viernes, 24 de octubre de 2014

San Rafael, arcángel.

Patrono de los médicos; farmacéuticos; enfermeros; personas ciegas y con problemas visuales; personas con problemas mentales; enfermos; jóvenes; amor; parejas; viajeros; pastores. Protector contra las enfermedades, en especial de la vista; problemas mentales; pesadillas.
SAN RAFAEL, Arcángel
Porque yo soy el Ángel Rafael,
uno de los siete que asistimos ante el Señor.
(Tobías 7, 15)
San Rafael es uno de los siete espíritus que están siempre delante de Dios, y le ofrecen el incienso de su oración y de la de los hombres.“Cuando tú orabas –dijo San Rafael a Tobías– con lágrimas, y enterrabas los muertos, y te levantabas de la mesa a media comida, y escondías de día los muertos en tu casa, y los enterrabas de noche, yo presentaba tu oración al Señor. Y por lo mismo que eras acepto a Dios, fue preciso que la tentación te probase”.
Tobías quedóse ciego; pero “la pérdida de la vista –dice San Agustín–, fue ocasión de que el venerable anciano recibiese la visita de un médico celestial”. San Rafael, cuyo nombre significa“Medicina de Dios”, fue enviado por Dios, como el ángel agitador del agua de la piscina probática, para curar a Tobías. Indicó al joven Tobías el remedio a propósito para devolver la vista a su padre, le buscó una esposa y ahuyentó al demonio.
“Alabemos con muestras de veneración a todos los príncipes de la corte celestial, y en especial al Arcángel Rafael, médico y compañero fiel, vencedor del demonio. ¡Oh, Cristo, Rey bondadosísimo! Haz que, con tal guarda, el enemigo no nos cause daño alguno”.
“Que el Arcángel Rafael, médico de nuestra salvación, nos asista desde el cielo, a fin de que sane nuestras dolencias, y guíe nuestros pasos vacilantes a la verdadera vida”.
ORACIÓN A SAN RAFAEL ARCÁNGEL
Gloriosísimo príncipe San Rafael, antorcha dulcísima de los palacios eternos, caudillo de los ejércitos del Todopoderoso, emisario de la Divinidad, órgano de sus providencias, ejecutor de sus ordenes, secretario de sus arcanos, recurso universal de todos los hijos de Adán, amigo de tus devotos, compañero de los caminantes, maestro de la virtud, protector de la castidad, socorro de los afligidos, médico de los enfermos, auxilio de los perseguidos, azote de los demonios, tesoro riquísimo de los caudales de Dios. Tú eres Ángel Santo, uno de aquellos siete nobilísimos espíritus que rodean al Trono del Altísimo.
Confiados en el grande amor que has manifestado a los hombres, te suplicamos humildes nos defiendas de las asechanzas y tentaciones del demonio en todos los pasos y estaciones de nuestra vida, que alejes de nosotros los peligros del alma y del cuerpo poniendo freno a nuestras pasiones delincuentes y a los enemigos que nos tiranizan, que derribes en todas partes, y principalmente en el mundo católico, el cruel monstruo de las herejías y la incredulidad que intenta devorarnos.
Te pedimos también, con todo el fervor de nuestro espíritu, hagas se dilate y extienda más el Santo Evangelio, con la práctica de la moral. Que asistas al Romano Pontífice y a los demás pastores, y concedas unidad en la verdad a las autoridades y magistrados cristianos.
Por último te suplicamos nos alcances del Trono de Dios, a Quien tan inmediato asistes, el inestimable don de la gracia, para que por medio de ella seamos un día vuestros perpetuos compañeros en la gloria. Amén.
ORACIÓN
Oh Dios, que diste a tu siervo Tobías al santo Arcángel Rafael por compañero en el camino, concede a tus siervos que seamos siempre protegidos por el cuidado del mismo, y esforzados con su auxilio. Por J. C. N. S.

miércoles, 22 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capítulo 5º: Las lecturas Parte 3ª: El Evangelio.

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
Con la lectura del evangelio, la llamada Liturgia de la Palabra llega a su punto culminante. Su situación al final de las otras lecturas subraya el sitio de honor que le está reservado. El aprecio de la lectura de la Buena Noticia se expresaba en los antiguos manuscritos con la escritura de su texto en letras mayores y más arcaicas, sobre más finos y dorados pergaminos así como con tapas de marfil, plata u oro puro en el evangeliario, libro este que era el único que podía descansar sobre el altar, lugar del sacrificio y trono del Santísimo Sacramento.
Su carácter especial y superior hizo que su lectura no se confiara desde el principio a un simple lector, sino al diácono, quien para ello, a partir del siglo VIII, se quitaba la planeta y enrollada se la ponía a modo de banda sobre el hombro izquierdo. De aquí después el uso diaconal de la estola atravesada sobre el pecho y espalda. En algunas liturgias antiguas y en ciertas ocasiones leía el evangelio el mismo obispo o celebrante. Leer el evangelio en la misa del Gallo era en la baja Edad Media privilegio de los emperadores.
Por la misma razón se distinguía ya en el solemne culto estacional su lectura mediante una serie de ceremonias. En primer lugar llevaba un diácono el evangeliario al altar para depositarlo encima del mismo. Luego otro diácono, después de pedir la bendición al Papa, cogía el evangeliario, y acompañado de dos acólitos con candelabros y dos subdiáconos de los que uno llevaba un incensario, se trasladaba procesionalmente al sitio donde había que cantar el evangelio. En la antigua liturgia galicana (no confundir con la liturgia galicanista de los siglos XVII-XVIII y parte del XIX) esta procesión era aún más solemne, cantándose durante la misma el trisagion. En la Edad Media este cortejo era precedido por un subdiácono o acólito con cruz alzada, y el evangeliario no lo cogía directamente con las manos, ni siquiera con la planeta como los demás objetos sagrados, sino que lo llevaban sobre un cojín. A estas muestras de respeto al evangeliario obedecía en la misa privada la prescripción de que el mismo celebrante trasladase el misal de un lado al otro.
Un síntoma o modo de expresar el respeto al evangelio es también la ceremonia de pedir el diácono la bendición. El celebrante le daba la bendición con las palabras “Dominus sit in corde tuo et in labiis tuis ut nunties competenter Evangelium suum” (El Señor esté en tu corazón y en tus labios para que competentemente anuncies su Evangelio). A partir del siglo XI el diácono se preparaba para esta bendición mediante la oración “Munda cor meum ac labia mea” (Limpia mi corazón y mis labios). En las misas privadas el celebrante solía rezar “Dominus sit in ore meo” (El Señor esté en mi boca) con el versículo 17 del salmo 50. Por el Ordo Missae de Juan Burcardo compuesto el año 1502, pasaron también a la misa privada el “Munda cor meum”, la petición de la bendición “Jube Domine benedicere” (Dígnate Señor, bendecir) y la bendición misma “Dominus sit in ore meo”.
Las aclamaciones, las incensaciones, el santiguarse y el ósculo.
Las muestras de veneración con que se rodeaba el evangeliario hicieron que el pueblo quisiera tomar parte en el homenaje. No contento con responder “Et cum spiritu tuo” al “Dominus vobiscum” del diácono, empezó a intervenir otra vez después de indicar el diácono el nombre del evangelista A partir del Imperio Carolíngio (siglo IX) encontramos por primera vez el “Gloria tibi Domine” (Gloria a Ti, Señor) que recuerda por ser una aclamación propia de un cortejo triunfal, la antigua procesión solemne. Al final de la lectura encontramos aún otra aclamación parecida, el “Laus tibi, Christe” (Alabanza a Ti, ¡oh Cristo!)
Pero no contentos con las aclamaciones expresaban su reverencia también durante la lectura misma del evangelio, poniéndose de pie; costumbre común a todos los ritos desde el siglo IV. Para hablar con precisión deberíamos decir que “se incorporaban”: miraban hacia el evangeliario, los príncipes se quitaban sus coronas y los caballeros las capas y guantes.
Este afán del pueblo de intervenir en el evangelio no se limitaba a expresiones de reverencia. Querían además participar de las bendiciones que emanaban de la palabra de Dios y por ello durante el periodo carolingio, después de incensar el evangeliario se llevaban uno o dos incensarios por toda la iglesia para que las nubes de incienso que habían envuelto el libro sagrado santificasen a todo el pueblo.
Otra ceremonia para atraer las bendiciones de la palabra divina la tenemos en la costumbre de santiguarse al principio de la lectura del evangelio (y durante algún tiempo al final). Los padres de la Iglesia lo interpretan ya como un sello con que se cierra el corazón para que el diablo no pueda quitar de allí la semilla de la palabra de Dios. Más tarde del santiguarse se pasó al persignarse simbolizando que lo que se acaba de escuchar se recuerde, se repita y se lleve en el corazón (frente, boca y pecho).
Señal de veneración, a la vez que expresión del deseo de santificación que emana de la palabra de Dios, es el beso del evangeliario, que en la Alta Edad Media era una ceremonia a la que se admitía también a los fieles. Iba unida a la otra de llevar los incensarios por toda la iglesia. Pronto, sin embargo, al crecer las asambleas litúrgicas (o todos o ninguno) quedó limitada al clero y a las autoridades civiles y finalmente (o todos o ninguno) únicamente al celebrante o al diácono que lo lee y al celebrante o prelado que preside o asiste.
La costumbre del cambio del misal de un lado a otro del altar para proceder a la lectura del evangelio en las misas rezadas o cantadas es como un calco de gestos de la misa solemne que siempre dio la pauta. A pesar de ello no podía quedar este gesto sin su explicación alegórica. Según un autor del siglo XII el traslado del misal significa que la predicación del evangelio pasó de los judíos a los paganos.

