla, chocan contra ella y se estrellan?.
DEVOCIÓN A SAN PEDRO. — Ya que la eterna Sabiduría, oh Pedro, edifica su casa sobre ti, ¿en qué otra parte podremos hallarla? De Jesús, subido a los cielos, es de quien tienes palabras de vida eterna. En ti se continúa el misterio de Dios hecho hombre y que vive entre nosotros. Nuestra religión, nuestro amor al Emmanuel, son incompletos si no llegan hasta ti. Y, habiendo tú mismo vuelto a juntarte con el Hijo del hombre a la derecha del Padre, el culto que te tributamos por tus divinas prerrogativas, se extiende al Pontífice sucesor tuyo, en quien, por ellas, continúas viviendo; culto real, que se tributa a Cristo en su Vicario, y que, por tanto, no puede avenirse con la distinción, demasiado sútil, entre la Sede de Pedro y el que la ocupa. En el Pontífice romano, tú eres siempre el único pastor y sostén del mundo. Si el Señor dijo: "Nadie va al Padre, sino por Mí", sabemos que nadie llega al Señor, sino por ti. ¿Cómo los derechos del Hijo de Dios, Pastor y Obispo de nuestras almas pueden padecer menoscabo en estos homenajes de la tierra agradecida? No podemos celebrar tus grandezas, sin que al momento, dirigiendo nuestros pensamientos a Aquel de quien tú eres como el signo sensible, como un augusto sacramento, tú no nos digas, así como a nuestros padres, por la inscripción de tu antigua estatua: Contemplad al Dios Verbo, piedra divinamente tallada en oro, sobre la cual estando asentado, no soy conmovido.
Tomado de Católicos Alerta.

lunes, 7 de mayo de 2018

Aviso Importante: Ascensión del Señor

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Este próximo jueves 10 de mayo, Dios mediante, a las 20 hrs, 
se celebrará la Santa Misa Tridentina con ocasión
 de la Solemnidad de la Ascensión del Señor, 
en la Parroquia Santa Bárbara de Casablanca. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Programa de Santas Misas de Vigilia y Navidad.

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Programa Misas en Latín (Tridentina):

* Domingo, 24 de diciembre de 2017, 17 hrs. "In Vigilia Nativitatis Domini ~ Duplex I. classis".
* Lunes, 25 de diciembre de 2017, 09:30 hrs. "In die Nativitatis Domini ~ Feria privilegiata".

Dios mediante, se celebrarán en la Parroquia Santa Bárbara, Constitución 47, Casablanca.
El tercer mandamiento de la ley de Dios dice "Santificarás las fiestas" y el primer mandamiento de la Iglesia manda "Oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar".
Este año el día 24 de diciembre cae en domingo. El domingo 24 es Vigilia de Navidad, día de obligación oír la santa misa.
El día lunes 25 de diciembre, Solemnidad de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo, es fiesta de precepto, este día también es obligación asistir a misa. Recordar que faltar a misa en domingo o día de guarda es pecado mortal. (1)
(1) Enseña el catecismo: ¿Que pasaría si un cristiano muere en pecado mortal?. R/ Su alma sería precipitada al Infierno por toda la eternidad,pues un sólo pecado mortal basta para condenarse eternamente.

jueves, 12 de octubre de 2017

Nuestra Señora del Pilar, Patrona de Hispanoamérica.

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Según una venerada tradición, la Santísima Virgen María se manifestó en Zaragoza sobre una columna o pilar, signo visible de su presencia. Esta tradición encontró su expresión cultual en la misa y en el Oficio que, para toda España, decretó Clemente XII. Pío VII elevó la categoría litúrgica de la fiesta. Pío XII otorgó a todas las naciones sudamericanas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España.