domingo, 29 de marzo de 2015

Segundo Domingo de Pasión o Domingo de Ramos.

Palmeras de gloria, puños de odio: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Crucifícale!" Por Cristo o contra Cristo: con esto en cuenta serán juzgadas las almas.
*
(I clase) Bendición y procesión (pluvial roja, y en su defecto, estola)
Santa Misa (morado). Lectura de la Pasión (sin Dnus. vob., sin señal de la cruz, sin beso ni per evangelica) . Prefacio de la cruz. (Si hubo bendición de los ramos, se omite el Último Evangelio y las Preces; sino, se lee como último Evangelio el propio de la Bendición.
*
La liturgia de este domingo consta de dos partes muy diferentes: una, rebosante de alegría, la procesión de los ramos; otra, llena de tristeza, la misa y el canto de la Pasión.
*
*
Reflexión
*
“Plúrima autem turba stravérunt vestiménta sua in via: álii autem caedébant ramos de arbóribus et sternébant in via: turbae autem, quae praecedébant at quae sequebántur, clamábant dicéntes: Hosánna filio David: benedíctus qui venit in nómine Dómini” (“Y una gran muchedumbre tendía también sus vestidos por el camino; otros cortaban ramos de los árboles y los extendían por el camino, y tanto las turbas que iban delante como las que venían detrás, clamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David; bendito sea el que viene en el nombre del Señor!” (Matthaéum 21, 1-9).
“Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un borrico, como había sido profetizado muchos siglos antes. Y los cantos del pueblo son claramente mesiánicos. Esta gente llana –y sobre todo los fariseos- conocían bien estas profecías, y se manifiesta llena de júbilo. Jesús admite el homenaje, y a los fariseos que intentan apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, el Señor les dice: Os digo que si estos callan gritarán las piedras.
“Con todo, el triunfo de Jesús es un triunfo sencillo, “se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como un jumento: como un borrico soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra (Sal 72, 23-24), tú me llevas por el ronzal”.
“Jesús quiere también entrar hoy triunfante en la vida de los hombres sobre una cabalgadura humilde: quiere que demos testimonio de El, en la sencillez de nuestro trabajo bien hecho, con nuestra alegría, con nuestra serenidad, con nuestra sincera preocupación por los demás. Quiere hacerse presente en nosotros a través del las circunstancias del vivir humano. También nosotros podemos decirle en el día de hoy: Ut iumentum factus sum apud te… “Como un borriquito estoy delante de Ti. Pero Tú estás siempre conmigo, me has tomado por el ronzal, me has hecho cumplir tu voluntad; et cum gloria suscepisti me, y después me darás un abrazo muy fuerte”. Ut iumentum… como un borrico soy ante Ti, Señor…, como un borrico de carga, y siempre estaré contigo. Nos puede servir de jaculatoria para el día de hoy.
“El Señor ha entrado triunfante en Jerusalén. Pocos días más tarde, en esa ciudad, será clavado en una cruz.
“Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos profetizaban la resurrección de Cristo, proclamando con ramos de palmas: “Hosanna en el cielo”.
“Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformó cinco días más tarde en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué tan brusca mudanza, por qué tanta inconsistencia? Para entender algo quizá tengamos que consultar nuestro propio corazón.
“¡Qué diferentes voces eran –comenta San Bernardo-: quita, quita, crucifícale y bendito sea el que viene en nombre del señor, hosanna en las alturas! ¡Qué diferentes voces son llamarle ahora Rey de Israel, y de ahí a pocos días: no tenemos más rey que el César! ¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las flores y las espinas! A quien antes tendían por alfombra los vestidos propios, de allí a poco le desnudan de los suyos y echan suerte sobre ellos.
“La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén pide a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia, ahondar en nuestra fidelidad, para que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan.
“La liturgia pone en boca de los cristianos este cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria. El que se queda recluido en la ciudadela del propio egoísmo no descenderá al campo de batalla. Sin embargo, si levanta las puertas de la fortaleza y permite que entre el Rey de la paz, saldrá con El a combatir contra toda esa miseria que empaña los ojos e insensibiliza la conciencia.
“María también esté en Jerusalén, cerca de su Hijo, para celebrar la Pascua. La última Pascua judía y la primera Pascua en la que su Hijo es el Sacerdote y la Víctima. No nos separemos de Ella. Nuestra Señora nos enseñará a ser constantes, a luchar en lo pequeño, a crecer continuamente en el amor a Jesús. Contemplemos la Pasión, la Muerte y la Resurrección de su Hijo junto a Ella. No encontraremos un lugar más privilegiado”.

sábado, 28 de marzo de 2015

La Pasión y la Virgen María.

“El Corazón de María es, después del Corazón de Jesús, el rey de todos los corazones. Dios ama a María más que a todo el paraíso, es decir, más que a todos los ángeles y los santos pasados, presentes y futuros. Desead amar a Dios como el corazón de esta Virgen sin mancilla, y para esto dirigíos en espíritu a su bellísimo corazón, y amad al soberano Bien con este corazón purísimo, con la intención de practicar todas las virtudes de que ella nos ha dado ejemplo.
“¿Cómo hablar del triunfo de la Reina del cielo y de la tierra, en su gloriosa asunción? Las riquezas de esta excelsa Reina son inmensas; es un océano de perfección, cuya profundidad sólo puede sondear Aquel que la colmó de tantas gracias.
“La gran herida de amor que recibió desde el primer instante de su inmaculada Concepción, se aumentó durante el resto de su vida, y la penetró tan profundamente, que el al fin desprendió su santísima alma de su cuerpo virginal. La muerte de amor, más dulce que la misma vida, puso fin al dolor sin medida que ella sufrió toda su vida, no solamente por la Pasión de Jesús, sino también viendo las ofensas e ingratitudes de los hombres hacia la divina Majestad. Regocijémonos en Dios del triunfo brillantísimo de María, nuestra Reina y nuestra Madre; regocijémonos al verla encumbrada sobre los coros de los ángeles y sentada a la diestra de su Hijo divino.
“Os podéis regocijar de las glorias de María en el sagrado Corazón de Jesús, y aun amarla por este divino Corazón. Regocijaos con ella; alegraos viendo que sus padecimientos han tenido fin; pedidle la gracia de vivir siempre sumergido en ese océano inmenso del amor divino, de donde ha salido este otro océano de los padecimientos de Jesucristo y de los dolores de María… Dejaos penetrar de sus penas y dolores; dejad que se aguce la lanza, la espada, el dardo, que os han de herir a fin de que la herida del amor sea más profunda; será más profunda a medida que el alma cautiva salga de su prisión.
“Quien quiera agradar a María debe humillarse y anonadarse muy profundamente, porque María fue la más humilde de todas las criaturas, y por eso ha agradado más a Dios.
“Meditad a menudo los dolores de la divina Madre, dolores inseparables de los de su Hijo muy amado. Si os dirigís al crucifijo, encontraréis en él a María; y allí donde está la Madre está también el Hijo. Unid los padecimientos de Jesucristo a los de la Santísima Virgen; sumergíos en estos padecimientos, y haced una mezcla de amor y de dolor. El amor os enseñará todo esto si permanecéis al pie de la cruz y bien concentrado en vuestra nada.
“He aquí el día de la pasión de mi santísima Madre, la Virgen de los Dolores; mi corazón se despedaza cuando considero los tormentos de María. ¡Oh tierna Madre! ¡Oh Virgen inmaculada, Reina de los mártires! Yo os ruego por los dolores que habéis padecido durante la Pasión de vuestro amado Hijo: que nos deis a todos vuestra maternal bendición: yo pongo a toda mi familia bajo el manto de vuestra protección”.
San Pablo de la Cruz, Flores de la Pasión, 1921.

viernes, 27 de marzo de 2015

La Pasión y la oración.