martes, 21 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capítulo 5º: Las lecturas. Parte 2ª: La salmodia, el verso aleluyático y el tracto o aclamación al evangelio

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
Los cantos que hasta ahora hemos conocido deben todos su origen o a la necesidad de llenar pausas originadas por las procesiones (como el de entrada o introito) o son aclamaciones puestas en música posteriormente (como los kyries o el Gloria). En cambio, en el gradual o salmo responsorial y el verso aleluyático, nos encontramos por vez primera con auténticos cantos, que como tales se introdujeron desde el principio en la liturgia para expresar en forma poética los sentimientos de admiración y agradecimiento por la doctrina recibida en las lecturas. En estos cantos intermedios tenemos pues, los genuinos y más antiguos cantos litúrgicos. Prescindiendo de las misas feriales, nos encontramos hoy dos cantos antes del evangelio: el gradual o salmodia y el verso aleluyático o en sustitución suyo, el tracto o aclamación al evangelio. En principio el gradual o salmo seguiría a la primera lectura y el verso aleluyático a la epístola. Cuando únicamente hay una lectura, permanece la salmodia y el verso aleluyático uno detrás del otro, como permaneció durante el periodo en el que en las misas festivas y dominicales sólo quedó la lectura de la epístola y el evangelio (hasta el Novus Ordo de Pablo VI). Lo cual no impide que actualmente se considere el verso del aleluya más bien como anuncio del evangelio.
Salmodia responsorial
Estos cantos deben su origen a la salmodia. No sólo están tomados de los salmos, sino que la misma razón de ser de estos cantos es la salmodia, como elemento básico de la función religiosa. Como elemento que representa la parte afectiva del culto, respuesta del corazón humano a la llamada de la gracia durante las lecturas, su ejecución correspondía, naturalmente a todo el pueblo. El hecho de que muchos no sabían de memoria todos los salmos ni sus melodías, era ciertamente un obstáculo para el canto común. Los mismos salmos ofrecían la solución: había en algunos de ellos ciertas palabras o frases cortas que podía servir de estribillo a la asamblea, de modo que esta no debía cantar el salmo entero sino sólo el estribillo. El resto del salmo lo cantaba un cantor. Los santos Hipólito, Anastasio, Agustín, San Juan Crisóstomo y León mencionan este modo de cantar los salmos.
Cuando más tarde, con la libertad de la Iglesia, aumentó el esplendor del culto público, las formas artísticas reemplazaron cada vez más este canto sencillo. En Oriente la poesía convirtió el estribillo en verdaderas estrofas, el llamado “heirmos”, mientras que en Occidente las melodías cada vez más ricas y su ejecución artística ya no permitían la respuesta del pueblo. Fue entonces cuando se crearon las “schola cantorum”: grupo de cantores profesionales. Consecuencia de este enriquecimiento del canto es que se invertía mucho tiempo en el canto melismático de cada frase y aún de cada palabra, y esto llevó consigo la supresión de la mayor parte del salmo, puesto que de esta manera no era posible cantar el salmo entero.
Durante su interpretación no se hacía ceremonia alguna sino que todo el pueblo estaba pendiente de este canto, que en el desarrollo de las ceremonias era como un momento de descanso para dar expresión a los sentimientos de júbilo y gratitud por los beneficios divinos.
Al principio eran los diáconos los encargados de este canto, pero para evitar que en la provisión de las diaconías romanas influyera de modo decisivo el poseer una voz hermosa, el papa San Gregorio prohibió que en adelante lo cantasen los diáconos. En consecuencia, lo vinieron ejecutando los subdiáconos, hasta que por fin no se exigía ninguna de las órdenes y se dejó sencillamente a los cantores.
También el desarrollo en el lugar de ejecución de los mismos, refleja claramente el cambio que, al correr de los siglos, se obró en el aprecio de los mencionados cantos. Al principio el lugar era sencillamente el presbiterio, y algo más tarde, el ambón, el sitio donde se cantaban los dos, salmo y aleluya. En la liturgia francorromana ya no se permitía al subdiácono subir a lo alto del ambón, sino que los debía ejecutar en una de sus gradas. De allí le vino al salmo el nombre de gradual. Más tarde cuando se dejaba el canto a la schola, ni siquiera subían a las gradas del ambón, sino que cantaban en el mismo sitio en que estaba el coro de los cantores, o al lado del presbiterio o en la tribuna en el fondo de la nave.
Hasta la promulgación del Novus Ordo de Pablo VI apenas se advertía el primitivo carácter responsorial de estos cantos, especialmente en el gradual, que quedó reducido a un solo versículo, incluso suprimiendo al principio la indicación de versículo responsorial (marcado por la letra V/), es decir, del estribillo, al que solía seguir inmediatamente la repetición del mismo. La reforma litúrgica de San Pío X propició en 1908 la edición nueva del Graduale Romanum en la que se volvió a establecer la repetición del versículo responsorial. Durante muchos siglos, pues, se suprimió esta repetición y para evitar un final pobre, entraba todo el coro a las palabras finales del versículo del salmo que de suyo debía cantarlo solo el solista.
Con la reforma litúrgica postconciliar debía recuperarse el ritmo primitivo y responsorial de los salmos interleccionales aunque lastimosamente contemplamos como fácilmente el salmo es sustituido fácilmente por cualquier canto y en muy pocos sitios se ha reinstaurado la figura del salmista: el laico que lee la primera lectura, después del “Deo gratias” permanece en el ambón, sugiere la respuesta al salmo que raramente es cantada ni por él ni por la asamblea: lo máximo a lo que se llega es a una repetición más o menos entusiasta del estribillo. ¿Dónde resurgió y se restauró la figura del salmista, como era de esperar según lo auspiciado?
En el aleluya, en cambio, por ser más corto el estribillo, se ha conservado mejor su forma antigua. Primeramente el solista entona aleluya, lo cual corresponde a la indicación del estribillo. A continuación lo repite todo el pueblo o el coro. Vuelve el solista a cantar el versículo que representa el salmo, el coro responde con otro aleluya. Aunque en la actualidad por no haberse cultivado suficientemente, muchos leen el versículo después del canto del aleluya, cosa del todo inapropiada. O se canta o se reza todo leyéndolo.
En las misas en las que no se puede cantar el aleluya (Cuaresma) tenemos una aclamación que es la forma más antigua del gradual o salmo responsorial pero en el que sin embargo no se contesta aleluya. Es un canto que aún a pesar de la sencillez con la que se canta no debe expresar sentimientos de tristeza. Durante muchos siglos se llamó “tracto” (como siguió llamándose hasta el Misal de 1962) que es la traducción verbal de la palabra griega “heirmos”, que significa “trozo” (“trecho”) por ser una sencilla melodía típica que se repetía varias veces en el canto. En la tercera edición típica del Missale Romanum postconciliar aparece siempre unida al versículo sálmico la aclamación “¡Honor y gloria a Ti, Señor Jesús!” durante la Cuaresma.
La secuencia
No quiero acabar este capítulo dedicado a los cantos interleccionales sin hablar aún de otro elemento de ambientación emocional: la secuencia. Debe su origen a los ricos melismas con que se cantaba la ultima “a” del aleluya, llamada “jubilus”. Los pueblos del norte de Europa, a los que no les gustaba el canto melismático, empezaron a sostener la melodía de los melismas del aleluya con textos poéticos de modo que a cada nota correspondiera una sílaba. Es la misma evolución de la que hablé al explicar los “tropos” en los kyries. El nombre de secuencia se aplicaba en un principio a la misma melodía: era sinónimo de melisma. Pero de ahí pasó al texto independiente con que se llenó la melodía y que acabó cantándose después del aleluya, independizándose de la melodía del “jubilus”. Llegaron a tener una importancia enorme. Se han coleccionado más de cinco mil. Pero al penetrar en Italia, no prosperaron y en el Misal de San Pío V quedaron todas suprimidas menos cuatro: el “Victimae Paschali” compuesto hacía el siglo IX (durante la octava pascual), el “Veni Sante Spiritus” compuesto en 1228 por el arzobispo de Canterbury (en Pentecostés), el “Lauda Sion”, compuesto por Santo Tomás de Aquino en 1263 para la fiesta de Corpus Christi y el “Dies Irae” para las misas de difuntos y que es de autor desconocido. El “Stabat Mater” igualmente de autor desconocido no entró en el Misal hasta el año 1727 cuando Benedicto XIII extendió la fiesta de los Siete Dolores de María a toda la Iglesia. En el Misal de Pablo VI solo subsistieron tres de estas secuencias: la de Pascua y la de Pentecostés, así como la del 15 de septiembre, fiesta de Nª Sª de los Dolores, pero esta de manera potestativa (ad libitum). La supervivencia del “Dies Irae” como canto litúrgico ha quedado reducida a un himno más y parcialmente recortado para la Liturgia de las Horas de las últimas semanas del Tiempo Ordinario. La secuencia “Lauda Sion” quizá la más bella de las composiciones para la fiesta de Corpus Christi, compuesta por encargo del Papa Urbano IV por Santo Tomás de Aquino se ha perdido en el modo ordinario del rito romano. Una perdida incomprensible para una composición de inestimable belleza literaria y calidad musical.

lunes, 20 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capítulo 5º: La liturgia de la Palabra o lecturas. Parte 1ª: La epístola

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
El primer testimonio de un acto de oración previo a la celebración eucarística lo debemos a San Justino, que hacia el año 150 escribió lo siguiente en el capítulo 67 de su Apología: “…en el día que se llama del sol, se reúnen en un mismo lugar tanto los que habitan en las ciudades como en el campo y se leen los comentarios de los Apóstoles, o los escritos de los profetas por el tiempo que se puede. Después, cuando ha terminado el lector, el que preside toma la palabra para amonestar y exhortar a la imitación de cosas tan insignes. A continuación nos levantamos todos a la vez y elevamos preces y cuando dejamos de orar se traen pan, vino y agua”.
Por otro texto de Tertuliano del siglo II (De anima cap. 9) sabemos que ya entonces se añadía a estos actos de oración otro elemento: el canto o recitación de los salmos. Desde entonces vuelven siempre los mismos elementos en las descripciones que poseemos del culto cristiano en los primeros siglos, por ejemplo en las Constituciones Apostólicas, donde se encuentra la primera noticia de un solo cantor recitando el salmo entero.
No cabe duda de que las lecturas tienen por fin la instrucción de los fieles. Instrucción en un sentido moral y religioso, preparándoles para la asistencia digna al sacrificio eucarístico. Es pues necesario utilizar en las lecturas una lengua que entienda el pueblo. Ya al crecer en Roma el número de cristianos latinos comenzaron a traducirse las Sagradas Escrituras y a leerse en la lengua del pueblo: el latín común. Pero lo mismo que pasó en Roma tuvo lugar en todas las ciudades en las que había cristianos. Al perderse el uso del griego en la vida ordinaria, pasaron a traducir la Palabra de Dios a la lengua que más se hablaba: sirio, armenio, copto, árabe o eslavo.
Durante los años iniciales del Movimiento Litúrgico se hizo mucho con la traducción y amplia difusión del “Misal de los Fieles”.Más tarde durante el pontificado de Pío XII se fue implantando la costumbre, especialmente los domingos y días de gran concurrencia de fieles, de leer las lecturas en lengua vernácula, vuelto el sacerdote hacia el pueblo. Finalmente la costumbre se extendió y se hizo norma en la reforma litúrgica del Vaticano II como un paso de gigante para la comprensión de la Palabra de Dios y su aprovechamiento.
El número de lecturas
Durante los primeros siglos del cristianismo las lecturas pre-evangélicas, tomadas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento eran muchas y variadas, especialmente en los tiempos de Cuaresma y en las Vigilias, como la del Sábado Santo o Pentecostés y en las Témporas.
Más tarde parece ser se redujeron únicamente a dos el número de lecturas leídas antes del Evangelio, una del Antiguo Testamento y otra de las Cartas de San Pablo o de otros Apóstoles. Por eso desde el siglo XIII esa segunda lectura se llamó sencillamente epístola, mientras la veterotestamentaria conservó la denominación de “lectio” (lección o lectura). Al final de cada una de las lecturas, y procedente su uso de la liturgia hispánica que lo había adoptado de la norteafricana, fue consolidándose el “Deo Gratias” (Demos gracias a Dios) no sólo como contestación a las lecturas, sino también a los avisos que se daban al final de cada función religiosa, anunciando las próximas reuniones. El mismo empleo pasó a Roma a partir del siglo VIII. El “Deo Gratias” servía para manifestar que uno había entendido bien lo que se le decía. Es el mismo sentido que aparece en la regla de San Benito al mandar a los monjes que contesten con el Deo Gratias cuando oigan llamar a la puerta.
Desde el siglo VII la lectura de la epístola correspondía al subdiácono; anteriormente cuando se leían todavía varias lecturas veterotestamentarias, un lector, que debía ser persona distinta del que presidía la asamblea, estaba encargado de su lectura. Y bien pronto el leer las lecciones constituyó un cargo especial entre el clero. A partir del siglo VI aparecen con frecuencia niños como lectores. Estos lectores jóvenes vivían en comunidad, formando el mejor plantel de vocaciones sacerdotales. Pero prevaleció el criterio de que, para más solemnidad, recitaran las lecturas clérigos de mayor categoría. Con esto, el grado de lector perdió su sentido originario y su actualidad, como orden menor.
Ni siquiera con la reforma litúrgica posterior al Vaticano II ha quedado suficientemente valorada y cuidada la figura del lector: hoy en día, a menudo y de manera más o menos improvisada, algunos seglares leen las lecturas sin mayor preparación y esmero que la que el propio talante les concede, desdiciendo tantas veces del decoro y belleza de la propia celebración.
El sitio
Las lecturas, epístola y evangelio, también se distinguían entre si, además de por el ministro que las leía y los ritos que la precedían y sucedían (“Dominus vobiscum”, incienso y beso litúrgico y “Laus tibi, Christe” para el evangelio y nada de ello para la epístola) por el lugar desde donde se proclamaban. Ya en los siglos III y IV se habla de un sitio más elevado para que todos entendiesen las lecturas. Esta conveniencia, mejor dicho necesidad, llevó con el tiempo a la introducción del ambón, especie de tarima con barandilla, situada en el límite que divide la nave con el presbiterio.
Al principio no había más que un solo ambón: por eso, para realzar la lectura del evangelio, debía leerse la epístola y la salmodia no en lo alto del ambón, sino en una de sus gradas. En la Edad Media comenzó la distinción entre lado del evangelio y de la epístola, aunque al mismo tiempo los ambones desaparecieron por completo, alejándose del presbiterio y convirtiéndose en púlpitos.
Entre las novedades recientemente introducidas por Benedicto XVI en la celebraciones de la Capilla Papal (Misa del Papa en la Basílica de San Pedro o en las otras basílicas romanas) figuran la colocación de la Cátedra Apostólica en el lado evangelio en el inicio de la nave y de un ambón entarimado a la manera medieval (como en la Basílica de Montserrat) en el lado epístola justo enfrente de la cátedra, desde donde se proclaman las lecturas. Todo en la más estricta línea de la tradición litúrgica romana.
Próximo capítulo: Salmodia, verso aleluyático y tracto (o aclamación al evangelio)

sábado, 18 de octubre de 2014

San Lucas Evangelista

*
Orémus.
Intervéniat pro nobis, quaesumus, Dómine, sanctus tuus Lucas Evangélista: qui crucis mortificatiónem iúgiter in suo córpore, pro tui nóminis honóre, portávit.
Per Dominum nostrum Iesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

viernes, 17 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capítulo 4º: La Colecta

