jueves, 23 de agosto de 2012

LA CRISIS MODERNISTA Y EL PONTIFICADO DE PÍO X (I).



LOS ORÍGENES DE LA CRISIS

Explican los historiadores que la aspiración a una reforma de la Iglesia, presente siempre en todas las épocas, y que se había agudizado hacia la mitad del siglo XIX lo mismo en Italia que en Francia y Alemania (y que en cierto modo se había mezclado con la Cuestión Romana y con el risorgimento italiano), no había desaparecido, ni mucho menos, en los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX. En los ambientes conciliadores italianos, en torno a ciertos prelados abiertos y quizás sensibles a los signos de los tiempos, como el obispo de Cremona Mons. Bonomelli, el de Piacenza, el Beato Mons. Giovanni Battista Scalabrini (en la foto) y el cardenal oratoriano Capecelatro, arzobispo de Capua, reflorecían algunas actitudes reformistas típicas del catolicismo liberal italiano: el primado de conciencia, la conciliación entre autoridad y libertad, la autonomía de la ciencia, la liberación de las estructuras eclesiásticas superfluas, la renovación del culto y el distanciamiento de la política.

Ante la crisis del positivismo y un renacido interés por los problemas religiosos, sacerdotes inteligentes y sinceramente celosos estaban persuadidos, sin duda con buena voluntad, de que podía ser necesario apostar por un catolicismo menos ligado a los esquemas tradicionales, que suscitaban una insuperable desconfianza en la mentalidad moderna. Estas mismas tendencias afloraban en los países alemanes, donde Franz Xaver Kraus desde el “Allgemeine Zeitung” se alzaba contra la centralización romana, Hermann Schell en Würzburgo subrayaba la urgencia de una mayor participación de todos los católicos en la vida de la Iglesia, Joseph Müller en el Reformkatholizismus (1899) y Albert Ehrard (“El catolicismo y el siglo XX a la luz del desarrollo eclesiástico del tiempo presente”, 1901), representaban las pretensiones reformistas.

Junto a este reformismo genérico, que los historiadores han denominado rosminiano, se dibujaba otra exigencia: la de un programa de acción social más neto, que superase los límites en los que había enmarcado León XIII a la democracia cristiana, designada en la encíclica Graves de communi (1901) como “benéfica acción cristiana en favor del pueblo”. Y todavía más profundas eran las exigencias de algunos hombres más dados al estudio que a la acción, conscientes de las lagunas que presentaba la cultura eclesiástica italiana y extranjera a finales lo XIX en el terreno de los estudios positivos. La historiografía reciente (Aubert, Scoppola…) ha subrayado estas lagunas. En filosofía se abusaba fácilmente del argumento de autoridad, los ores modernos eran poco conocidos y el sentido histórico más bien limitado. La historia eclesiástica había sido introducida en los programas demasiado tarde como para que hubiese maestros bien preparados y textos científicamente aceptables 3. En teología se llevaba la palma el método especulativo; basta con pensar en Billot, excelente en la especulación pero bastante pobre en la parte positiva. En general, la Cuestión Romana, el “non expedit”, la intransigencia corriente en los ambientes católicos hacían que mirase con reservas a todo lo que viniese de ámbitos no ligados estrechamente a Roma.

Y, sin embargo, precisamente en aquellos años habían progresado notablemente los estudios positivos, históricos y bíblicos, merced sobre todo a eruditos alemanes, en su mayoría protestantes y racionalistas, y parecían poner a prueba muchos datos tradicionales en la doctrina católica, como la naturaleza de la inspiración, la interpretación del Génesis, la composición del Pentateuco, el origen del libro de Isaías y el valor histórico de los libros del Nuevo Testamento. Las dudas acababan por extenderse a la misma divinidad de Jesucristo y a la naturaleza de su mensaje. Se imponía, pues, la exigencia, vivamente experimentada en los ambientes más abiertos, de profundizar en los problemas y de contar con los nuevos datos, aceptando cuanto incluyesen de válido. Este intento fue realizado por Lagrange en la exégesis y por Duchesne y Batiffol en la historia, por limitarnos a unos nombres únicamente.

Pero no hay que olvidar otro factor: las tendencias de la filosofía moderna, que de una forma u otra se remiten a Kant, fueron desarrolladas y corregidas por Schleiermacher (1768-1834), quien revalorizando el sentimiento despreciado por Kant, fundaba la religión no sobre el imperativo moral, sino sobre el sentido de dependencia de Dios. Posiciones bastante próximas a éstas las había defendido de forma independiente en Italia el grupo de católicos liberales toscanos congregado en torno a Raffaele Lambruschini (1788-1873), para el que los dogmas tenían una función esencialmente negativa e instrumental, excluyendo algunos errores, despertando y manteniendo vivo e1 sentido religioso. En Alemania, Ritschl (1822-1889) había seguido la trayectoria de Schleiermacher y había llamado revelación a la experiencia religiosa inmanente en el hombre. Auguste Sabatier (1839-1901) profundizó estas teorías y las alejó de la ortodoxia católica. Maurice Blondel (1861-1949) en su obra de juventud “L’Action” (1893) hizo un intento de integrar y valorar el núcleo de verdad contenido en estas tendencias, esforzándose por interpretar en sentido ortodoxo el principio de inmanencia, aceptando la premisa del pensamiento moderno, que tiene por criterio único de verdad nuestra experiencia interior, las exigencias íntimas de nuestro ser, fundamentando en él la afirmación de un Dios trascendente. El oratoriano Laberthonniére (1860-1932) insistió, sobre todo, en la necesidad de entender las fórmulas dogmáticas como resultado de una amplia profundización histórica.