“Yo creería faltar a mi deber, como dice san Buenaventura, si pasara un solo día sin pensar en la Pasión de mi Salvador.
“Vuestro más importante negocio es el cuidado de vuestra alma. Por lo mismo, antes de salir por la mañana de vuestros aposentos, haced al menos un cuarto de hora de oración sobre la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh, qué alegría para el cielo y qué satisfacción para los ángeles custodios, al veros hacer oración! No omitáis jamás este santo ejercicio.
“Quiero que el objetivo de vuestra oración sea la Pasión de Jesucristo, y que vuestro corazón se abisme en Dios, en esos entretenimientos llenos de amor; pero comprendedme bien: quiero que dejéis vuestra alma en libertad, que la dejéis secundar los atractivos del Espíritu Santo. Es menester hacer oración, no a nuestro gusto, sino al gusto de Dios. Sí; cuando el alma halla gusto en estar sola con Dios, con una atención pura, santa, amorosa, con una fe sencilla y viva, reposando en el seno silencioso del Bien amado, con un silencio sagrado de amor, es necesario dejarla tranquila y no turbarla con otros ejercicios. Dios entonces la lleva en los brazos de su amor, y la hace entrar en su bodega a beber este vino delicioso que engendra vírgenes. ¡Oh, qué magnífica ocupación!
“Algunas veces en la oración, Dios comunica al alma con un solo rasgo sus tesoros de luz y de gracias celestiales.
“Yo quisiera que todo el mundo se aplicara a la oración y a la meditación… ¡Qué desgracia, que haya tan pocas almas que conozcan el tesoro escondido en la oración y unión con Dios!... ¡Ay! Se entra fácilmente en el camino de la perdición cuando se deja la oración.
“Si Dios os ha dado el don de la oración, sed fiel; velad, y no descuidéis la práctica de las virtudes y la imitación de Jesucristo. Comenzad siempre vuestra oración por uno de los misterios de la Pasión, y entreteneros en piadosos soliloquios, sin hacer esfuerzos para meditar. Si Dios os atrae al silencio de amor y de fe en su seno divino, no turbéis la paz y el reposo de vuestra alma con reflexiones y palabras. Os recomiendo sobre todo, ahondar mucho en la humildad y en vuestra vileza y miseria… jamás haréis lo bastante en este punto.
“Sed muy fiel en corresponder a los grandes beneficios que habéis recibido del Señor; esta fidelidad es una preparación a mayores gracias y más altas luces, que harán que vuestra alma tenga más amor a Dios, adquiera mayor virtud y la practique de manera heroica”.
San Pablo de la Cruz: Flores de la Pasión, 1921.

jueves, 26 de marzo de 2015

La Pasión y la fe.

“¡Oh, cuánto amo a las almas que marchan en la fe pura y en un completo abandono en las manos de Dios! ¡Cuánto deseo que marchemos juntos en la fe! Sí, este es el verdadero camino.
“Por obscura que sea la fe, ella es la guía segura del santo amor. ¡Oh, qué dulzura gusta mi corazón en su certidumbre!
“San Juan de la Cruz así cantaba: ¡Oh noche que guiaste, /O noche amable más que la alborada,/ Oh noche que guiaste/ Amado, con amada,/ Amada en el Amado transformada!
“¡Oh, qué noble ejercicio anonadarse delante de Dios en la fe pura, sin imágenes, sumergir nuestra nada en la verdad suprema, que es Dios, y perderse en el abismo inmenso e infinito de su caridad! El alma amante que nada en este océano, está penetrada de este amor infinito; e identificándose con Jesucristo, se transforma en él por el amor, y se apropia los dolores del Bien amado. Esta es una ciencia sublime, pero Dios quiere enseñárosla: os quiere en este santo ejercicio. El amor habla poco. Mientras más se ama, menos se hable; digo esto de la santa oración.
“Busquemos siempre a Dios por la fe en el interior de nuestra alma. Ved una bola de algodón muy fino sobre la cual se deja caer una gota de bálsamo oloroso. El bálsamo se extiende y la perfuma toda. Así una aspiración del corazón hacia Dios embalsama nuestra alma de su divino espíritu y hace que ella exhale un suave perfume en su presencia.
“Hay algunos que hacen consistir su devoción en visitar los lugares santos y las grandes basílicas. Yo no repruebo esta devoción; sin embargo, la fe nos enseña que nuestro corazón es un gran santuario y el templo vivo de Dios, donde reside la augusta Trinidad. Entremos a menudo en este templo, y adoremos en espíritu y en verdad a la augusta Trinidad. ¡He aquí, ciertamente una devoción sublime y muy provechosa!
“El reino de Dios está en vuestro interior. Avivad a menudo esta fe cuando estudiéis, trabajéis, comáis; y al acostaros y levantaros haced exclamaciones de amor hacia Dios, diciéndole de corazón: ¡Oh bondad infinita! o alguna otra oración jaculatoria. Dejad a vuestra alma penetrarse de estas oraciones jaculatorias como de un precioso bálsamo.
“Este gran Dios, que se hizo hombre y que sufrió tanto por amor nuestro, lo tenéis más cerca de vosotros que los estáis vosotros mismos. En cuanto a mí, no puedo cómo es posible no pensar siempre en Dios.
“El justo vive de la fe. Vos sois el templo de Dios vivo: visitad a menudo el santuario interior; ved si arden las lámparas, es decir, la fe, la esperanza y la caridad”.
San Pablo de la Cruz, Flores de la Pasión, 1921.

martes, 24 de marzo de 2015

La Pasión y el camino de la perfección.

“La Pasión de Jesucristo es la puerta real que da entrada a los pastos deliciosos del alma. El Divino Salvador ha dicho: Ego sum ostium. Yo soy la puerta. El alma que entrare por esta puerta andará con seguridad.
“Figuraos que estáis gravemente enfermo y que voy haceros una visita. Seguramente, después de haberos expresado mi sentimiento y dicho algunas palabras de consuelo, os miro con compasión y me apropio vuestros dolores por amor. Así, cuando meditamos la Pasión de Jesucristo, al verle sumergido en el dolor, debemos compadecernos de sus penas; y después de contemplarle con amor en este estado, apropiarnos por amor y compasión sus padecimientos.
“Suponéis que habéis caído en un profundo río, y que una persona caritativa se arroja a él para salvaros; ¿qué diríais de tal bondad? Suponed todavía más: que, apenas sacado del agua, sois atacado por unos asesinos, y que esa misma persona, por amor vuestro, se opone a ellos y recibe heridas por salvaros la vida. ¿Qué haríais en retorno de tan grande amor? ¿No es cierto que miraríais sus dolores como si fueron vuestros, que os apresuraríais a manifestarle vuestra compasión y curarle sus heridas?
“Así debemos obrar con Jesús crucificado: es necesario contemplarle abismado en un océano de dolores para sacarnos de un abismo eterno, considerarle todo cubierto de llagas y de heridas para darnos la vida y la salvación; después apropiarnos sus penas con amor, compadecernos de sus dolores y consagrarle todas nuestras afecciones.
“Guardad en vuestro corazón un tierno y amoroso recuerdo de los padecimientos del celestial esposo y dejaos penetrar enteramente del amor con que los sufrió. El camino más corto para santificarse es el de perderse en este abismo de padecimientos. En efecto, el profeta llama a la Pasión de Jesús mar de amor y de dolor. ¡Ah! Este es un secreto que se revela a las almas humildes. En este gran mar pesca el alma las perlas de las virtudes, y hace suyos los padecimientos del Bien amado. Yo tengo una viva confianza que el celestial Esposo os enseñará esta pesca divina; os la enseñará si permanecéis en la soledad interior, separado de las afecciones terrestres, desprendido de todo lo creado, en la pura fe y en el santo amor.
“Vivid interiormente en el seno de Dios, anonadado en vos mismo de una manera pasiva; este es el camino más corto para abismaros en el Todo infinito, pasando por la puerta divina que es Jesús crucificado, y apropiándoos sus padecimientos. El amor lo enseña todo, porque la Pasión es la obra de un amor infinito”.
San Pablo de la Cruz (1696-1775; canonizado por Pío IX en 1867): Flores de la Pasión. 1921.

lunes, 23 de marzo de 2015

DOMINGO DE RAMOS.

"El Domingo de RAMOS"
El cielo de la Iglesia se pone cada vez más sombrío; los tonos severos de los que se había revestido en el curso de las cuatro semanas que acaban de pasar, ya no son suficientes para demostrar su duelo. Sabe que los hombres persiguen a Jesús y conspiran su muerte. No pasarán doce días sin que sus enemigos pongan sobre él sus manos sacrílegas. La Iglesia le seguirá a la cumbre del Calvario; recogerá su último suspiro; verá sellar sobre su cuerpo unánime, la piedra del sepulcro. No es extraño, pues, que invite a todos sus hijos, en esta quincena, a contemplar a Aquel que es la causa de todas sus tristezas y afectos.
Pero no es precisamente, lágrimas y compasión estériles, lo que pide de nosotros nuestra Madre; quiere que nos aprovechemos de las enseñanzas que nos van a proporcionar los sucesos de esta Santa Semana. Se acuerda de que el Señor al subir al Calvario, dijo a las mujeres de Jerusalén que lloraban su desgracia ante sus mismos verdugos: "No lloréis por mí; más bien llorad por vosotros y por vuestros hijos". No rehusó el tributo de sus lágrimas, se enterneció y su misma ternura le dictó esas palabras. Quiso sobre todo verlas penetradas de la grandeza del acto del que se compadecían, en una hora en que la justicia de Dios se mantenía tan inexorable ante el pecado.
La Iglesia comenzó la conversión del pecador en las semanas precedentes; ahora quiere consumarla. Lo que ofrece a nuestra consideración, no es ya Cristo ayunando y orando en el monte de la Cuarentena; es la víctima universal que se inmola por la salvación del mundo. La hora va a sonar y el poder de las tinieblas se apresura a aprovechar los pocos momentos que le quedan. Va a consumarse el más afrentoso de los crímenes. Dentro de pocos días el Hijo de Dios va a ser entregado al poder de los pecadores y ellos le matarán. La Iglesia no necesita exhortar a sus hijos a la penitencia; demasiado saben ya que el pecado exige esta expiación. Ahora está penetrada por completo de los sentimientos de anonadamiento que le inspira la presencia de Dios sobre la tierra; y al expresar estos sentimientos en la Liturgia nos indica aquellos que nosotros debemos concebir de nosotros mismos.
El carácter más general de las oraciones y de los ritos de esta quincena es de profundo dolor de ver al justo oprimido por sus enemigos, hasta la muerte y una indignación enérgica contra el pueblo deicida. El fondo de los textos litúrgicos, son de David y de los Profetas. Ya es Cristo mismo quien declara las agonías de su alma; ya son las imprecaciones contra los verdugos. El castigo del pueblo judío es expuesto en todo su horror; y en los tres últimos días veremos a Jeremías lamentarse sobre las ruinas de la ciudad infiel.
Preparémonos, pues, a estas fuertes impresiones desconocidas con harta frecuencia por la piedad superficial de nuestros tiempos. Recordemos el amor y benignidad del Hijo de Dios que viene a confiarse a los hombres, viviendo su misma vida. "Pasando por esta tierra haciendo el bien", y veamos cómo acaba esta vida de ternura, condescendencia y humildad con el más infame de los suplicios, con el patíbulo de los esclavos. Por una parte, contemplemos al pueblo perverso de los pecadores, que, falto de crímenes, imputa al Redentor sus beneficios, y consuma la más negra de las ingratitudes, derramando sangre inocente y divina; y por otra, contemplemos al Justo por excelencia, presa de las amarguras todas, "su alma triste hasta la muerte", cargado con el peso de la maldición, y bebiendo hasta las heces el cáliz que a pesar de su humilde queja debió de beber: el cielo inflexible a sus plegarias como a sus dolores; y al fin escuchemos su grito: "Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?" (Mateo 28, 4-6.)
Esto es lo que recuerda la Iglesia con tanta frecuencia en estos días; esto es lo que propone a nuestra consideración; porque sabe que si llegamos todos a comprender lo que esta escena significa, se romperán los lazos que nos atan al pecado, y nos será ya imposible permanecer por más tiempo como cómplices de estos crímenes atroces.
Pero la Iglesia sabe también lo duro que es el corazón del hombre, y la necesidad que tiene del temor, para determinarse a la enmienda; por esta razón no omite ninguna de las imprecaciones que los Profetas ponen en la boca del Mesías contra sus enemigos. Estos anatemas son otras tantas profecías que se han cumplido al pie de la letra en los judíos endurecidos. Tienen por fin enseñarnos lo que el cristiano debe temer de sí mismo si persiste en "crucificar de nuevo a Jesucristo" (Hebreos 6., 6), según la enérgica expresión de San Pablo. Que se acuerde entonces de estas palabras que el mismo Apóstol dice en la Epístola a los Hebreos: "¿Qué suplicio tendrá, el que haya pisoteado al Hijo de Dios, el que haya tenido por vil la sangre de la alianza por la cual fue santificado, el que haya ultrajado al Espíritu de gracia? Porque sabemos que ha dicho: A mí me pertenece la venganza y sabré ejercitaría; v en otra parte: el Señor juzgará a su pueblo. Será, pues, una cosa horrible caer en las manos de Dios vivo" (Hebreos 10, 31).

En efecto, nada más afrentoso; ya que en estos días en que estamos "no perdonó a su propio Hijo" (Romanos 8, 32) dándonos por este incomprensible rigor la medida de lo que debernos esperar de Él, si encontrase aún en nosotros el pecado que le ha obligado a mostrarse tan cruel con su amadísimo Hijo "en quien ha puesto todas sus complacencias"(Mateo 3, 17). Estas consideraciones sobre la justicia para con la rnás inocente y la más augusta de todas las víctimas; y sobre el castigo de los judíos impenitentes acabarán de destruir en nosotros el afecto al pecado, desarrollando este temor tan saludable sobre el cual vendrán a apoyarse una esperanza firme y un amor sincero, como sobre base, inquebrantable.

Si por nuestros pecados somos los autores de la muerte del Hijo de Dios, también es cierto que la sangre que brota de sus Sagradas Llagas tiene la virtud de lavarnos de este crimen. La justicia del Padre celestial no se satisface más que con la efusión de esta Sangre divina; y la misericordia del mismo Padre celestial quiere que se emplee en nuestro rescate. El hierro del verdugo ha abierto cinco llagas en el cuerpo del Redentor; y de ellas brotan cinco manantiales de salvación sobre la humanidad para purificarla y restablecer en cada uno de nosotros la imagen de Dios que había sido borrada por el pecado. Acerquémonos, pues, con confianza, y glorifiquemos esta sangre libertadora que abre al pecador la puerta del cielo; y cuyo valor infinito sería suficiente para rescatar millones de mundos más culpables que el nuestro. Nos acercamos al aniversario del día en que fue derramada; han pasado ya muchos siglos desde el día en que enrojeció los miembros desgarrados de nuestro Salvador y que, descendiendo de la Cruz, bañó esta tierra ingrata; pero su poder siempre es el mismo.

Vengamos pues, "a beber a las fuentes del Salvador" (Isaías 12, 3); nuestras almas saldrán de allí llenas de vida, purísimas, completamente esplendorosas con belleza celestial; ya no quedará en ella la menor señal de sus antiguas manchas; y el Padre nos amará con el mismo amor con que ama a su Hijo. ¿No es para hacernos suyos, a nosotros, que estábamos perdidos, por lo que ha entregado a la muerte sin compasión a su Hijo? Habíamos llegado a ser propiedad de Satanás por nuestros pecados; y ahora, de pronto, somos arrancados de sus garras y recobramos la libertad. Y sin embargo de eso, Dios no ha usado de violencia para sacarnos del poder del ladrón, ¿cómo pues, hemos sido libertados? Escuchad al Apóstol: "habéis sido rescatados a gran precio" (1 Corintios 6, 20). Y ¿cuál es este precio? El príncipe de los Apóstoles nos lo explica: "no es, dice, por precio de oro o de plata corruptibles, con que habéis sido rescatados, sino por la preciosa sangre del Cordero sin mancilla" (Pedro 1, 18). Esta Sangre divina, colocada en la balanza de la justicia celestial, la ha hecho inclinarse en nuestro favor; ¡tanto sobrepasaba al peso de nuestras iniquidades! La fuerza de la Sangre ha roto las puertas del infierno, ha quebrantado nuestras cadenas, "restablecido la paz entre el cielo y la tierra" (Colosenses 1, 20). Derramemos sobre nosotros esta Sangre preciosa, lavemos en ella todas nuestras llagas, sellemos nuestra frente con su señal inquebrantable y protectora, a fin de que en el día de la cólera, nos perdone la espada vengadora.
(tomado de Stat Veritas)

domingo, 22 de marzo de 2015

Domingo 1º de Pasión.