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
La colecta es la primera oración exclusivamente sacerdotal que encontramos en la Misa. Oración que el celebrante debe decir no en nombre propio, sino en el de toda la comunidad, de toda la Iglesia. En el modo tradicional del rito romano (Edición del Misal de 1962) esa oración es introducida con el saludo litúrgico del “Dominus vobiscum” (o el “Pax vobis” del obispo) volviéndose hacia el pueblo con las manos abiertas, como insinuando un abrazo. El beso del altar que lo precede y que data del siglo XIII adquiere su simbolismo en el tomar la paz de Cristo para darla a la comunidad y es muy propio de la explicación alegórica de la Misa que tan en boga estuvo en la Edad Media.
Acto seguido y habiendo saludado a la comunidad, la invita a la oración diciendo o cantando “Oremus”. Esta fórmula se ha convertido en una invitación a adherirse mentalmente a la oración que reza o canta el sacerdote, pero antiguamente era sencillamente una exhortación a orar en voz baja y suponía por tanto, siempre una pausa más o menos larga entre la invitación y la colecta. Esto aparece con claridad en las oraciones más antiguas de esta clase, en las “orationes sollemnes” del Viernes Santo que primitivamente eran comunes a todas las misas. Pues en estas oraciones a la invitación de la intención… pro dilectissimo Papa nostro, etc.… seguía el aviso del diácono: flectamus genua (arrodillaos), palabras con las que se invitaba al pueblo a orar durante algunos momentos de rodillas, para después de sugerirles que se levantasen (levate), proceder a la oración sacerdotal con su Oremus. Esta antigua costumbre se restauró en el “Ordo Sabbati Sancti” por Pio XII en el año 1951.
El cuerpo de la colecta
El nombre de “colecta” no es de origen romano, sino que está tomado de la antigua tradición galicanoespañola. Así lo pone de manifiesto el hecho de que, existiendo en las liturgias galicana e hispana antiguas desde hacía varios siglos, aparece este nombre en la liturgia romana sólo después de haber sido esta adoptada por los francos. Significa “resumen de las oraciones dichas anteriormente”. Las primeras se fueron formando en los siglos IV y V, época en la que en Occidente tomaron cuerpo las fórmulas litúrgicas y en Roma se verificaba el cambio del griego al latín, en la lengua ritual. Antes de este tiempo, la composición de las oraciones dependía de cada celebrante. Unos las improvisaban mientras las iban pronunciando, otros las componían anticipadamente, calcándolas sobre algunos modelos. A partir del siglo IV su redacción ya no se deja al arbitrio del celebrante, por existir textos fijos en libros especiales, aunque el celebrante no los leía sino que los aprendía de memoria.
Aunque las oraciones romanas se caracterizan por su sobriedad eso no significa que en su composición se renunciase a emplear los recursos del arte retórico de la época. Ese arte no buscaba la emotividad en la acumulación de muchas expresiones, sino en el juego y en el corte de palabras, a lo que tanto se presta la lengua latina por su notable riqueza de matices de una misma palabra. Y así, resultan siempre las oraciones muy cortas, por una parte, y con perfecta correspondencia, por otra, a su carácter de bendición y de oraciones finales del acto. Con todo, no hay que pensar que la liturgia romana desconoce las oraciones largas: por ejemplo, los prefacios que se dicen al conferir el diaconado, el sacerdocio o la consagración episcopal, provenientes de los más antiguos documentos romanos.
Tipología de las colectas
Se pueden distinguir dos tipos. El primero representa la petición en su forma más sencilla. En primer lugar viene nombrado aquel a quién va dirigida la suplica con sus títulos más ordinarios: “Domine, Deus” (Señor Dios), a lo sumo se añade uno o dos epítetos más: Omnipotente y Eterno. Luego sigue la petición, redactada en pocas palabras. A este mismo tipo sencillo pertenecen también las oraciones en las que se razona la petición, indicando para qué fin pedimos la gracia (ut… - para que…).
El segundo tipo añade al título que se da a Dios, una oración en relativo, que sirve para aludir al misterio de la vida de Nuestro Señor o las gracias especiales concedidas por Dios al santo, mezclando a la súplica algún elemento de acción de gracias o de alabanza.
Este segundo tipo es el más abundante, ya que con el tiempo cada vez se formaron más fiestas de santos. No siempre, sin embargo, se ha conservado en las fiestas modernas el armonioso equilibrio entre la petición y la afirmación laudatoria. Falla sobre todo cuando se describe en ella la vida del santo o se desarrollan pensamientos teológicos bastante complicados. Por ejemplo: las fiestas de los santos mártires de Corea (20 de septiembre) o los santos mártires de Nagasaki (6 de febrero) o la festividad de Nuestra Señora de los Dolores (15 de septiembre).
Las formas más clásicas de la colecta no las encontramos, sin embargo, en las fiestas, sino en los domingos después de Pentecostés, llamados en el Novus Ordo de Pablo VI “domingos per annum” (ordinarios, en la más que deficiente traducción castellana). Como se trata de días en que no hay motivo particular para la celebración de la misa, y la colecta es oración que comprende las intenciones de todos, su contenido es necesariamente muy general. A veces, ni siquiera se indica intención alguna, sino que se ruega a Dios que nos escuche, es decir, que atienda las peticiones que cada uno en particular le propone. El secreto de la armonía de tales colectas reside en que reflejan a menudo una antítesis: lucha continua entre el bien y el mal, las fuerzas que en el hombre tienden hacia arriba y las que le quieren sumergir, alma y cuerpo, propósito y ejecución, esfuerzo propio y ayuda de la gracia, confesar e imitar, fe y realidad, miserias de la vida terrenal y goce de la celestial.
La recitación: “cursus” y “accentus”
La belleza de las antiguas oraciones romanas no yace exclusivamente en la dicción. Ha llamado siempre la atención su fluidez y su ritmo. Quienes las compusieron habían recibido su formación en las escuelas del antiguo arte retórico y sobre este arte ejercían gran influjo a fines de la antigüedad las leyes de la poética clásica, con su métrica, basada en la cantidad de sílabas. Sin embargo, el factor principal de su armonía está en el “cursus”, usado en la prosa artística de los siglos IV y V. El “cursus” es el ritmo de las cadencias finales, fundado en la sucesión ordenada de sílabas acentuadas y no acentuadas. Son normas observadas con tanta fidelidad, por ejemplo en los sermones de San León Magno, que hoy nos sirven de criterio para la autenticidad de sermones enteros o trozos parciales de sus sermones. No hemos de olvidar que es muy probable que el cuerpo de las antiguas colectas sean creaciones de este papa o procedan al menos de su época.
El modelo más perfecto de colecta en el que se encuentran los tres cursus (planus, velox, tardus) lo tenemos en la colecta del domingo XXX del tiempo ordinario, que figuraba en el Misal del 1962 como colecta del domingo XIII después de Pentecostés:
“Omnipotens sempiterne Deus, da nobis fidei spei et caritatis augméntum, (planus)
et ut mereamus ássequi quod promíttis (velox) ;
fac nos amare quod praécipis. (tardus)"
(Padre todopoderoso y eterno, aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, y para que podamos conseguir lo que prometes, ayúdanos a amar lo que nos mandas.)
Otros giros que con frecuencia encontramos en las colectas son, por ejemplo: ésse consórtes (planus), méritis adjuvémur (velox) y sémper obtíneat (tardus).
Para la recitación de estas oraciones se formó muy pronto un modo especial, el llamado “accentus”. Consiste en recitar la oración en un tono determinado, entreverando al final de cada frase o división de frase, cadencias diferentes según las diversas clases de oraciones. Como se ve, existen relaciones íntimas entre el accentus y la puntuación moderna, ya que ambos son expresión de la estructura lógica de la frase. Y así, no es de extrañar que ambos, accentus y puntuación, se sirvan de los mismos signos: los dos puntos ( :) para el metrum y el punto y coma (;) llamado flexa para señalar el medio tono antes de una oración en “ut” ( para que…). Es interesante observar que este modo sencillo de amenizar la recitación de la oración se ha mantenido desde los primeros tiempos hasta la actualidad, en contraste manifiesto con los cantos que evolucionaron hacia formas cada vez más artísticas y complicadas. Se nota aquí algo del respeto contenido que siente el hombre cuando habla directamente con Dios, y que no permite formas artificiosas.
El rito exterior
El sacerdote recita la colecta de pie con las manos extendidas. Hasta muy entrada la Edad Media se exigía que mirase hacia Oriente. El estar de pie parecía la postura más propia para la oración pública en el sentir de toda la antigüedad. De ahí el sustantivo “statio”, derivado del verbo “stare”: estar de pie. Aún hoy en día en castellano la palabra “estación” significa la visita que se hace a las iglesias para orar en ellas algún tiempo.
Después de tener las manos levantadas, el sacerdote junta las manos como para expresar la entrega del propio ser en manos de un superior. El gesto es de origen germano y penetró en la liturgia durante la innovación franca como modo de tener las manos durante las oraciones privadas al principio de la misa y durante la comunión.
Con el “amén” después de la colecta termina el rito de entrada. El Amén se encuentra en todas las liturgias sin traducir. Y San Justino lo interpreta con las palabras: “Así se haga, así sea” (Apología 65). Mediante esta palabra el pueblo expresa su asentimiento a lo que acaba de decir en su nombre el celebrante. El que lo dijera todo el pueblo lo atestiguan ya los santos Agustín y Jerónimo. (Patrología Latina, 26 , 355)

