domingo, 5 de mayo de 2013

5º Domingo después de Pascua.


Libres del pecado por virtud de la Preciosísima Sangre de Jesús, es menester escuchemos y pongamos por obra la ley perfecta de la libertad contenida en su Evangelio (Epístola). Para eso, pidamos a Dios, por los méritos de Jesús (Evangelio), a Dios de quien todo bien procede (oración colecta), que nos dé a participar, por su gracia, de la vida nueva de Jesús.
La oración es tan necesaria al hombre y al bautizado como lo es el agua al pez. “El que ora se salva, el que no ora se condena”, dice San Alfonso María de Ligorio y con él todos los santos Padres y Doctores. Tal es la necesidad, tal la eficacia de la oración cuando reune las cuatro condiciones de atención, humildad, confianza y perseverancia.
Y se comprende facilmente que así sea; pues el hombre nada puede por sí solo y abandonado a sus propias fuerzas en orden a conseguir la vida eterna. Dios, por otra parte, ha empeñado su palabra. Dios es fiel, y su palabra de vida eterna no falla, no puede fallar, antes pasará el cielo y la tierra. Lo cual es para infundir confianza, y más sabiendo que “el Padre mismo nos ama, porque hemos amado a Jesús”.
Pero la oración es infalible y consigue sus deseados efectos cuando pedimos bienes espirituales para nosotros mismos, no tanto cuando los pedimos para otros, pudiendo ellos oponer impedimento. Ni tampoco se logran siempre de Dios los bienes temporales que pedimos, porque, como quiera que “no sabemos orar cual conviene”, a las veces y sin percatarnos de ello, pedimos cosas contra nuestra salvación (S. Agustín), pedimos lo que nos parece un alimento, y es un veneno; pedimos aniñados, lo que creemos ser una preciosa 
joya, porque reluce, y es un carbón ardiendo; y Dios, precisamente, porque nos quiere, no nos lo da, como no pone una madre en manos de su niño un arma blanca, ni un arma de fuego, por más que el niño se empeñe en ello. Otras veces sucede que Dios quiere darnos lo que le pedimos pero tarda para que reconozcamos nuestra nada y adquiramos mayor mérito en la demanda; y si Dios no nos da lo que pedimos, nos da otras cosas que no le pedimos y que son de mayor precio (Maitines).
En el Introito de la Misa sigue dominando el claro júbilo pascual. 
No nos cansamos de ensalzar al Señor por las grandezas que ha obrado en nosotros, al redimir nuestras almas. Pero nuestro canto no basta; tenemos que comprender la grandeza de nuestro estado de cristianos y debemos vivir de acuerdo con él (Oración). Como un espejo, debemos tenerlo constantemente delante de nosotros, para reproducir en todo momento los rasgos de heroísmo y de virtud que él nos imprime (Epístola). Aquí está la piedra de toque de la verdadera fe. ¡Amor al prójimo y ruptura con el mundo, con el pecado! Cristo nos da el ejemplo en el Evangelio del día. Nos anuncia que se va al Padre; pero no va a vivir y a gozar sólo para Sí. Quiere ser allí nuestro Mediador; quiere que le presentemos nuestras necesidades y que le pidamos el remedio de ellas. No olvidemos que dentro de unos momentos se va a presentar entre nosotros en el altar.
*

No hay comentarios: