domingo, 3 de febrero de 2013

Domingo de Sexagésima.

La liturgia de este domingo también se entiende a la luz del Breviario que nos habla de Noé.
Al ver Dios que era grande por demás la malicia de los hombres, airado contra ellos, dijo un día a Noé: "Voy a exterminar al hombre a quien creé. Hazte, pues, un arca de madera resinosa, porque firmaré un pacto contigo, y tú entrarás en el arca."
Al cabo sucedió lo que Dios había dicho, y cayó sobre la tierra una lluvia torrencial durante 40 días y 40 noches, flotando siempre el arca sobre las aguas, que cubrieron hasta las más empinadas montañas.
Entonces se cumplió aquello del Gradual que "todos los hombres fueron arrebatados cual vil pajuela por una trompa de agua", no quedando a salvo sino Noé y las personas y animales que en ella se habían refugiado con tiempo.
Acordóse Dios de Noé y, al fin, la lluvia cesó.
"¡Qué grande ha de ser la gravedad del pecado, puesto que mereció tal escarmiento!" (Maitines).
Pero todo eso era figura del futuro, recordándonos el misterio pascual. A esta agua de cólera habían de suceder las aguas de amor o sea la Sangre preciosa de Jesús, que había de lavar y regenerar a todos los pueblos.
En el arca de madera se salva el humano linaje, y con el madero de la Cruz lo restauró también Jesús. "¡Oh cruz!-dice la Iglesia-tú sola fuiste digna de ser para este náufrago mundo el arca que lleva al puerto." (Himno Pange Lingua).
La puerta abierta en un costado del arca, por donde entraron los que habían de salvarse del diluvio, figuraba la Iglesia y el misterio de la redención, pues también a Jesús le abrieron el costado, que es la puerta de salvación por donde manaron los Sacramentos, que dan la verdadera vida a las almas.
Pero tenemos en Noé sobre todo una figura de Cristo, pues Dios le nombró "padre de toda la posteridad". Y "el ramito de oliva figuraba ya por su frondosidad la dichosa fecundidad que Dios concediera a Noé al salir del Arca" (1Petr 1, 23).
Por eso San Ambrosio llama seminarium al arca, conteniéndose en ella la simiente de vida, que debía henchir el mundo entero.
Viene hoy en la liturgia el Evangelio del Sembrador. Precisamente, "la semilla es la palabra de Dios". "En tiempo de Noé perecieron los hombres, y fue por su incredulidad; mientras que Noé construyó su arca guiado por la fe, condenando así al mundo y haciéndose heredero de la justicia que proviene de la fe." "Y habrá-dice San Agustín-tres especies de cosechas, como hubo tres pisos en el arca."
San Pablo, en la Epístola, entabla, aunque forzado por la causa del Evangelio, una apología de sí mismo, ponderando cuanto ha trabajado por predicar la fe a los Gentiles. Él es, en efecto, el Predicador de la Verdad, "el ministro de Cristo", o sea el escogido por Dios para revelar a todos los pueblos la Buena Nueva del Verbo Encarnado. ¡Quien nos diera tener a este santo e incomparable apostol la cálida devoción que le tenía el gran Crisóstomo, el cual sólo ansiaba poder besar las cenizas de aquel que tan amante se mostró de Cristo crucificado!
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