N.B.: En el transcurso de la conferencia que el viernes 5 de septiembre, S.E. el cardenal Gottfried Danneels impartió durante el Congreso Litúrgico que tuvo lugar en Barcelona para conmemorar el 50º aniversario del C.P.L., el emérito Arzobispo de Bruselas abogó por la supresión, en una próxima reforma litúrgica, de lo que aún queda de las antiguas “colectas romanas” en el Misal, por ser “propias de una mentalidad jurídica como la mentalidad romana” (sic). La colecta con la que ejemplarizó tal teoría fue precisamente la que he detallado anteriormente, la más perfecta y bella de las antiguas colectas romanas.
También abogó por la supresión de todas las apologías (oraciones que el sacerdote reza en silencio: como la de antes del evangelio o antes de la comunión) por ser restos de la separación entre el “presidente” y la “asamblea. De hecho entra dentro de la lógica de estos “reformadores litúrgicos”, si como confiesa Mons. Piero Marini no existe diferencia ontológica entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles. Ambos serían diversas modalidades de un único sacerdocio de los bautizados. Por ello bromeó sobre la presencia en el Aula de algún miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe, porque bien sabía Marini que la proposición fue condenada por herética en el Concilio de Trento.

jueves, 16 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capítulo 3º: Gloria

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
En el año 799 Carlomagno va a Roma para recibir de manos del Papa la corona del renovado Imperio Romano. Al acercarse a la Ciudad Eterna, el papa León III sale a su encuentro, le saluda con el “Gloria in excelsis Deo”, cantado por todo el clero que le acompaña. Terminado el canto, el Papa reza una colecta como oración final. Era el modo litúrgico de recibir fuera de las murallas de Roma al futuro emperador. Por este ejemplo, tomado de una época que debe considerarse aún el periodo clásico de formación de la liturgia romana, aparece que también el Gloria, cantado con toda solemnidad, exigía como conclusión una oración sacerdotal.
El Gloria no fue creado para la Misa. Su primer destino fue el de servir a los cristianos de oración matutina, o más en general, como himno de alabanza a Dios. Lo podemos comparar con el “Te Deum” que tiene el mismo origen y las mismas características. Son los dos himnos más antiguos, no sacados de la Sagrada Escritura, sino nacidos del fervor de los primeros siglos; restos de los llamados “psalmi idiotici”, es decir compuestos por los mismos cristianos. Creaciones en general sin arte, pero de un encendido fervor, datan de los tiempos más primitivos. En el siglo IV se levantó una fuerte corriente contraria a tales himnos. Testimonios de esa oposición quedaron reflejado en las actas del Concilio de Laodicea del siglo IV y del IV Concilio de Toledo del siglo VII, que prohibieron se cantasen himnos no inspirados por el Espíritu Santo. De esta prohibición se salvaron el Gloria, el Te Deum y el “Te decet laus”, así como algún que otro himno griego.
Del Gloria primitivo conocemos las siguientes redacciones: una siria, dos griegas (la de las Constituciones Apostólicas y la del códice Alejandrino de la Sagrada Escritura) y tres latinas, a saber, la del antifonario de Bangor, la del antifonario mozárabe de León y la de la liturgia milanesa.
Su incorporación en la Misa
La incorporación del Gloria en la Misa se debe a circunstancias de segundo orden. En primer lugar fueron sus primeras palabras, tomadas de Lucas 2,14, mensaje angélico de paz en el nacimiento del Salvador, las que dieron ocasión para que se cantara primeramente en la Misa de Medianoche de Navidad (o del Gallo). Así lo atestigua, y como costumbre antigua, el “Liber Pontificalis” escrito en Roma hacia el año 530. El mismo libro añade que el Papa Símaco (romano pontífice entre el 498 y el 514) permitió a los obispos entonarlo también en las fiestas de los mártires y todos los domingos. El Gloria pues, se cantaba solamente en las misas solemnes celebrada por el Papa o los obispos, con el fin de solemnizarlas más. Y esta norma prevaleció por muchos siglos. Pero cuando el rito romano pasa al norte de los Alpes, donde había pocas ciudades y por lo mismo pocos obispos, pero en cambio muchas aldeas y pueblos, son los sacerdotes que ejercían la cura de almas los que empiezan a sentir la necesidad de decir el Gloria en sus parroquias.
El camino que se siguió para implantarse fue el siguiente: Primeramente se permitió al simple presbítero cantar el Gloria en la mayor de todas las solemnidades, el día de Pascua de Resurrección. Todavía duraba esto durante el siglo XI, ya que el liturgista Berno de Reichenau se quejaba de que no se le permitiera al simple sacerdote cantar este himno el día de Navidad (Patrología Latina 142, 1058 ss) A fines de ese mismo siglo ya no se hace, en cuanto al Gloria, distinción alguna entre el simple sacerdote y el obispo. También es verdad que tales prescripciones no se observaban con mucho rigor en el territorio de los francos. Un documento del siglo VIII avisa que se suprima el Gloria durante la Cuaresma, lo que nos induce a creer que se decía las demás misas.
El sitio
El Papa entonaba este himno desde su cátedra, mirando hacia el pueblo. El simple sacerdote lo entonaba siempre en el lado de la epístola, como lo han continuado haciendo los cartujos en su rito propio hasta nuestros días. Más tarde por influencias alegóricas, empezaron a cantarlo en el centro del altar.
Aunque la sencillez y la recitación silábica de las primeras y más antiguas melodías del Gloria hacen pensar que el fue el pueblo quien cantaba este himno, no tenemos ninguna noticia en las fuentes más antiguas de que así fuese efectivamente. Eran los clérigos los encargados de su canto, que lo ejecutaban o cantando todos el texto íntegro o alternándole a dos coros. En Roma lo solía cantar la “schola”, institución de tan antigua tradición que bien merecía este privilegio.
Los “tropos”
También en el Gloria se introdujeron los tropos. El más difundido, también en España, era uno en honor de la Virgen que decía hacia el final: “Tu solus sanctus, Mariam sanctificans, Tu solus Dominus, Mariam gubernans, Tu solus Altísimus, Mariam coronans (Tu sólo el Santo, que santificas a María, sólo tu Señor que guías a Maria, sólo tu el Altísimo que coronas a María). A pesar de su antigüedad veneranda y su gran popularidad, fueron todos suprimidos en la reforma del misal de Pío V.