La Cuaresma anda ya adelantada. Pronto asomará la "Pascua florida" y entraremos en los conmovedores misterios de la Semana Santa. Hoy mismo, Domingo, aparecen los altares y las estatuas cubiertas de luto, anunciando el luto y el duelo de la Iglesia, y de todos sus buenos hijos, por la vecina Muerte del Salvador. ¿Has cumplido tú ya con Pascua, o te preparas de verdad a cumplir pronto con ese sagrado deber?¿Has confesado y comulgado durante la Cuaresma, o te preparas a confesar y comulgar en esta su última quincena?¿Cuántos años hace que no te has confesado y que no has comulgado por Pascua? ¿Por qué no lo has hecho? ¿Por qué estás resuelto a no hacerlo tampoco este año? ¿Tienes miedo de no ser perdonado? ¿Te parecen demasiado grandes y numerosos tus pecados? Si piensas así, irrogas gravísima injuria al Salvador, que murió por ti y por ti derramó su sangre. A Dios no le asustan tus pecados, pues desea perdonártelos; en cambio, le ofende tu poca confianza en El, que es misericordioso y perdonador hasta lo infinito. Confiésate, pues, y vuelca en el Corazón de Jesús tus miserias, que El te las trocará por riquezas de gracia.
*

sábado, 21 de marzo de 2015

SAN BENITO.

Abad
n. hacia el año 480 en Nursia, Italia;
† hacia el año 547 en Montecasino, Italia
Patrono de monjes; personas en órdenes religiosas; ingenieros civiles; trabajadores agrícolas; granjeros; espeleólogos; niños escolares; personas en trance de muerte. Protector contra la hechicería; brujería; veneno; fiebre; urticaria; erisipela; enfermedades inflamatorias;
enfermedades renales. Se lo invoca en las tentaciones y cuando se ha roto alguna pertenencia de un superior.
SAN BENITO, Abad
Dichosos los siervos a los cuales
el amo al venir encuentra velando.
(Lucas 12, 37)
San Benito abandonó el mundo a la edad de 14 años para retirarse al desierto. Esforzose el demonio por encender en su corazón el fuego de las pasiones impuras. Para vencer, San Benito revolcábase entre espinas y zarzas. Su fama de santidad extendiose a lo lejos y le atrajo una multitud de discípulos. Hizo muchos milagros que lo han hecho célebre; mas el mayor de los prodigios fue el establecimiento de su orden, que ha dado un sinnúmero de santos a la Iglesia. Murió hacia la mitad del siglo VI.
MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA Y
LA MUERTE DE SAN BENITO
I. Desde que hubo comprendido la vanidad del mundo, retirose San Benito a la soledad, y allí mortificó su cuerpo mediante continuas austeridades. ¡Hace ya tanto tiempo que tú conoces los peligros del mundo, y lo amas todavía! ¡Sabes que es infiel, y en él te fías! ¡Estás persuadido de que no hay recompensa para sus adoradores, y ansiosamente buscas sus favores! Engañó ya a muchos otros con sus falsos bienes; mas, los que antes lo honraban lo desprecian ahora. ¿Por qué no lo dejas?Apenas si tiene el mundo lo que es preciso para engañar; carece de bienes, hasta de bienes frágiles (San Euquerio).
II. San Benito despreció al mundo, y el mundo le honra; los reyes, los príncipes, numerosos fieles acuden a verlo en la soledad, para encomendarse a sus oraciones o para imitar su género de vida. Tú amas al mundo y él te desprecia; lo desprecias y él te prodiga sus alabanzas. Pareciera que Dios, impaciente por recompensar a sus servidores, no puede esperar la vida futura para hacerlo.¡Cuán apurada estáis, oh bondad divina, en glorificar a vuestros santos! (San Eusebio).
III. San Benito, vencedor del mundo, lo abandona y muere en una iglesia en medio de sus religiosos, advertidos por él de la hora de su muerte. ¿Te ha sido revelado cuándo y cómo morirás? Mantente siempre preparado. Los religiosos de este santo son sus hijos y su corona. Tus hijos y tu corona son tus obras: ellas te seguirán hasta el trono de Dios, para acusarte o defenderte.
El amor de la soledad.
Orad por la Orden de San Benito.
ORACIÓN
Haced, os lo rogamos, Señor, que la intercesión de San Benito, abad, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S.

viernes, 20 de marzo de 2015

Tiempo de Pasión.

Exposición Litúrgica.

El Tiempo de Septuagésima, el de Cuaresma y el de Pasión son respectivamente una preparación remota, próxima e inmediata para las solemnidades pascuales.

Los festejos y ceremonias de la última semana, llamada Semana Mayor o Semana Santa, tuvieron su origen en la Iglesia de Jerusalén. Los cristianos seguían con el Evangelio en mano los pasos todos del Salvador, recogiendo piadosamente en el sitio mismo los preciosos recuerdos de sucesos tan solemnes. La Iglesia adoptó luego esa liturgia local en sus comienzos, y aun dispuso sus iglesias de manera que pudiesen celebrarse los Oficios de Semana Santa lo mismo que en Jerusalén.

Durante esos 15 días, y para asociar a sus hijos a su dolor la Iglesia suprime el Salmo Judica me y algunos Gloria Patri, porque no figuraban en la antigua liturgia en estos días, y sobre todo en el último Triduo de Semana Santa, ha quedado casi enteremente con su forma arcaica.

Se cubren también con oscuros velos las imágenes de los Santos. El culto a los Santos debe eclipsarse estos días ante la obra magna de la Redención; pero si se advierte que también el Crucifijo está tapado, luego se verá en este uso un vestigio de la cortina que antes se colgaba durante toda la Cuaresma entre el santuario y la nave. Y, en efecto, antiguamente los Penitentes públicos eran expulsados de la iglesia, no podían volver a entrar en ella hasta el Jueves Santo. Suprimida esta ceremonia, todos los fieles fueron asimilados más o menos a los públicos Penitentes, y sin pronunciar sobre ellos la pena de exclusión, se ocultaba a sus miradas el santuario y todo cuanto en derredor de él había, como indicando que no merecían participar en el culto eucarístico por la Comunión pascual, sino después de haber hecho dignos frutos de penitencia.

En el desnudar los altares y el callar de las campanas durante los tres días santos, quiere la Iglesia significar su tristeza al recordar la muerte de su divino Esposo.

jueves, 19 de marzo de 2015

San José.

"Nunca pedí nada a San José, sin haber sido oída"
(Santa Teresa)


Fuera de Jesús y de su Madre Santísima, ¿qué abogado hallaremos más poderoso para con Dios, que el glorioso patriarca San José? El Padre Eterno le confió su Hijo amantísimo; el Hijo de Dios lo adoptó por padre y tutor de su Humanidad sacrosanta; el Espíritu Santo le entregó su amantísima Esposa; Jesús y María Santísima, después de haberlo honrado y obedecido treinta años consecutivos asistieron a su muerte preciosa. ¡Qué motivos estos tan poderosos para profesarle una cordial devoción!.
¿Queréis, pues, almas cristianas, adelantar en la virtud y alcanzar una santa muerte? Tomad por guía en la vida y por protector en el terrible trance de la muerte. al glorioso San José. Consagradle el mes de marzo y los miércoles de cada semana, rezando aquellos días un Pater Noster, Avemaría y Gloria Patri, en honor de sus principales dolores y gozos.
*
*
San José, nos acercamos a ti con confianza a pedir tu protección.
Reconocemos en ti a un poderoso intercesor ante Dios.
Te pedimos nos ayudes a nosotros, pecadores, a obtener del Señor toda la gracia y misericordia que necesitamos para trabajar celosamente por el Reino de Dios, y servir a nuestro prójimo en todas sus necesidades.
Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor, Amén.
San Pío X

miércoles, 18 de marzo de 2015

Prefacio de la Santa Cruz.