Cundía, por tanto, en los ambientes católicos de principios de siglo una sensación de malestar, que presentaba toda una vasta gama de actitudes diversas, que era preciso cribar una por una y que es difícil agrupar bajo un denominador común sobre todo porque como afirmó uno de los exponentes del movimiento, Ernesto Buonaiuti, “el carácter distintivo del Modernismo fue la misma indeterminación de su programa. Nunca atacó un punto concreto de la disciplina oficial”. Ante estas tendencias, se repitió a comienzos del siglo XX bajo Pío X todo lo sucedido a la mitad del siglo anterior en tiempo de Pío IX: La Curia romana, entre otras cosas por el carácter de los dos papas, no supo o no quiso distinguir entre los diversos aspectos, no separó los extremismos de las posiciones moderadas, entre los que creían en la trascendencia, los que dudaban y los que habían perdido la fe, sino que condenó en bloque las pretensiones de la base.

Entre aquellos cuya radicalidad les alejó de la ortodoxia católica en el modo de propugnar la renovación de la Iglesia hay que destacar a Alfred Loisy (1857-1940). Ordenado sacerdote después de largas vacilaciones, que recuerdan las parecidas perplejidades de otro heterodoxo del siglo anterior, Lamennais (condenado por Gregorio XVI), enseñó en el Instituto Católico de París, donde se ganó la simpatía de Mons. Duchesne, el gran historiador de la Iglesia antigua. Probablemente Loisy había perdido ya la fe y permanecía dentro de la Iglesia sólo por inercia. Destituido en 1893 por sus ideas cada vez más atrevidas, aprovechó el tiempo que le dejaba su modesto empleo de capellán de un convento de monjas para intentar una síntesis, que resumió en “L’Evangile et l’Eglise”, publicado en 1902, provocando inmediatamente una fuerte sacudida en los círculos intelectuales franceses y una refutación vigorosa por parte de Grandmaison, del P. Lagrange y de Mons. Batiffol. Ante las críticas y las condenas de diversas autoridades locales, Loisy se sometió, pero ratificando inmediatamente sus ideas en un nuevo libro, “Autour d’un petit livre”, siguiendo un proceder bien conocido en la historia de muchos intelectuales en conflicto con la jerarquía y que una vez más acerca Loisy a Lamennais. El intelectual francés interpretaba en sentido escatológico la predicación de Jesús, negaba la inmutabilidad y el valor objetivo de los dogmas, reducía el valor de la autoridad eclesiástica e introducía una completa separación entre la fe y la historia.

El cardenal Richard, arzobispo de París, se manifestó en seguida adversario decidido de Loisy, pero no consiguió la adhesión de la mayoría del episcopado francés. Tampoco logró disipar las vacilaciones del anciano León XIII, pero sí fue capaz de convencer a Pío X sin dificultades especiales. El 16 de diciembre de 1903, tres meses y medio después de la elección del nuevo Papa, entraban en el “Indice” cinco obras de Loisy, entre ellas las dos que acabamos de nombrar. Tras nuevas alternativas de pasos contradictorios por parte de Loisy, fue éste excomulgado el 7 de marzo de 1908. Nombrado profesor de historia de la religión en el Colegio de Francia, continuó hasta el fin de su vida en su actividad de escritor dentro de una línea cada vez más racionalista, hasta llegar a negar todo el fundamento de la religión cristiana e intentar sustituirla por una religión humanitaria en la que la Sociedad de Naciones y el presidente Wilson ocuparían el puesto de la Iglesia y del Papa. Intelectual reservado y retirado, casi misántropo o al menos fuertemente egocéntrico, no siempre sincero consigo mismo y con los demás, pensador sutil y cáustico, polemista y divulgador brillante, murió sin rectificar su actitud, tras afirmar que se había encontrado modernista sin haberlo pretendido.

En Inglaterra tuvo gran fama George Tyrrell (1861¬1909). Nacido y educado en el calvinismo, se convirtió al catolicismo y entró en 1a Compañía de Jesús. Pasó en seguida del ferviente tomismo a las tesis de los radicales, exaltando la libertad de conciencia en el campo de la investigación teológica. Después de haber caído sobre él varias medidas disciplinarias dentro de la Compañía, andaba buscando un obispo que lo acogiese en su diócesis como sacerdote secular, cuando salió en el “Corriere della Sera” del 3 de diciembre de 1905 su “Lettera confidenziale a un professore di antropología” que hacía tiempo que había sido divulgada clandestinamente. Sostenía Tyrrell que la reciente crítica histórica había demostrado la falsedad de muchos dogmas. Se le expulsó inmediatamente de la Orden y no encontró ningún obispo que le acogiese, quedando así suspendido de sus funciones sacerdotales, aunque no excomulgado. Murió en 1909 y se le dio la absolución bajo condición cuando ya estaba inconsciente. Dotado de una rara agudeza intelectual, profundamente emotivo, de talante nervioso e intolerante, Tyrrell magnificaba la libertad de conciencia y rechazaba toda autoridad, pero no aceptaba réplicas y criticaba ásperamente a los demás. No era precisamente soberbio, antes al contrario caía frecuentemente en la depresión. Jamás logró recuperar la calma ni encontrar su pleno equilibrio interior y siempre se mostró vacilante, ante todo con respecto a sí mismo y a sus propias opiniones.

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