miércoles, 15 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capitulo 2º: Los Kyries

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
El Introito o canto de ingreso es la primera y más antigua pieza del rito de entrada. Es la salmodia que abre la función religiosa, y como tal, lo mismo que las lecturas y las letanías, exige que se la cierre con una oración sacerdotal. Pero esta conclusión no es tan rotunda y hermética como para que no se le puedan añadir otros elementos litúrgicos, como de hecho sucedió con los que ahora vamos a estudiar: los kyries.
Kyrios (Señor) era el título que se daba a personas de quienes se creía habían llegado a dioses y cuyo culto podía hacer partícipes a los hombres de una felicidad semejante. San Pablo utiliza esa denominación para hacer ver a los neocristianos que el verdadero Kyrios (el hombre también verdaderamente Dios) es Cristo.
Los kyries (Señor, ten piedad) constituyen el único elemento griego del ordinario de la Misa, no porque sea un resto de la época en la que la liturgia romana se celebraba en griego sino porque se tomó posteriormente de ritos orientales tras la impresión que había causado entre los occidentales este nuevo modo de orar en común usado en Oriente. Por eso lo adoptaron sin apenas cambiarlo.
En Oriente aparece el “Kyrie eleison” por vez primera a fines del siglo IV. La peregrina hispana Eteria cuenta de la liturgia de Jerusalén que mientras el diácono decía los nombres de cada uno de las personas por las que se rezaba a modo de letanías mientras los niños respondían continuamente Kyrie eleison con voces infinitas.
Ya las Constituciones Apostólicas (Const. Apost., VIII, 6.9) de esta misma época, dan el texto de estas letanías, siendo el primer documento que reporta el texto litúrgico ya formado.
Pero lo verdaderamente interesante es conocer las razones que movieron al Occidente a hacer suya esta plegaria sin traducirla.
La primera noticia que tenemos sobre los kyries en Occidente es el canon 3 del Concilio de Vaison del año 529. El occidente católico había sufrido durante la última centuria nada menos que cuatro invasiones de los bárbaros. Cuatro veces en menos de cien años los germanos y los hunos habían devastado a Italia. La Iglesia occidental gemía pues bajo el yugo duro de los bárbaros y también del arrianismo, religión de la mayor parte de los pueblos germánicos y que precisamente niega el “Señorio divino” de Cristo. Fue precisamente San Cesáreo de Arles, uno de los padres del Concilio de Vaison, quién más persecuciones tuvo que sufrir de los reyes arrianos. Cantar “Kyrie eleison” refiriéndose a Cristo es afirmar su naturaleza divina: es una profesión de fe antiarriana.
Junto a esta cuestión teológica debemos recordar además que los católicos de Occidente miraban con nostalgia y algo de envidia hacia Oriente donde en el año 517 subía al poder un emperador católico, Justino, quien ayudado por su pariente Justiniano, echaba los cimientos de una nueva edad de oro para el Imperio bizantino.
Sea como fuere y según el canon del concilio de Vaison, la letanía de los kyries debió introducirse en la liturgia romana hacia el año 500 pero no directamente para la misa. En efecto, entre los textos litúrgicos aislados de la Misa que conservamos, encontramos la “Deprecatio Gelasii” (492-496) atribuida al Papa Gelasio.Tal letanía se rezaba de la siguiente manera: uno de los clérigos indicaba la contestación al pueblo, después se invocaba a la Santísima Trinidad y venían 16 intenciones (por la Iglesia, los sacerdotes, la paz, las cosechas, los fieles…) a las que se contestaba con el Kyrie eleison. A partir de la 15 la respuesta era “Praesta, Domine, praesta” (Concédelo, Señor, concédelo) terminando con “Domine, miserere” (Señor, apiádate).
Lo más probable es que durante la mayor parte del siglo VI esta letanía se usase sólo en las procesiones penitenciales.
Lo que sí sabemos es que diciéndose aún entonces en la misa la antigua oración común de los fieles (reinstaurada en el Novus Ordo de Pablo VI del 69) esta acabó asimilada como respuesta a los kyries. Posteriormente San Gregorio Magno, queriendo abreviar la letanía, substituyó la oración común de los fieles por los Kyries en el rito de entrada.
El que no se pusiera en el lugar preciso de la antigua oración de los fieles, es debido a las innovaciones introducidas después del Evangelio, cuando en ese lugar se formó y colocó el ofertorio, como veremos más adelante. Pero también debido a la circunstancia de que al entrar en la iglesia, en el rito de entrada, se cantaba la letanía los días de penitencia.
Al trasladarse la liturgia romana al Imperio carolingio se fija el número de repeticiones del Kyrie y del Christe eleison en nueve por influjo de la desaparecida liturgia galicana deseosa de demostrar en sus ceremonias el misterio de la Santísima Trinidad y determinando que cada invocación se repita 3 veces: triple invocación del Kyrie atribuyéndolo al Padre, triple Christe al Hijo y triple Kyrie al final atribuido al Espíritu Santo. Además determina que se canten los kyries a dos coros.
Esta triple repetición de las tres invocaciones fue reducida a doble repetición en el Misal del 69.
El canto de los kyries en la Edad Media: los “tropos”.
Al enriquecerse en la Edad Media las melodías se introdujeron melismas en abundancia (muchas notas con una sílaba). Este cantar era muy familiar a los pueblos latinos, pero muy desagradable a los pueblos nórdicos. Para hacer desaparecer esta impresión, se introdujeron los tropos: mientras medio coro canta el melisma con una sílaba, el resto recita con la misma melodía una ampliación de los kyries hasta coincidir en la palabra final “eleison”. Al suprimirse en el siglo XV esos tropos sobrevivieron únicamente en los nombres de las diversas misas gregorianas: Lux et origo, Cunctipotens genitor Deus, Orbis factor, etc (las primeras palabras de los antiguos tropos). Ejemplo: Kyrie, lux et origo, eleison (Señor, luz y origen, ten piedad) Kyrie, orbis factor, eleison (Señor, creador del mundo, ten piedad) y así todas.
De todas maneras, por muchos siglos no rezó el celebrante los kyries, como no rezaba otros textos que no fueran propios suyos. En la época carolingia suplía el celebrante este silencio suyo mientras la schola cantaba, con una o varias apologías. Pero cuando estas se suprimieron, empezó el celebrante a rezar los kyries en voz baja, y como solían alternarse entre dos coros, también en el altar los alternaba el celebrante con sus ministros. El modo no era uniforme. Decía, por ejemplo, el celebrante dos veces el Kyrie eleison y los ministros contestaban el tercero.
Tanto en la misa solemne como en la privada el sitio donde se recitaban los kyries no era el medio del altar como acabó consolidándose sino el lado de la epístola, como lo conservaron los dominicos en su rito propio.
Actualmente según el Novus Ordo del 69 el celebrante los recita o canta desde la sede.