El Tiempo de Pasión corresponde a las dos últimas semanas de Cuaresma; en este tiempo:

-Se mantienen las normas de la Cuaresma,
-Se suprime el salmo Iudica de las oraciones al pie del altar
-Se suprime el Gloria Patri del Introito
-Se suprime el Gloria Patri del salmo Lavabo.
-En las misas no se inciensa ni las imágenes de los santos, ni sus reliquias.
-Las imágenes y la cruz del altar han de estar cubiertos con velos morados.
-Se dice el Prefacio de la Santa Cruz, que es el siguiente:(1)


Vere dignum et iustum est,
aequum et salutare,
nos tibi semper et ubique gratias agere:
Domine, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus:

Qui salutem humani generis in ligno Crucis constituisti:
ut, unde mors oriebatur,
inde vita resurgeret:
et, qui in ligno vincebat,
in ligno quoque vinceretur:
per Christum Dominum nostrum.

Per quem maiestatem tuam laudant Angeli,
adorant Dominationes, tremunt Potestates,
coeli, coelorumque Virtutes,
ac beata Seraphim,
socia exsultatione concelebrant.
Cum quibus et nostras voces, ut admitti iubeas,
deprecamur, supplici conffesione dicentes:

Sanctus, sanctus, sanctus...

martes, 17 de marzo de 2015

EL TIEMPO DE PASIÓN (I).

(Preparación inmediata de la Redención)
 
1. Vista general. Llámase Tiempo de Pasión a las dos últimas semanas de Cuaresma, en las cuales el tema de los padecimientos y persecuciones del Salvador es el principal en la liturgia, mientras el de la instrucción de los catecúmenos y preparación de los penitentes públicos para su reconciliación, pasa ya a segunda línea. Es, pues, la misma Santa Cuaresma, pero más íntimamente vivida con Jesucristo, Varón de dolores, cuyas humillaciones y tormentos, a la par que excitan la compasión de los buenos cristianos, los predisponen a la compunción del corazón. Está todo él sombreado por el leño de la Cruz, ese "árbol esbelto y refulgente, ataviado con la púrpura real", como canta con aires de triunfo la Iglesia, repitiendo sin cesar, en estos días, las bellas estrofas del Vexilla Regís, de Venancio Fortunato.
En la primera de estas dos semanas, evoca la liturgia los seis últimos meses de la vida pública de Jesús, época de las grandes polémicas con los judíos y de las persecuciones, descaradas ya y agresivas, de sus enemigos. Jesús sólo se les aparece a intervalos; pues los ve tan enconados contra su persona, que tiene que huirles, para dar tiempo a que llegue su hora. Son seis meses de humillaciones y de afrentas; seis meses de verdadera Pasión, pero todavía incruenta.
Los textos litúrgicos van descubriéndonos, día tras día, nuevos aspectos de esta furibunda persecución. El domingo vemos a los judíos arrojándole piedras, el lunes, ingeniándose para prenderle; el martas, a punto de matarle; el miércoles, queriendo de nuevo apedrearle, el jueves, acechándole, en casa del fariseo Simón, mientras perdona Él a la Magdalena; el viernes, tramando ya definitivamente su muerte, y el sábado, acorralándolo de tal forma que le obligan a esconderse para no adelantar los acontecimientos.
En la segunda semana, la "Semana santa" que nosotros llamamos, o la "Semana penosa", como la denominaban los antiguos, la liturgia reproduce con los más vivos colores los últimos episodios de la vida de Jesús: los postreros destellos del Sol de Justicia, venido a alumbrar a este mundo entenebrecido por la culpa; las terribles peripecias que rodean la obra maestra de nuestra redención.
El domingo, lunes y miércoles santo son días de brillante aurora, pero de sombrío ocaso. El Divino Maestro aparece glorioso por la mañana, enseña en público, discute, triunfa; pero al anochecer, se retira a casas amigas, como para ponerse al abrigo del espíritu de las tinieblas. El jueves, después de realizar, a los postres de la Cena legal, el milagro de amor de la Eucaristía, se entrega sin reservas en manos de sus enemigos, entre quienes muere el viernes, para salvarlos a ellos y con ellos al mundo prevaricador.
 
EXTRAÍDO DE: R.P. ANDRÉS AZCÁRATE; La Flor de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed., 1951; pág.498-504

lunes, 16 de marzo de 2015

ARTÍCULO: “LA SANTA MISA TRADICIONAL LO ES TODO”

LA SANTA MISA TRADICIONAL LO ES TODO, porque TODO en ella es del TODOPODEROSO. TODO, desde el más simple y elocuente AMEN, hasta la ceremonia más sublime, es para Dios.
La Santa Misa Tradicional es Obra perfecta del Santo Espíritu de Dios, es Obra de Dios. No es obra del pobre ingenio humano, ni de la ignorante sabiduría humana, es Obra de la Sabiduría de Dios. Es la Obra Santa del Cordero Divino, del Agnus Dei. Es Su Sacrificio. Y tal Sacrificio no podía, por menos, que estar acompañado de palabras, frases y oraciones santas, de ceremonias impregnadas del santo temor de Dios. Pues sólo el temor de Dios nos sitúa en nuestro lugar, dejando al Señor el suyo. Es el temor de Dios el que nos hace ser conscientes de nuestra verdadera realidad, de nuestra “nada”, ante la realidad de DIOS TODOPODEROSO.
Esta realidad nuestra, nuestra “nada”, ante la presencia del Cordero Divino, el Padre Eterno y del Santo Espíritu, junto con la Santísima Virgen y la Corte Celestial, hace que TODO en la Santa Misa Tradicional sea para la Gloria de Dios. Sacerdote y fieles “miran” al Cordero de Dios que se inmola en el altar, “miran” al Padre Eterno y al Divino Espíritu, y a toda la Corte Celestial. Pues TODO el Cielo está pendiente de la Santa Misa Tradicional.
Somos la “nada” ante el TODO.
La Santidad de la Santa Misa Tradicional hace vivir a los fieles y ser conscientes del pecado, la mentira, la falsedad y la traición que hay en el mundo; ahuyentando al maligno, quien no soporta tanta reverencia, respeto y adoración en las ceremonias; situándoles ante la pureza, virginidad y castidad perfectísima del Altísimo, avivando en todos el deseo de vivir esa perfección.
La Santa Misa Tradicional al ser toda de Dios, es TODO de la Iglesia. Es un verdadero compendio de la Fe católica, de las verdades profesadas por la Iglesia. El primado de Pedro, la Comunión de los Santos, el dogma del Purgatorio, el Sacrificio expiatorio de Nuestro Señor, el aumento de la Gracia, la oración de intercesión…, son verdades vividas y enseñadas en la Santa Misa Tradicional. Verdades que no varían, como no varía la Santa Misa Tradicional. Característica, ésta, esencial de la Santa Misa Tradicional, que al no poderse manipular ni alterar nos da la garantía de que las verdades que contiene permanecen ante TODO.
La Santa Misa Tradicional al ser toda de Dios, es, consecuentemente, de todo lugar y de toda época. Es universal, como universal es la VERDAD que contiene: el Sacrificio de Cordero Divino.
Al situarnos ante la Santa Misa Tradicional, ante el Sacrifico del Agnus Dei, sentimos el compromiso que adquirimos, ante tal divino Sacrificio, de la fidelidad a nuestra Fe católica recibido a través de la Tradición.; laresponsabilidad, al ser testigos de la Sangre del Cordero derramada y Su Santísimo Cuerpo entregado por nuestros pecados, de defender la fe de todos los ataques contra ella; y la fortaleza de que somos revestidos, que es la fortaleza del Sagrado Corazón de Jesús, cuya obra perfectísima es el Sacrificio del Agnus Dei, perpetuado en el altar hasta el fin de los tiempos.
Porque el TODO, es el TODOPODEROSO”.
Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

sábado, 14 de marzo de 2015

Las rúbricas en la Santa Misa Tradicional.


¿Qué es la rúbrica?
Es la norma de obligado cumplimiento establecida por la autoridad de la Iglesia en el Misal Romano, a la que el sacerdote se ha de someter cumpliéndola perfectamente. Las rúbricas se traducen en las oraciones,  gestos, diferentes posturas del cuerpo…que realiza el sacerdote.
Crítica a las rúbricas.
Es muy corriente oír decir que al oficiar la Santa Misa Tradicional se cae en un excesivo “rubricismo”. Dicen unos,  que no es necesario ni tanto apego a las rúbricas ni tanto protagonismo del sacerdote. Pero quienes dicen esto no aclaran  qué forma  sería la correcta y digna para celebrar la Santa Misa, dejando al sacerdote en una “tierra de nadie”. Otros, por el contrario, se dedican a denigrar las rúbricas y  ridiculizar la forma de celebrar la Santa Misa Tradicional, sosteniendo que el someterse a la autoridad de aquellas convierte la Santa Misa en algo excesivamente formal, autómata, sin “vida”, y algo muy alejado de la verdadera “participación” de los fieles.
La verdad de las rúbricas.
Queridos hermanos, el sacerdote es consciente que está ante el  altar de Dios cuando es capaz de verse a sí mismo en su verdadera realidad: la más extrema miseria, la impotencia absoluta, el indigno por excelencia, cuando es consciente de que el Padre Eterno Todopoderoso le está mirando, esperando que sus indignas manos ofrezcan la Santa Víctima, en unión con el Santo Espíritu de Dios, y en presencia de la Santísima Virgen y toda la Corte Celestial.
Cuando el sacerdote vive esa realidad cae en la cuenta que nada, absolutamente nada, hay en él capaz de dar gloria a Dios si oficia la Santa Misa con su propio ingenio. Al sentir su impotencia ante tan gran responsabilidad, implora la ayuda de la Santa Madre Iglesia para que guie sus labios, sus manos, su cuerpo… La Iglesia, con las rúbricas, sale al encuentro del sacerdote para decirle cómo ha de dignificar el Santo Sacrificio para dar la gloria debida a la Santísima Trinidad, y, además, excitar el alma de los fieles, avivando en ellos el deseo de profundizar en el misterio de la Santa Misa.
Vivir las rúbricas.
Cuando el sacerdote entiende lo anteriormente dicho ve en las rúbrica verdadera “vida”. Cuando el sacerdote besa el altar consciente que  besa al Señor; cuando es consciente  de que cada inclinación de cabeza es para honrar el nombre de Jesús, o María, o del Santo del día; que cada genuflexión es para adorar al Santísimo Cuerpo y la Sacratísima Sangre de Nuestro Señor; que cada vez que se dirige a los fieles con la mirada al suelo es para recordarle a él, y a ellos, que es Cristo el verdadero Sacerdote que ofrece el Santo Sacrificio; que cada movimiento en el altar ha de ser pausado por la dignidad de la ceremonia; que cada inclinación profunda del cuerpo es para reforzar y acentuar la importancia de la palabra que se está pronunciando… Entonces, el sacerdote está haciendo “vida” en sí mimo lo que las rúbricas le indican que debe hacer.
A través de las rúbricas está viviendo, sintiendo, participando intensamente en la Santa Misa. Está dando, sin lugar a dudas, la mayor gloria a Dios Padre Todopoderoso. Y está alimentando al alma de los fieles, edificándoles.
No hay punto intermedio.
No hay punto intermedio entre las rúbricas  y el protagonismo del sacerdote. Sólo la rúbrica evita el protagonismo vergonzoso y, muchas veces, ofensivo, del sacerdote. Las rúbricas permiten al sacerdote poder separar su propia miseria de lo que es propio de Dios, le sitúan ante la Verdad de Dios, que es el Calvario, y permiten que el Espíritu Santo impregne al sacerdote de unción ante la realidad del Sacrificio del Cordero Divino  en el altar.
Escuela de santidad.
Las rúbricas en la Santa Misa Tradicional son escuela de santidad para el sacerdote y fieles. Lleva al sacerdote “de la mano” a la santidad de la acción que va a realizar: el Santo Sacrificio que el Cordero de Dios ofrece en unión del Espíritu Santo al Padre Eterno Todopoderoso. Pero que también se ofrece por todos sus hijos, cada uno de nosotros, por su infinito Amor, para que ninguno se pierda.
Al dejarnos guiar por las rúbricas, humildemente aceptamos nuestra miseria, y dejamos que nuestra Madre la Santa Iglesia nos guie, con la certeza absoluta que haciendo lo que ella nos dice damos toda la gloria a Dios Todopoderoso.
Padre  Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

viernes, 13 de marzo de 2015

Valiosos documentos para la Biblioteca Tridentina


Miscelánea

Un cajón de sastre en el que encontrará documentos diversos acerca de la Liturgia tradicional, del canto gregoriano, de la lengua latina...

jueves, 12 de marzo de 2015

LA POSTCOMMUNIO.

Tras la comunión la misa se concluye con la ablución de los vasos sagrados, la oración de conclusión llamada postcommunio, la bendición final y el último evangelio. El misal romano de S. Pío V prescribe de manera muy detallada el modo cómo deben recogerse las partículas y cómo han de purificarse el corporal, la patena, el ciborio y los dedos del celebrante. Con el nombre de partículas se designan los fragmentos que se desprenden de las hostias después de la consagración; lo cual sucede sobre todo en el momento de la fracción. Dichas partículas deben ser consideradas como consagradas. La presencia real de Cristo se realiza en dichas partículas en tanto que las mismas conservan las cualidades y la apariencia del pan. Es imposible determinar exactamente a partir de qué dimensión se puede y se debe considerar una partícula como especie sacramental, por eso en la práctica hay que poner gran cuidado en no dejar caer ni perderse ninguna de dichas partículas, incluso las más pequeñas pues, como acabamos de decir, no puede determinarse con certeza a partir de qué dimensión una partícula deja de ser objeto de la presencia real. El misal de Pablo VI ha simplificado las prescripciones del misal anterior, conservando sólo lo esencial. Es de lamentar que con frecuencia la simplificación haya degenerado en negligencia. La autoridad eclesiástica no ha cesado de recordar a los fieles el respeto y la veneración debidos a las partículas consagradas. (Por ejemplo declaración de la sagrada congregación para la doctrina de la fe, 2 de mayo 1972). Terminadas las abluciones y vueltos a cubrir los vasos sagrados el celebrante abandona el medio del altar, pues la acción sacrificial ha terminado. Puesto en el lado de la epístola entona una oración conclusiva. Vuelve de nuevo al medio del altar desde donde una vez que el diácono (o él mismo) anuncia el final de la misa imparte a los fieles la bendición. Acto seguido se traslada al lado del evangelio donde recita, como oración de acción de gracias, el prólogo del evangelio de san Juan. 
* * * * * * 
La falta de tiempo nos impide prolongar nuestra “visita” y contemplar con más detalle éstas últimas estancias, tan ricas y antiguas cómo las precedentes. Hoy solo podíamos efectuar una visita de turistas, un poco apresurada. Espero, sin embargo que haya servido para descubrir o para recordar la belleza y el valor de éste monumento espiritual y cultural que es la forma tradicional de la misa romana. 
Con el motu proprio Summorum Pontificum Benedicto XVI ofrece a la Iglesia de mañana la posibilidad de aprovechar las riquezas de su pasado litúrgico. En medio del materialismo ambiente la liturgia tradicional aporta el sentido de lo sagrado. De cara al subjetivismo y al egocentrismo, la actitud de adoración. Frente a un naturalismo y un racionalismo que reduce y cierra los horizontes de la humanidad, la liturgia inmemorial abre las puertas a la trascendencia. 
No puedo terminar sin expresar mi agradecimiento a la asociación “Una Voce Sevilla”, que aporta con su labor una contribución valiosa al renacimiento litúrgico auspiciado por Benedicto XVI. 
Rvdo. P. D. José Calvín Torralbo (FSSP)

miércoles, 11 de marzo de 2015

"LA COMUNION".