martes, 14 de octubre de 2014

LA MISA ROMANA: Capítulo 1º: Las oraciones preparatorias

LA MISA ROMANA: HISTORIA DEL RITO
Por Dom Gregori Maria
Comienza hoy, tras el periodo vacacional, una larga serie de artículos en los que, a manera de síntesis teológica e histórica de la Liturgia Eucarística Romana, trataré de explicar todas y cada una de las partes esenciales de la Misa. Incluyo no sólo las particularidades del Misal Romano de 1969 que constituye hoy en día el modo ordinario de la celebración de la Misa si no también del Misal Romano de 1962 que tras la promulgación del Motu Proprio de Benedicto XVI “Summorum Pontificum”, es el texto litúrgico en vigor para la celebración de la Santa Misa en su modo extraordinario.
Espero satisfaga a cuantos, más allá de la curiosidad, buscáis un conocimiento más profundo y riguroso de la Liturgia católica.
Entre las oraciones privadas de preparación del celebrante, introducidas en el ordinario de la Misa por los francos, podemos distinguir tres grupos:
1º Preparación privada antes de la celebración ( algunos salmos como el 50, el 83,el 84 y 85 , el salmo 115  que se añadió en el siglo XI, y el 129 un siglo más tarde, más una hermosa oración de San Ambrosio dividida entre los siete días de la semana y llena de súplicas humildes.)
2º Fórmulas para revestirse los ornamentos (existía en la Edad Media una ilimitada variedad de fórmulas cortas para el momento de revestírselos: encontramos hermosísimas en los pontificales de Cambrai, Amiens y Moissac. Las que al final prevalecieron y que empezaron a editarse en los misales a partir de Trento hasta nuestros días se remontan a un periodo que va de los siglos IX a XI y proceden de esos tres pontificales francos mencionados.)
3º Oraciones camino del altar, que más tarde se convirtieron en la primera parte de las oraciones ante las gradas, hoy día eliminadas en el modo ordinario del Rito Romano pero mantenidas en el extraordinario.
De estos tres grupos quedaron como cosa privada los dos primeros, pasando el tercero a formar parte de la misa misma. Es por eso que empezaré a ocuparme de este último grupo.
Las oraciones ante las gradas
A partir del siglo X se introduce el salmo 42 con sus versículos, el Confiteor y la oración “Aufer a nobis” que precede al beso del altar. Todos estos elementos acabaron formando un núcleo compacto, en la conciencia de que el sacrificio debía empezar con una súplica de perdón por los pecados, súplica que adquirió la forma de una verdadera confesión. Ya en los primeros documentos litúrgicos (Didaché, cap XIV) hablan de una confesión de los pecados al principio de las reuniones eucarísticas. En las ceremonias estacionales, el pontífice, en ceremonia manifiestamente penitencial, al llegar al altar se postraba ante él. Cuando en época carolingia, se empezaron a llenar con apologías (oraciones silenciosas del celebrante) todos los intervalos y acciones exteriores que el celebrante según la antigua liturgia romana permanecía pasivamente en silencio, la apología que aquí se introdujo era de compunción y arrepentimiento y muy parecida al Confiteor actual. A partir del siglo XI vemos en los misales la combinación de un verdadero acto penitencial unido al salmo 42  (Judica me). De estos dos elementos, el más importante fue sin duda el Confiteor. Signo de ello es que las liturgias monacales de cartujos, carmelitas y dominicos nunca asumieron el salmo 42 pero si el Confiteor. Si al fin la reforma de San Pío V impuso el salmo, fue por la antigua tradición del misal de la curia romana, y porque el salmo, una vez que su recitación se trasladó al presbiterio, resaltaba entre las demás oraciones preparatorias, dejándolo así más estrechamente unido al Confíteor. Su uso pasó a España ya en el siglo XI cuando el ordinario que se impuso para sustituir la liturgia mozárabe fue el misal de la curia romana, por eso al restaurarla el cardenal Cisneros en Toledo, penetró en la misa hispánica.
Al principio de las oraciones, como hoy en el inicio de la celebración eucarística en el Misal Romano de 1969 tras besar el altar, está la señal de la cruz acompañada de las palabras “In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti” tomadas del mandato de bautizar a todo el mundo. Esta fórmula nos recuerda el poder que nos ha sido concedido de participar en el sacrificio eucarístico. Hace pues, esta fórmula, de puente entre los dos sacramentos del bautismo y la eucaristía.
Introibo ad altare Dei (Me acercaré al altar de Dios…) y salmo 42: No nos debe extrañar que entre las diversas fórmulas que se podían rezar camino del altar o de pie ante él, como acabo cuajando, se impusiera el salmo 42. Si hay que escoger un salmo difícilmente podemos encontrar otro más apto. El salmo va trazando la evolución psicológica del que entra en la casa de Dios para orar o para ofrecer el sacrificio. El hombre pasa del modo de pensar del que sólo piensa en sí mismo y en sus necesidades a otro que, iluminado desde arriba, hace propósito de entrar en la casa de Dios a cumplir sus deberes religiosos. No es fácil, continuamente le llega el recuerdo de sus aflicciones, pero se sobrepone definitivamente para sólo atender al culto divino.
Y llega el Confíteor. Ya en el siglo XI la postura corporal con que se rezaba era la inclinación profunda con sus tres golpes de pecho al “mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa” primero por el celebrante seguida de la oración Misereatur (El Señor tenga misericordia de ti…) recitada por los fieles y muy especialmente por el acólito y después por los fieles y seguida del Misereatur y del Indulgentiam pronunciado por el sacerdote (Que el Señor nos conceda la indulgencia, la absolución y la remisión de nuestros pecados….) Posteriormente y antes de subir las tres gradas del altar se rezan unos versículos desde el siglo XII que nos preparan al beso u ósculo del altar: Deus tu conversus, Ostende y Domine exaudi (Oh Dios, vuélvete hacia nosotros, muéstranos Señor, tu misericordia).
Aufer a nobis: es una fórmula antigua, completamente en silencio que pide Al Señor que aleje nuestras iniquidades para que con pura mente podamos entrar en el santuario. Posteriormente al besar el ara del altar, con las reliquias de los mártires que allí están depositadas se reza la plegaria “Oramus te Domine, per merita sanctorum tuorum quórum reliquiae hic sunt et ómnibus sanctis ut indulgere digneris omnia peccata mea” (Te pedimos Señor por el merito de tus santos cuyas reliquias están aquí y de todos los santos, te dignes perdonar mis pecados).
Este beso del altar, que es el primer gesto con el que comienza el Novus Ordo de Pablo VI, es una alegoría del saludo a Cristo del celebrante, que representa al pueblo, pero también el beso del altar, al estar allí las reliquias de los mártires, es un símbolo de Cristo, que por medio de quien lo representa (el sacerdote), saluda a su Iglesia. Hasta el final del siglo XII no se conocen más ósculos al altar que al principio y al final de la misa y en un sitio dentro del canon. Pero a partir del siglo XIII aparecen cada vez que el sacerdote se vuelve hacia el pueblo. Esto es señal de que prevaleció una significación por encima de la otra, a saber, la renovación de la unión con Cristo (el altar) antes de saludar al pueblo. Sin entrar en una u otra, hay que recordar que el sentido primitivo del ósculo es el de venerar el lugar sagrado del sacrificio. Al saludo del altar sigue, en las misas solemnes y cantadas, la incensación del altar, que la Iglesia adoptó cuando el significado pagano de adoración idolátrica dejó de ser peligroso y su simbolismo tan elocuente, de nubes de incienso que pausadamente se levantan de la tierra al cielo en signo de adoración, se impuso sobre los antiguos reparos. Además adquiere el incienso el simbolismo de la purificación y santificación. Ese significado se impone a partir del siglo X y se inciensan no sólo el altar, sino el evangeliario, los ministros y también el pueblo, ungiendo de homenaje y veneración los objetos sagrados y constituyéndose en portador de bendiciones para los hombres.
En el Novus Ordo del 69 aparece aquí el saludo al pueblo bajo diversas fórmulas con que se inicia la celebración, cuya base es el “Dominus vobiscum” (El Señor esté con vosotros) Es un saludo, lo mismo que el “Pax Vobis” (La Paz con vosotros) que dice en su lugar el Obispo y que encuentra su paralela desde el siglo IV en Oriente con el “Irina Pasin” (La Paz con vosotros): su fin es establecer contacto con la comunidad antes de establecer comunicación con ella, o para invitarles al acto penitencial o para anunciarles la Palabra de Dios o llegado el caso, invitarla a la oración.
En el modo extraordinario del rito romano (Misal de Juan XXIII 1962) ese saludo aparece por primera vez únicamente antes de la Colecta. (El primer “Dominus vobiscum” antes del “Aufer a nobis” tiene una significación muy distinta de la que tiene en el resto de la misa: la de pedir a los circunstantes que recen por él antes de subir al altar)
Próximo capítulo: Los Kyries.

lunes, 13 de octubre de 2014

Las Cruces de la Santa Misa Tridentina




Las Cruces de la Santa Misa.
*
Como nota simplemente curiosa, insertamos en esta página las cruces que hace el Sacerdote en la Misa rezada con Gloria y Credo.
Esta curiosidad puede avivar nuestra devoción y recordarnos que el Sacrificio de la Misa es el mismo que por nosotros ofreció Jesús en el Calvario.
*
Desde el principio hasta el Evangelio hace cinco cruces. Parte superior de la Cruz.
Desde el Evangelio al Ofertorio hace otras cinco. Parte izquierda del travesaño.
Del Ofertorio al Sanctus, otras cinco. Parte derecha del travesaño.
Del Sanctus a la Consagración, inclusive, hace diez cruces. Parte inferior de la Cruz.
De la Consagración a la Comunión, hace el Sacerdote veintidós cruces.
De la Comunión hasta el fin, hace cinco. Son las que se señalan en la parte inferior.
Las Misas sin Gloria ni Credo tienen dos cruces menos. Las de Requiem cuatro menos.
Las Misas solemnes tienen en conjunto doce cruces más.
Las cruces de la Misa rezada con Gloria y Credo son cincuenta y dos, como el número de domingos que suele tener el año.
Tengamos viva fe en el Sacrificio de la Cruz, que se renueva de una manera mística, pero real, en el santo Sacrificio de la Misa.

sábado, 11 de octubre de 2014

La Maternidad Divina de Nuestra Señora

La Maternidad Divina de Nuestra Señora


El dogma de la Maternidad Divina se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. Fue solemnemente definido por el Concilio de Efeso (año 431). Tiempo después, fue proclamado por otros Concilios universales, el de Calcedonia y los de Constantinopla. 