El tercer elemento del sacrificio eucarístico es la participación a la víctima inmolada: la comunión. Una vez concluido el canon, comienza la preparación a la comunión con la recitación del Pater noster.
Según la forma extraordinaria el Pater ha de ser cantado (o recitado) solamente por el sacerdote. Esta práctica suele sorprender a los que no tienen costumbre de frecuentar el rito antiquior, pues en la forma ordinaria la recitación es común del sacerdote con los fieles.
Hemos de explicar que la reserva del padrenuestro al sacerdote es un uso antiquísimo y característico del rito romano. San Gregorio Magno en una de sus cartas explica que una de las diferencias entre el rito romano y los ritos orientales es que en Roma el pater es recitado solamente por el sacerdote (18). Existe también un testimonio más antiguo, de san Agustín (19).
Después del padrenuestro la hostia consagrada que hasta entonces estaba directamente sobre los corporales, se coloca sobre la patena dando así a entender que se acerca el momento del sagrado convite.
En la forma extraordinaria la comunión del sacerdote se produce antes y separadamente de la de los fieles. La explicación de ello se encuentra en el hecho que la primera es parte integrante del sacrificio: no puede haber misa completa si el celebrante no comulga de las especies que consagró. En cambio la comunión sacramental de los fieles aunque es muy deseable y recomendable no forma parte de la integridad de la misa.
Pero sin duda el elemento que más destaca en el modo de comulgar según la forma extraordinaria es el hecho de que los fieles reciban la comunión arrodillados y en los labios. Sin embargo, como para el latín o la orientación del altar, no es éste un elemento exclusivo del rito extraordinario. En la forma ordinaria también se contempla la comunión de rodillas y en la boca, que debería ser en teoría la regla general. Lo que ocurre es que la comunión en pié y en las manos se ha impuesto rápidamente como la norma en todas partes. El papa Benedicto XVI ha vuelto a introducir en las misas papales la manera tradicional de comulgar con la intención de recordar a todos que ésta sigue siendo la mejor manera para un católico de recibir la sagrada comunión.
*
La comunión de rodillas y en los labios.*
En el Evangelio Cristo amonesta a sus discípulos a unir la candidez de las palomas con la astucia de la serpiente. Así pues no pequemos de ingenuidad en un tema tan importante que toca el corazón del cristianismo: la eucaristía.
La comunión en la mano es una reivindicación del protestantismo. Invocando un uso primitivo caído en desuso desde hacía siglos, los “reformadores” impusieran en sus iglesias la comunión en la mano. En dicha práctica veían un medio de combatir las expresiones de veneración hacia el santísimo sacramento, juzgadas supersticiosas. Como ejemplo, he aquí un fragmento de una carta de Bucero, dirigida a la jerarquía anglicana:
“No me cabe duda de que el uso de no dar a los fieles este sacramento en las manos ha sido introducido en razón de una doble superstición: en primer lugar en razón del falso honor que se desea manifestar a este sacramento y en segundo lugar, en razón de la arrogancia perversa de los sacerdotes que pretenden tener una mayor santidad que el resto del pueblo de Cristo, en virtud del óleo de la consagración sacerdotal (…) Se puede permitir sin embargo que, durante un cierto tiempo y para aquellos cuya fe es débil, el sacramento les sea dado en la boca si así lo desean, ya que con tal que reciban una enseñanza apropiada, dichos fieles no tardarán en conformarse con el resto de la comunidad y recibirán el sacramento en la mano”.
Doble objeción a la comunión en los labios: por un lado ella afirma la creencia de que existe una diferencia esencial entre el pan y el vino consagrados y el pan y el vino ordinarios. Por otro lado, ella perpetua la creencia de que entre un sacerdote y un laico existe una diferencia esencial. Su solución consiste en dejar facultativa, durante un primer tiempo, la comunión en la mano, pero dicha opción deberá ir acompañada por una gran campaña de propaganda destinada a convencer rápidamente los fieles.
Es evidente que los alimentos de un cierto valor no se comen jamás con las manos. Lo único que se come con las manos es el pan ordinario y corriente. Ahora bien, en la sagrada forma después de la consagración no queda nada del pan ordinario y corriente (salvo las apariencias o accidentes). Lo que recibimos en la sagrada comunión no es un trozo de pan corriente, sino el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, oculto bajo las apariencias del pan.
Por eso es muy conveniente que la manera de tratar y de consumir la santa Eucaristía sea diferente de la que empleamos para comer un simple trozo de pan. De este modo expresamos de manera explícita al mismo tiempo que robustecemos nuestra fe en la presencia real y se evitan confusiones y equívocos.
No se trata de que la lengua sea mas digna o menos que las manos o los pies. Se trata de poner de manifiesto que la santa Eucaristía no es un trozo de pan.
Es de señalar que tanto en oriente como en occidente el uso de dar a los fieles la comunión en la mano desapareció sin dejar trazas desde una época muy temprana. En la iglesia cismática ortodoxa la comunión en las manos sigue estando completamente prohibida. En la iglesia católica se ha introducido muy recientemente el uso facultativo de recibir la sagrada forma en las manos. ¿Una tal práctica está contribuyendo en nuestros días a rodear la Santa Eucaristía del respeto y del fervor que les son debidos? ¿Es que un cuidado y una atención particular son observados, sobre todo en lo que concierne a las partículas?… Todo aquel que pueda y quiera mirar la realidad de las cosas sabrá cómo responder a éstas preguntas. Bástenos citar el testimonio del cardenal Hume, arzobispo de Westminster durante una conferencia pronunciada ante la “Washington theological union” el 25 de junio de 1999:
“Por mi parte, quisiera compartir con muchos otros una inquietud concerniente la fe de nuestro pueblo en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. La comunión en la mano, el desplazamiento del sagrario del centro del altar, la ausencia de genuflexiones, según mi experiencia, han debilitado el respeto y la devoción debidos a tan grande sacramento”(20).
Arrodillarse es un modo concreto de rendir a Jesucristo, presente en la hostia consagrada, un acto exterior de adoración antes de recibirlo en la santa comunión. Postración, genuflexión, inclinación… son maneras de expresar con nuestro cuerpo los sentimientos de adoración de nuestra alma.
En los evangelios encontraremos múltiples pasajes en los que aquellos que reconocen la divinidad de Jesucristo, de manera casi “automática” se prosternan a sus pies. Por ejemplo, los Magos de Oriente, el centurión, etc. Cristo mismo, para darnos ejemplo, cuando oraba lo hacía Prosternándose en tierra.
18 Epistola IX, 12. Patrologia latina 77, 957
19 Serm. 58, 10, 12 Patrologia latina 38, 399 : « ad altare Dei quotidie dicitur ista dominica oratio et audiuntillam fideles ».
20 Se sabe que el Papa Juan Pablo II era personalmente, opuesto a la comunión en la mano. He aquí sus declaraciones a la revista alemana Die Stimme des Glaubens durante su viaje apostólico a Fulda, en 1980: “Una carta apostólica que prevé que para ello hace falta una autorización especial ha sido escrita. Pero he de decirle que yo no estoy en favor de dicha práctica y tampoco la recomiendo. La autorización ha sido dada en razón de la insistencia particular de algunos obispos diocesanos”.
Rvdo. P. D. José Calvín Torralbo (FSSP)

martes, 10 de marzo de 2015

"MISA DE LOS FIELES".

Una vez terminadas las lecturas (y el Credo si lo hubiere) dejamos atrás la misa de los catecúmenos
Durante los primeros siglos, cuando el catecumenado estaba en vigor, llegados a éste momento se despedía a los catecúmenos y en general a todos los no bautizados que habían podido asistir a la primera parte de la misa. La razón de esto hay que ponerla en el principio de que no se debía exponer el sancta sanctorum a los ojos y oídos indiscretos de cualquiera.
En ésta parte de la misa va a consumarse el sacrificio eucarístico, el cual como todo sacrificio se compone de tres momentos principales: la ofrenda de la víctima, su inmolación sobre el altar y la participación al sacrificio por medio de la comunión.
*
I. EL OFERTORIO.

Como su nombre indica el ofertorio consiste en la ofrenda de la víctima.
Durante los primeros siglos el ofertorio consistía solamente en el gesto de ofrenda de la hostia y del cáliz. Se trataba de un rito minuciosamente reglamentado pero “mudo”.
Más tarde, durante la época carolingia, el desarrollo de la liturgia comporta que diversos ritos que hasta entonces se limitaban al gesto fuesen acompañados por oraciones que expliquen su significado.
Es entonces cuando se elaboran las oraciones de nuestro ofertorio. En ellas se expresa mediante palabras el sentido del gesto de ofrecer la hostia y el cáliz antes de su consagración. De hecho, una vez que las liturgias alcanzan un cierto grado de madurez ya no basta para empezar con la plegaria eucarística que las materias de pan y vino se hallen presentes en debida cantidad y calidad; es preciso que se coloquen con las ceremonias y oraciones correspondientes encima del altar, con lo cual entran ya en el movimiento oblativo que culminará en la consagración. Por eso lo que se ofrece a Dios no es el pan y el vino en si mismos, sino el cuerpo y la sangre de Cristo que dentro de poco se harán presentes sobre el altar bajo las apariencias de pan y vino.
La oración de ofrenda de la hostia Suscipe, sancte Pater es de origen galicano. El testimonio escrito mas antiguo que conservamos de ella data del año 877 (11).
La fórmula de ofrenda del cáliz Offerimus tibi Domine aparece escrita por vez primera en un sacramentario conservado en el monasterio de San Galo (Suiza) y que data de los siglos IX – X.
Estas oraciones las pronuncia el sacerdote en voz baja por tratarse de oraciones privadas nacidas (como ya hemos explicado) de la necesidad de acompañar los gestos con fórmulas que expliciten su significado (12).
Los autores de la reforma del misal en tiempos de Pablo VI no supieron apreciar el sentido y el valor de estas oraciones. Al debilitar el vínculo profundo entre ofertorio y consagración ya no vieron lógico llamar al pan Hostiam inmaculatam ni al vino Calicem salutaris.
Así que para reemplazar las oraciones del rito romano los reformadores buscaron otras en los demás ritos cristianos (tanto orientales como occidentales). Pero tuvieron que constatar que todas las tradiciones litúrgicas cristianas o no tenían oraciones de ofertorio (sólo el gesto mudo) o si las tenían su contenido era análogo al de las que querían cambiar.
Lo que hicieron entonces fue copiar unas oraciones judías para bendecir la comida. Esas son las oraciones del ofertorio en la forma ordinaria. En ellas se dan gracias a Dios por el pan y por el vino que es lo que se presenta a Dios.
Sin ánimo de polémica, creo que es muy de lamentar que se haya ignorado toda la tradición cristiana para reemplazarla por unas fórmulas judaicas en las que no aparece ninguna referencia a Cristo.
Durante el ofertorio tiene lugar un numeroso conjunto de ceremonias (incensaciones, bendición e imposición del agua, lavatorio de manos, signos de cruz, etc.) Faltos de tiempo no podemos detenernos en cada una de ellas. Vamos a considerar tan sólo uno de dichos ritos, que es propio de la forma extraordinaria. El celebrante, una vez ofrecida la hostia, la deposita directamente sobre los corporales. La patena no volverá a servir hasta la fracción y comunión. Este rito pone de manifiesto de forma simbólica la diferencia entre inmolación y comunión. El sacrificio (es decir, la consagración) se realiza directamente sobre el ara. Más tarde, cuando llega el momento de participar a la carne de la víctima inmolada se la coloca sobre la bandeja, es decir, la patena.

II. LA PLEGARIA EUCARISTICA O CANON ROMANO.

Todas las liturgias de la misa contienen un momento central durante el cual se realiza el misterio de la eucaristía. Se trata de la oración o conjunto de oraciones durante las cuales tiene lugar la consagración del pan y del vino, transformándolos en el cuerpo y sangre de Jesucristo.
A esta plegaria eucarística los orientales la llaman anáfora. Los ritos orientales poseen múltiples anáforas que cambian según los tiempos litúrgicos. En cambio el rito romano se ha caracterizado por tener una sola plegaria eucarística invariable durante todo el año y que suele llamarse Canon, es decir: regla.
El Canon va precedido por el canto del Prefacio, el cual si es variable y cambia según las fiestas y los periodos del año. Al prefacio sucede el canto del Sanctus, himno majestuoso que proclama la santidad y la gloria de Dios uno y trino. Una vez apagadas las últimas melodías del Sanctus reina un silencio sagrado y el celebrante se presenta solo ante Dios.

El silencio durante el Canon.

Uno de los ritos que más suelen sorprender a los que descubren el usus antiquior de la misa es el silencio con que se rodea la plegaria eucarística. Hasta aquí los asistentes a la misa habían tomado parte en las oraciones y ceremonias mezclando sus voces con las del celebrante. Ahora, tras los tres toques de campanilla que acompañan el Sanctus, el sacerdote se avanza solo y entra en el sancta sanctorum.
En el Templo de Jerusalén había un lugar especialmente sagrado, el santuario, que a su vez se hallaba compuesto de dos estancias. La primera llamada el “Santo” donde mañana y tarde entraba el sacerdote que estuviese de turno para renovar el fuego del altar y quemar en él aceite perfumado e incienso, mientras que el pueblo, convocado a son de trompeta, oraba en el atrio (13). La segunda estancia, más sagrada aún, era llamada el “santísimo” o el “santo de los santos”. Separada de la anterior por un velo o cortina, una sola vez al año entraba en ella el sumo sacerdote solo para ofrecer la sangre de la víctima inmolada (14).
Ahora, en la Nueva Alianza, también se avanza el sacerdote y se presenta solo ante Dios para ofrecerle el sacrificio. El Canon de la misa o plegaria eucarística es el santuario en el que solo el sacerdote puede penetrar.
He aquí el significado simbólico de éste silencio. El sacerdote pronuncia en voz baja la oración consecratoria porque la santidad de este recinto sagrado, inaccesible para el pueblo, exige que en él reine un silencio absoluto. En el silencio debe el hombre acercarse a Dios.
Las liturgias orientales expresan ésta segregación de manera aún más dramática, mediante el uso del “iconostasio”. Se trata de un tabique que se alza entre el altar y la nave, más o menos a la altura donde en nuestras iglesias se sitúa el comulgatorio. El iconostasio tiene una o tres puertas a través de las cuales los fieles pueden ver el altar. Pero llegado el momento de la consagración las puertas se cierran, arrebatando a la vista de los fieles el altar y el sacerdote. Las puertas no volverán a abrirse hasta que la plegaria eucarística no haya terminado, antes de la comunión (15).
El silencio del canon cumple en la liturgia romana la misma función que el iconostasio en oriente: pone de manifiesto la sacralidad del momento y subraya la diferencia esencial entre sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial (16).

Los gestos y ceremonias durante el Canon de la Misa.

El valor sacrificial de la Misa queda precisado y explicitado por una serie de ritos secundarios pero sin embargo indispensables: signos de cruz, inclinaciones, genuflexiones, etc. Todo ello pone de manifiesto que al pronunciar la plegaria eucarística el sacerdote no está realizando una simple lectura en la que rememora un hecho histórico del pasado, es decir la santa cena. Pronunciando la plegaria eucarística el sacerdote está realizando no una lectura sino una acción, es decir: un sacrificio. Con sus palabras el celebrante actualiza y hace presente de manera eficaz el sacrificio de Cristo (17).
Entre todos esos gestos sobresale la elevación de las especies consagradas. Precedida y seguida de la genuflexión del celebrante, acompañada del sonido de las campanillas y de la incensación si el rito es solemne, éste gesto de introducción relativamente tardía señala el momento culminante de la acción sagrada: Dios se hace realmente presente sobre el altar.
(11) Libro de oraciones de Carlos el calvo.
(12) Esta explicación es válida también para muchas otras oraciones que el celebrante pronuncia en voz baja, por ejemplo: al subir al altar, al lavarse las manos, mientras inciensa, etc. En cambio, el silencio durante el Canon o plegaria eucarística tiene una explicación diferente como explicamos mas adelante.
(13) Lucas 1, 8-11
(14) Hebreos 9, 1-7
(15) El iconostasio será más o menos opaco según los lugares, o el estilo artístico o por otros motivos. El símbolo es siempre el mismo: la segregación o separación en la cual consiste toda sacralidad.
(16) Por eso el rechazo de ésta práctica puede reposar sobre una concepción herética de la eucaristía o del sacerdocio. Esto lo vieron claro los padres del concilio de Trento que en la sesión XXII sobre el sacrificio de la misa promulgaron el siguiente canon dogmático: “Si alguno dijere que el rito de la Iglesia Romana por el que parte del canon y las palabras de la consagración se pronuncien en voz baja, debe ser condenado, sea anatema” (conc. Trento, sess XXII, can. 9).(17) Cf. A.M. Rouguet, « La somme théologique. Les sacrements », éd. la revue des jeunes, Paris 1946, pag. 376.
Rvdo. P. D. José Calvín Torralbo (FSSP)