El Concilio de Efeso, del año 431, siendo Papa San Clementino I (422-432) definió: 

"Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema." 

viernes, 10 de octubre de 2014

San Francisco de Borja - Nacido para Servir

San Francisco Borja nació en Gandía (Valencia) el 28 de octubre de 1510, primógenito de Juan de Borja y entró muy joven al servicio de la corte de España, como paje de la hermana de Carlos V, Catalina. A los veinte años el emperador le dio el título de marqués. Se casó a los 19 años y tuvo ocho hijos. A los 29 años de edad, después de la muerte de la emperatriz, que le hizo comprender la caducidad de los bienes terrenos, resolvió “no servir nunca más a un señor que pudiese morir” y se dedicó a una vida más perfecta. Pero el mismo año fue elegido virrey de Cataluña (1539-43), cargo que desempeñó a la altura de las circunstancias, pero sin descuidar la intensa vida espiritual a la que se había dedicado secretamente.
En Barcelona se encontró con San Pedro de Alcántara y con el Beato Pedro Favre de la Compañía de Jesus. Este último encuentro fue decisivo para su vida futura. En 1546, después de la muerte de la esposa Eleonora, hizo la piadosa práctica de los ejercicios espirituales de san Ignacio y el 2 de junio del mismo año emitió los votos de castidad, de obediencia, y el de entrar a la Compañía de Jesús, donde efectivamente ingresó en 1548, y oficialmente en 1550, después de haberse encontrado en Roma a San Ignacio de Loyola y haber renunciado al ducado de Gandía. El 26 de mayo de 1551 celebraba su primera Misa.
Les cerró las puertas a los honores y a los títulos mundanos, pero se le abrieron las de las dignidades eclesiásticas. En efecto, casi inmediatamente Carlos V lo propuso como cardenal, pero Francisco renunció y para que la renuncia fuera inapelable hizo los votos simples de los profesos de la Compañía de Jesús, uno de los cuales prohíbe precisamente la aceptación de cualquier dignidad eclesiástica. A pesar de esto, no pudo evitar las tareas cada vez más importantes que se le confiaban en la Compañía de Jesús, siendo elegido prepósito general en 1566, cargo que ocupó hasta la muerte, acaecida en Roma el 30 de septiembre de 1572.
Fue un organizador infatigable (a él se le debe la fundación del primer colegio jesuita en Europa, en su sierra natal de Gandía, y de otros veinte en España), y siempre encontró tiempo para dedicarse a la redacción de tratados de vida espiritual. Se destacó por su gran devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Incluso dos días antes de morir, ya gravemente enfermo, quiso visitar el santuario mariano de Loreto. Fue beatificado en 1624 y canonizado en 1671, uno de los primeros grandes apóstoles de la Compañía de Jesús.

jueves, 9 de octubre de 2014

Un documento histórico del Cardenal Caro.

Un documento histórico del Cardenal Caro.

“Circular sobre el Santo Rosario.
Amados hijos:
Con ocasión de la Fiesta de Ntra. Sra. del Rosario y del mes dedicado a su honor, nos sentimos impulsados, como en otros años, a dirigiros, al menos, breves palabras de exhortación para recordar la eficacia de esta práctica de devoción inspirada por la misma Reina del Cielo y enseñada con su propio ejemplo en sus manifestaciones en Lourdes y en Fátima.
Así como en otro tiempo obtuvo brillante triunfo la Cristiandad, por el Rosario, en Lepanto, y Santo Domingo de Guzmán contra las herejías de su tiempo, así también esperamos que el rezo devoto del Santo Rosario, por los cristianos de nuestros días, y en las familias, obtenga de Nuestra Santísima Madre del Cielo, la santificación del hogar y la preservación contra la inmoralidad reinante y de los errores.
Exhortamos, pues, a los Sres. Párrocos y Rectores de Iglesia a fomentar esta práctica en el pueblo fiel para atraer las bendiciones del Cielo que anhelamos sobre nuestra Patria y sobre todo el mundo actual que tanto lo necesita.
Dada en Santiago el 24 de septiembre de 1957.
José María Cardenal Caro Rodríguez, Arzobispo de Santiago y Primado de Chile. 
Alejandro Huneeus C., Secretario”.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Martirologio Romano 1956.

8 de Octubre / Die 8 Octobris.  Octavo Idus Octobris. 


Santa Brígida, Viuda, cuyo tránsito se conmemora el 24 de Julio, y su Traslación el día de ayer.
Sanctae Birgittae Viduae, cujus dies natalis decimo Kalendas Augusti, ac Translatio Nonis Octobris recensetur.


El mismo día, la dichosa muerte del santo viejo Simeón, de quien se lee en el Evangelio que recibió en sus brazos a nuestro Señor Jesús, al ser presentado en el templo, y profetizó acerca de él.
Eodem die natalis beati Simeonis senis, qui in Evangelio Dominum Jesum, praesentatum in Templo, suis in ulnis accepisse ac de illo prophetasse legitur.

En Laodicea de Frigia, san Artemón, Presbítero, que por el fuego recibió en tiempo de Diocleciano la corona del martirio.
Laodiceae, in Phrygia, sancti Artemonis Presbyteri, qui per ignem, sub Diocletiano,martyrii coronam accepit.


En Salónica, san Demetrio, Procónsul, que, por haber convertido muchísimos a la fe de Cristo, por orden del Emperador Maximiano cosido a lanzadas, consumó el martirio.
Thessalonicae sancti Demetrii Proconsulis, qui, cum plurimos ad Christi fidem perduceret, ideo, Maximiani Imperatoris jussu lanceis confossus, martyrium consummavit.


En el mismo lugar, san Néstor, Mártir.
Ibidem sancti Nestoris Martyris. 

En Sevilla de España, san Pedro, Mártir.
Hispali, in Hispania, sancti Petri Martyris. 


En Cesarea de Palestina, el suplicio de santa Reparata, Virgen y Mártir, que en el imperio de Decio, porque no quiso ofrecer sacrificio a los ídolos, fue con varios géneros de suplicios atormentada, y por último degollada. Su alma en figura de paloma fue vista salir del cuerpo y subir al cielo.
Caesareae, in Palaestina, passio sanctae Reparatae, Virginis et Martyris; quae, cum nollet idolis sacrificare, sub Decio Imperatore, variis tormentorum generibus cruciatur, ac demum gladiopercutitur. Ipsius autem anima, in columbae specie, de corpore egredi caelumque conscendere visa est.

En territorio de Laón, santa Benedicta, Virgen y Mártir.
In territorio Laudunensi natalis sanctae Benedictae, Virginis et Martyris. 

En Ancona, las santas Palaciata y Lorenza, las cuales, en la persecución de Diocleciano y presidiendo Dión, deportadas al destierro, se consumieron de trabajos y fatigas.
Anconae sanctarum Palatiatis et Laurentiae, quae, in persecutione Diocletiani, sub Dione Praeside, in exsilium deportatae, laboribus et aerumnis confectae sunt.

En Rúan, san Evodio, Obispo y Confesor.
Rotomagi sancti Evodii, Episcopi et Confessoris. 


En Jerusalén, santa Pelagia, apellidada la Penitente.
Hierosolymis sanctae  Pelagiae, cognomento Poenitentis.


Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.